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Domingo 23 de Agosto de 2015

Cadena para el espejo

Reflexiones, por Luis Novaresio / Especial para La Capital. El último e interminable monólogo de Cristina Fernández de Kirchner a través de la cadena nacional es ilegal y además describe una realidad que sólo ve ella misma.

La penúltima cadena nacional de la presidenta Kirchner del jueves pasado desnudó cabalmente el tono por el que atraviesan sus últimos 120 días de gobierno: el rechazo al cumplimiento de la ley, el enojo frente al relato de la realidad que no se condiga con su visión y la ausencia de confianza en sus propios dirigentes a los que no piensa bendecir de ninguna forma.

El interminable monólogo de casi una hora y media fue, como casi todos los 31 que lo antecedieron en lo que va del año, ilegal. Es necesario evitar los eufemismos y simplemente leer el artículo 75 de la ley de servicios audiovisuales, un estandarte K insospechado de no ser de paladar negro propio: la cadena nacional sólo podrá ser usada en situaciones graves, excepcionales o de trascendencia institucional. No hay más. El espíritu claro de los autores (la propia Cristina) fue que obligar a todos los medios del país a transmitir el pensamiento del gobierno de turno sea la excepción y no la regla.

La mera aritmética básica demuele toda posibilidad de sugerir que en lo que va del año haya habido 33 situaciones graves o de trascendencia como para justificar semejante abuso del poder. Corrección: hubo inundaciones, por ejemplo, jamás mencionadas por la máxima administradora del país. El mensaje de anunciando obras en un museo es el paradigma del atropello jurídico. Casi una provocación. La propia presidenta considera que se ve obligada a hablar en cadena por mera discreción (acto ilegal) para "neutralizar" lo que los "medios opositores no cuentan". Las citas son textuales. Algo así como que el fin (según su visión) justifica los medios.

Aunque ya a pocos parece importarles repasar las leyes, no hay que dejar de militar en la convicción de que su cumplimiento es la garantía de la división de poderes que pone límites al abuso del poder. El argumento de "si hablo porque hablo y si no, porque no lo hago" es, aparte de pobre, falaz: como cualquier servidor público, podría hablar ante los periodistas, cosa que no acostumbra, o hacerlo en cadena cuando la ley se lo permita. Es difícil creerlo para ciertas corrientes políticas: pero la ley está por encima del capricho aún del presidente.

Sin embargo, hubo más de fondo. Aparte de los anuncios de política normal y habitual (cero excepcionalidad) de creación de laboratorios, entrega de subsidios productivos y propuesta de una agencia estatal que administre la acciones del Estado en empresas privadas, la presidenta atropelló, con su extenso y autorreferencial discurso, dos nociones elementales que preocupan: la muerte puede ser una herramienta de discusión electoral y el reconocimiento de errores y consiguientes pedidos de disculpas no figuran en su horizonte.

La pampa húmeda se inundó porque el infierno es siempre ajeno. Llovió demasiado y los pronósticos que lo advertían fueron desconocidos como se hace con la oposición. No importa: las obras se realizaron, dijo la doctora Kirchner, sin evitar mencionar su presencia, su firma, su anécdota personal en todas y cada una de ellas. De no ser un monólogo, cualquier cronista debería haberlo inquirido: ¿los más de 25.000 evacuados no son la objetiva prueba del fracaso, al menos parcial, de lo que usted dice? Ya se sabe: aquí, en cadena, no hay preguntas. Ni siquiera gestos tácitos de disenso. Si hasta el ex presidente de la Unión Industrial fue amonestado ante los ojos de millones de argentinos: "¿De qué te reís, Lascurain?", le descerrajó de la nada la primera mandataria sin que el aludido atinase a otra cosa que ponerse serio como hace un uniformado de quinto B, turno tarde, de la secundaria. Para que haya un despreciador se necesita materia apta para ser despreciable. ¿Pedido de disculpas a los inundados por el padecimiento? ¿Reconocimiento de errores cometidos? Nada.

Sin embargo, lo más saliente y preocupante fue la referencia presidencial a la muerte del militante radical Ariel Velázquez en la provincia de Jujuy. Un joven fue asesinado por la espalda cuando repartía volantes políticos. La UCR suspendió la campaña y pidió que se investigue el caso, aún sin conclusiones concretas. La primera magistrada utilizó la cadena nacional para exhibir, cual carpetazo del poder, una ficha de afiliación del muerto a la agrupación que lidera Milagro Sala. El fallecido no es radical, las balas que cegaron su vida no pueden ser de compañeros políticos, miren para otro lado, se dedujo de la palabra presidencial. Podrían contraponerse argumentos contundentes a estos conceptos. La familia del chico, los compañeros de partido, todos, demostraron cabalmente a qué partido político pertenecía por voluntad más allá de las afiliaciones prepotentes a las que acostumbra la organización "Tupac Amaru", bajo amenaza de no recibir subsidios o viviendas. Que un presidente tenga un documento judicial por el mero hecho de ser presidente es un atropello a la documentación privada y al acceso republicano de la información de cada ciudadano. ¿Qué derecho tiene un funcionario, aún el Ejecutivo nacional, a contar de un modo privilegiado con información que no le es propia? ¿Recién se acordaron de "investigar" y emparentar políticamente a su gusto a Velázquez cuando murió y no en las dos semanas en las que agonizó?

No obstante, lo grave es que, en uso manu militari de todos los medios de comunicación, se emita el mensaje de que un muerto no es responsabilidad final del jefe de Estado (no de un partido) porque la ficha partidaria lo excusa de ello. Ariel Velázquez murió víctima de las balas ajenas. Que lo expliquen "desde la opo", pareció decirse. Cuando la muerte puede ser utilizada o banalizada como un argumento más de campaña es que el sistema en general está muy enajenado.

Ya en diálogo con su militancia, Cristina les recordó que serán ellos los custodios de su legado, agregando que si los dirigentes que vienen no lo respetan deberán reclamárselo en la puerta de sus casas. La presidenta dijo, al pasar, que Daniel Scioli había tenido siempre la misma cara e idéntica expresión. Los más sutiles observadores notaron un evidente gesto de preocupación en alguien que supo leer que la necesidad estadística de bendecir a un candidato que sumaba en las encuestas es mucho más lábil que la latente posibilidad de soltarle el apoyo en caso de que un eventual sucesor no sea del agrado de su propulsora. Preocupación porque se sabe que este tipo de agrados se define de manera muy arbitraria y antojadiza. Tanto como negar que el agua cubrió miles de viviendas, que la muerte de un joven en campaña sacude a todo el sistema o que cualquier palabra que se diga en disenso es destituyente, malsana o agraviante de una realidad que sólo ve quien la pronuncia en cadena para sí misma.

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