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Viernes 22 de Junio de 2012

"Buscar el sentido a los textos es una experiencia de vida"

La afirmación es de la educadora Anahí Perino, premiada a nivel nacional por promover la lectura entre docentes

“Buscar el sentido a los textos es una experiencia de vida”, dice con total convicción la educadora Anahí Perino, con la misma que asevera que “los niños pueden ser lectores antes de alfabetizarse”. Estas afirmaciones no son azarosas sino producto de una profunda reflexión sobre su propia práctica docente. Esa tarea de indagar sobre prácticas y lecturas, sumando a otros colegas la llevó a un trabajo sistematizado que llamó “Serie textuales y vidas imaginarias (una forma de abordar la literatura)”, y fue reconocido con el primer premio nacional del Concurso Vivalectura 2012, en la categoría “Lectura entre docentes”.

La de la maestra rosarina es una experiencia de trabajo en el aula que se transforma en seminario, en proyecto; un novedoso modo de entrar en los textos para reinterpretarlos, recrearlos y compartirlos. Perino cuenta que este año continúa problematizando sobre las lecturas con un grupo de estudio que se reúne en La Casa del Maestro, con otro en el Parque de España, y además con maestras integradoras.

—¿Cómo surge la idea de participar en el concurso?

—Soy docente en la Escuela Nº 527 Abanderado Grandoli y estudiante de letras. Mi participación en el concurso fue casual, todo comenzó hace unos años cuando trabajé en el Plan de Lectura, teníamos reuniones con docentes en Totoras y Villa constitución, me encantó esa instancia de encontrarme con colegas y tratar temas cotidianos y problematizarlos. Me inquietó la idea de saber por qué los niños no se alfabetizan, por qué no cruzan el umbral del silencio a lo escrito. No encontraba ninguna teoría que aportara al tema, siempre se volvía sobre los supuestos más nombrados: “No se alfabetizan por su condición social (son pobres), porque hay algún tipo de inmadurez o por alguna patología”. El terreno de la práctica me decía lo contrario. Fui armando entonces mi propia conjetura de buscar respuestas en el campo de la literatura. Eso me llevó a rever el trabajo en el aula, y ver así que los niños se resisten a alfabetizarse en muchos casos porque la escritura se remite al mundo adulto, al mundo del trabajo. Además hay imágenes que el adulto devuelve al niño, independientemente del contexto social al que pertenezca, que no suelen ser agradables: en situaciones de pobreza se suelen encontrar con “padres desquiciados” y en la clase media-alta los suelen ver cómo “máquinas que van de aquí para allá”. Ellos prefieren permanecer en ese “confín imaginario”, para no ser ese adulto.

—Desde esa mirada interna a la propia práctica, ¿crecieron nuevas ideas?

—Hipoteticé que el trabajo de alfabetización debía sostener ese confín, para que pudiera ser narrado. Me interesaba mucho la psicogénesis pero su propuesta quedaba acotada, veía sólo dibujos y palabras; no había riquezas. Algunos niños empezaban con interés pero luego el mismo decaía. Había que trabajar desde la literatura. Comencé entonces a trabajar con series textuales, cómo armar un corpus de textos con un elemento que los convoque. El aula era mi espacio de trabajo experimental, hasta que surgió una convocatoria de la organización “Alfabetizar-nos”, para compartir modos de trabajo. De allí me invitan al Profesorado Nº 16 para contarles a los futuros docentes, que en sus prácticas y observaciones, veían a los docentes decaídos, sin ganas la posibilidad de trabajar de otros modos. Luego desde “Alfabetizar-nos” me convocan para un encuentro en la biblioteca del Parque de España. Propuse un seminario prolongado. Con el eje de que los docentes pudieran ponerse en situación de lectores, pensé que no sólo trabajaría con las experiencias con alumnos sino que en cada jornada trabajaríamos sobre series textuales para niños y para docentes (para mujeres, pues eran todas maestras). A partir de los textos literarios, repensar: la infancia, la alfabetización, la literatura, y así se prolongó durante seis meses en el segundo semestre de 2011. Fue una experiencia maravillosa, en la instancia de evaluación se presentaron muchos trabajos de mucha gente que participó. Ese seminario fue el proyecto que presenté para Vivalectura, Una de las condiciones para participar del certamen era que el proyecto hubiera sido puesto en práctica y tuviera continuidad en el presente.

—¿Cómo te impactó el recibir éste premio?

—No me lo esperaba por cierto. En la categoría “lectura entre docentes” hubo un solo premio, fue una sorpresa para mí. Se presentaron en total 650 proyectos, luego quedaron 420 y a los 30 últimos los veía el jurado; el mío había quedado 13. Hubo pocos proyectos en la categoría docentes, lo cual lleva a preguntarnos qué nos pasa a los educadores en cuanto a generar instancias de reflexión sobre la práctica. Esto al menos resulta inquietante. Me produjo una gran emoción que Juan Sasturain, presidente del jurado, me dijera: “Rosario, muy sofisticado el trabajo...”, y que una de las cosas que le había gustado era la inclusión de autores de otras lenguas. Cuando nos pusimos a dialogar, dijo que los docentes no leían. Hay que reparar además que los docentes no son convocados a esas instancias. Llegan materiales a las escuelas pero no se leen, como por ejemplo los “Cuadernos para el aula”. No hay directivas concretas para leer ese material que brinda muchas reflexiones sobre la literatura y deja abierto el campo para que el maestro cree sus actividades. Se termina recurriendo a revistas que dan recetas a seguir, a veces esos materiales hasta tienen errores conceptuales.

—¿Por qué los maestros, no llevan la literatura al aula?

—A los textos literarios en la escuela se los suele abordar desde lugares comunes, como por ejemplo: tomarlos como disparador de temas o pasar por el costado e ir a las preguntas clásicas sobre los personajes, el contexto, el conflicto. Me parece un sacrilegio que no se planteen intervenciones en los textos. Que los niños no puedan ser lectores y actores (autores) del texto. Para ello hay que salir de las lecturas lineales. Entrar por los ángulos, a veces un elemento convocante de un texto puede ser una escena relacionada con una escena de otro texto. Realizar actividades que intenten seguir con el relato, hacer lecturas exploratorias y pensar en elementos del mismo en función del interés del niño. Buscar el sentido a los textos es una experiencia de vida. Otra cuestión es no poner las situaciones familiares, de contextos marginales, tan sobre la mesa; hay como un regocijo del docente en contar la historia de “fulanito”, de hacerlo público. La literatura permite tercerizar situaciones difíciles, a través de personajes que pueden vivenciarlas, pero allí, singularizado en una historia que no es la propia. Se trata de trabajar con series en libros álbumes, en donde texto e imagen conforman contrapuntos. Los niños así pueden ser lectores antes de alfabetizarse, mientras voy leyendo ellos van aportando elementos que no están en el texto. Desde ahí todos pueden participar y no se hace la división entre los alfabetizados y los que aún no lo están. En vez de enseñarles letras, palabras y frases; con la posibilidad de que el texto continúe, se posibilita un interés que lleva a los niños a la pregunta “pero cómo se escribe...”, en lugar de “tenés que escribir tal cosa”, el poder llegar a “necesito poder hacerlo, cómo lo hago”. Hay una apuesta inicial de darle vuelo a la imaginación invirtiendo la demanda.

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