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Jueves 07 de Mayo de 2009

Cada uno con sus preguntas

Hoy estoy, por así decirlo, un poco más filosófica. Hace una semana terminé el último libro de Siri Hustvedt, "Elegía para un americano". Apenas unos días después lo empezaron a leer dos personas muy allegadas, mi marido, Norberto, y una compañera de este mismo diario, Eugenia.

Hoy estoy, por así decirlo, un poco más filosófica.

Hace una semana terminé el último libro de Siri Hustvedt, "Elegía para un americano". Apenas unos días después lo empezaron a leer dos personas muy allegadas, mi marido, Norberto, y una compañera de este mismo diario, Eugenia.

Me sorprendió que ambos me contaran, con escasa diferencia de tres días, que una frase que le sale espontáneamente al protagonista de la novela ("estoy tan solo") les hizo eco. Cada uno, obvio, con sus propias palabras, dichas en tanta soledad como las del protagonista.

La de Norberto es "no doy más". La de Eugenia, "qué cansada estoy". Quizás por circunstancias, o por estructura (¿no será por género, no?), me sentí más identificada con la Eugenia. Yo también digo a cada rato qué cansada estoy. Pero el no doy más de él me suena más existencial. O más neurótico, vaya a saber.

Laura, otra compañera de diario, admitió que el "qué cansada estoy" también le sale como poroto de la chaucha, pero se resiste a seguir diciéndolo por mucho tiempo más. Asegura que se aburre de escucharse diciendo tantas veces lo mismo. Ella hace siempre algo para conjurarlo, dice. Yo le respondo que siempre que se pueda. Y ella insiste: al menos lo intenta.

Fue entonces que me acordé de "Conversación en la catedral", otro libro, esta vez uno de Vargas Llosa, que marcó literaria y políticamente mis 19, 20 años. Lamento de veras la improvisación (en realidad, la desmemoria), pero en aquella época era muy pobre y leía casi solamente libros prestados. De paso les agradezco a mis amigas de Letras haberme abierto tan generosamente sus bibliotecas.

Lo cierto es que el personaje de esa novela también repetía su propia pregunta hasta el hartazgo. Después de tantos años (y sin tener, qué pena, el libro en mis estantes) creo recordar que se preguntaba "qué nos pasó" o "qué me pasó", no estoy segura. A la edad de mi lectura, un interrogante sórdido que se acompasaba con un posible "en qué me transformé".

Nihilista y todo (increíblemente más entonces que ahora, quizás por razones de las que sabe la supervivencia), estaba claro que era una pregunta colectiva, una pregunta histórica. Pero el personaje (¿también el autor?) parecían responderse: "En una mierda". Y había pena en ello, dolor, aunque también cierto regodeo, como el que se esconde perversamente en las letanías.

Tantos años después, me siento a salvo de semejante pregunta y de su correspondiente respuesta. Me pasó todo lo que me pasó, me pesa y me enorgullece, es mi vida. Para decirlo rápido, si se quiere en clave un poco maniquea: no me traicioné.

Sin embargo, reconozco que a menudo me escucho (más de una vez en voz alta) preguntándome: ¿Qué me pasa?

A ver si lo aclaro: ¿qué es lo que me está pasando? ¿Qué me trae este vaho de tristeza, o esta sensación de liviandad, o esta inquietante irrealidad, o esta amargura insondable que me dibuja en la cara la mueca de la tragedia? No es que me lo responda, pero en general rumbeo para algún lado. Llego a una pista. O lloro. O sueño. O la olvido. Pero la huella, el eco de la pregunta, queda.

Lo que también me escucho preguntar (gracias Norberto, gracias Eugenia, gracias Laura, finalmente gracias Siri Hustvedt) es qué nos pasó en este país, y en buena parte del mundo, para que las cosas estén como están.
 
Para que la peor televisión sea el pan nuestro de cada día en los hogares, para que buena parte de los chicos pobres esté tan hecha mierda, para que cualquier revista de los años 60 hoy sea una pieza de vanguardia, para que los movimientos culturales de principios del siglo XX parezcan de mañana. O para que Berlusconi sea un líder político europeo, para que Andrea del Boca pueda ser pensada por alguien como candidata oficialista, para que las enfermedades de la pobreza hoy se llamen "reemergentes". La lista es interminable; la elección, aleatoria.
 
Como ensayo preguntas, casi al boleo, también ensayo respuestas, que quizás sean un poco menos ingenuas. Lo que sé es que esas respuestas son complejas, múltiples, esquivas, a veces irremediables. Y me dan ganas de vivir el doble de lo que ya viví sólo para seguir buscándolas. A las preguntas, digo. Que son tanto o más difíciles que las respuestas. Y sobre todo, más personales.

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