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Sábado 11 de Abril de 2015

Cada vez crece más el interés por la lengua de señas, un idioma que incluye

El Círculo de Sordos de Rosario dicta cursos abiertos a la comunidad desde hace 20 años. La carrera está reconocida oficialmente.

“Al igual que el inglés o el francés, la lengua de señas también es un idioma que tiene una gramática propia y una cultura diferente”, aseguran quienes conocen este modo de expresión al que recurren las personas sordas o hipoacúsicas para comunicarse. Cada vez más personas se interesan por aprender este lenguaje que no sólo requiere de las manos sino también de los gestos y la expresión del cuerpo. La necesidad de comunicarse con un familiar o un amigo, o bien atender los requerimientos que surgen en el ámbito profesional y laboral, incrementaron notablemente en los últimos años la cantidad de inscriptos en la carrera. Así también, la difusión en los medios de comunicación, y la valoración e inclusión de intérpretes en los actos públicos crearon mayor conciencia respecto al tema.
  El Círculo de Sordos Rosario celebró hace poco veinte años de servicio a la comunidad y enseñanza del idioma. Con el objetivo de continuar con la capacitación de quienes se interesan por la comunicación y comprometido a mejorar la calidad de vida de las personas sordas, ofrece cursos de lengua de señas para los adultos, jóvenes y niños. “Muchas personas que trabajan en atención al público se toparon alguna vez con una persona sorda, y no supieron cómo ayudarla, por eso es importante que maestras, fonoaudiólogas, enfermeras y médicos entre otras profesiones, aprendan a comunicarse con el lenguaje de señas”, destaca Marcela Bochud, madre de un joven hipoacúsico y secretaria del Círculo de Sordos Rosario.

Testimonio. La Capital visitó la institución, recogió el testimonio de algunas alumnas y comprobó una vez más que son las mujeres quienes mayoritariamente ocupan sus aulas. Mientras sobresale un ánimo festivo acompañado de globos, torta y café, y profesores, alumnos y directivos del Círculo de Sordos celebran tantos años de enseñanza; al otro lado de la sala, un grupo todavía termina su clase. Sin embargo, el silencio propio de quienes se comunican sólo con señas contrasta con la finalidad del encuentro: una veintena de personas reunidas, pocas palabras, algunas risas, y rostros que expresan de manera especial la alegría del momento compartido.
  “Aunque con inquietudes muy variadas, todos aquellos que se interesan por hacer un curso tienen la intención de incorporar de alguna manera la lengua de señas a su vida. El otro día se inscribió una señora que reconoció que se estaba quedando sorda, y deseaba aprender la lengua. Hay que tener en cuenta que algunos sordos tienen cierto grado de oralidad pero otros en cambio, ni siquiera saben leer ni escribir”, resalta la secretaria.

Hablar con señas. Las vivencias de Marcela y Nadia, madre y hermana de Danilo, un joven hipoacúsico desde nacimiento, reflejan la realidad que atraviesan aquellas familias que conviven con esta discapacidad, en un contexto social y educativo que a cierta edad se vuelve complejo. “Al principio no era costumbre que los chicos sordos hablaran por señas, pero durante la adolescencia Danilo comenzó a comunicarse con sus amigos a través de la lengua de señas, en ese momento sentí que era yo la que me estaba quedando afuera, aislada y no me enteraba de lo que estaban hablando”, recuerda Marcela cuando se decidió estudiar la lengua.
  “Entendimos que esta era su lengua, y que ellos viven en un mundo diferente”, agrega Nadia, y así describe a los sordos y en especial a su hermano. “Nuestra familia de a poco se fue acercando al idioma y aunque siempre nos entendimos bien con Danilo, el más grande de cuatro hermanos, necesitábamos comenzar a comunicarnos con él de otra manera”, continúa su hermana de 26 años, la última de la familia en cursar la carrera en el Círculo de Sordos. Esta misma institución que frecuenta su hermano desde hace años, donde comparte y se encuentra con sus pares. “Para las personas sordas, este lugar es como un club de amigos”.
  “También descubrimos que en algunos espacios y lugares públicos debíamos hacer de intermediarios. Para las personas que son sordas resulta muy complicado realizar algunos trámites porque nadie los entiende, no pueden hablar y no se pueden comunicar. Cuando en mi trabajo logré ayudar a una persona sorda que tenía que cobrar la pensión de su madre fallecida, no me quedaron dudas que, aunque entendiera bastante, igual debía estudiar la lengua de señas”, continúa la joven.
  Las señas no se hacen sólo con las manos, sino también con la cara y el cuerpo, “es una lengua muy gestual”, aseguran quienes ya lo aprendieron. “Es preciso comprender que se trata de un idioma, con infinidad de palabras y significados similares, y en los primeros años de cursado cuesta memorizar palabras sueltas, es como tratar de pasar un diccionario de lengua española a la lengua de señas”, compara Nadia. “De nada sirve estudiar cuatro años si luego el alumno no va a estar en contacto con los sordos. Al cabo de diez años, las palabras que aprendió se fueron modificando, aparecen modismos nuevos, y es necesario permanecer actualizado”.

Aprendizaje. Durante los tres primeros años se enseña el vocabulario, la gramática y el texto, es decir aprenden a traducir. En cuarto año, el último de la carrera, los alumnos se reciben de intérprete, y obtienen un certificado avalado por el Ministerio de Educación. Los docentes son siempre personas sordas, “nadie mejor que ellos para enseñar el idioma, y su cultura. También incorporan palabras nuevas como en la lengua española, y algunas las inventan ellos. Por ejemplo, los sordos no te llaman por tu nombre, sino que utilizan una seña personal. Primero te miran y luego te reconocen por un apodo que hace referencia a alguna cosa que le llamó su atención como un aro o peinado”, detalla Nadia.

Práctica y memoria. Lorena tiene 36 años y comenzó a cursar la carrera de lengua de señas en Pérez, localidad donde reside. “Hice dos años allá, pero de veinticinco alumnos sólo quedamos cuatro, entonces la profesora nos propuso que viniéramos a Rosario, y como me gusta el curso decidí continuarlo acá”. Lorena es ama de casa y reconoce que siempre le gustó ayudar, y en especial trabajar con los niños.
  “La lengua de señas es difícil porque requiere de mucha práctica y memoria, pero si uno presta atención seguro termina aprendiendo. Este año calculo que salgo señando, y ayuda mucho el hecho de comunicarnos con los profesores que son sordos”, explica esta alumna que comienza a cursar tercer año.
  Laura, otra de las asistentes al Círculo, coincide con Lorena, al afirmar que el lenguaje es complejo. “Cuando supe del curso, no dudé en anotarme”, admite la mujer de 33 años, psicopedagoga y oriunda de la provincia de Misiones, aunque hace tiempo que vive en Rosario.
  “Me sirve para la profesión pero también lo hago porque me gusta, significa descubrir un mundo nuevo. Tenía la idea de que todas las palabras se construyen con el alfabeto, y en realidad es lo que menos se usa. Cada palabra tiene una seña particular, y según como ubiques las manos significa una seña u otra. Incluso para la misma comunidad hipoacúsica a veces cuesta generalizar ciertos términos, que se señan diferente según la provincia”.

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