Opinión
Lunes 04 de Julio de 2016

Bonfatti ahora debe lidiar con Carrió

LA CAPITAL

El presidente de la Cámara de Diputados de la provincia de Santa Fe y ex gobernador Antonio Bonfatti se convirtió días pasados en el nuevo jefe del socialismo argentino. Una chapa valiosa pero que todavía brilla más en el exterior que fronteras adentro. El PS debe demostrar aún que cada escalón que subió desde que Juan B. Justo creara esa fuerza en 1896 y Alfredo Palacios triunfara en las elecciones para diputados nacionales del 13 de marzo de 1904, por el distrito de La Boca, convirtiéndose en el primer legislador socialista de la América latina, lo llevará inexorablemente a superar su hoy condición de fenómeno comarcal. Sobre todo santafesino, donde alcanzaron los Ejecutivos por primera vez. Municipal, primero, y luego provincial.

A nadie sensato se le ocurre pensar que el PS se convertirá de la noche a la mañana en una fuerza desarrollada en todo el país y que accederá con facilidad a conducir la Nación. No obstante, la mayoría no alcanza a explicar por qué si es un partido tan antiguo casi como la UCR y con el doble de años del PJ, se encuentra todavía encerrado adentro de la bota. Y, se diría, más hacia el talón, dada la carencia absoluta de estructura en el centro-norte provincial.

Quizás la respuesta —fuera de la linealidad de las consabidas divisiones que han sacudido al partido de Justo (entre otras razones porque nunca supieron qué hacer ni cómo actuar frente a los partidos con masivos apoyos populares como la UCR y, fundamentalmente, el PJ; y su proverbial caracoleo para blindar sus debates y decisiones)— resulte tan misteriosa como el impensado botín que a la postre sería el certificado de la contemporánea resurrección socialista: la Municipalidad de Rosario, la capital de un peronismo al que un abogado radical casi desconocido le aguó el vino en 1983.

Hay radicales que juran que Horacio Usandizaga, luego de irse de boca con una bravuconada a su puro estilo diciendo que si ganaba Carlos Menem la presidencia del país en 1989 renunciaría a la intendencia, cumplió esa promesa con la certeza de que los rosarinos —como ahora algunos hinchas con Messi— no lo dejarían irse o cuanto menos clamarían obligándolo a retornar. Al fin y al cabo, en 1987 lo habían reelecto por más del 50 por ciento de los votos.

Si esto fuera cierto, Héctor Cavallero, socialista que presidía entonces el Concejo Municipal rosarino, se habría confundido al creerse intendente en serio y no un mero cuidador provisorio del principal sillón del Palacio de los Leones mientras el Vasco desarrollaba su acting. Dar veracidad a estas lecturas es desconocer que Cavallero, Hermes Binner, Bonfatti y unos cuantos más la venían remando desde, al menos, que ingresaron a la Universidad, con una militancia que les es reconocida. Puede tal vez alcanzar para justificar la tirria que los usandizaguistas (si es que queda alguno) les profesaron desde entonces a los socialistas.

Casi, podría decirse, en la misma intensidad de la que hoy los socialistas dispensan a Elisa Carrió, a quien acusan de haberles escupido el asado cuando ya tenían toda la carne en el asador.

La gentileza y caballerosidad que se le reconoce al nuevo presidente del PS suele menguarse notoriamente en privado cuando se acuerda de quien fuera socia y candidata a presidenta de la Nación por su partido —con Rubén Giustiniani, de vice— en 2007 para competir con Cristina Fernández de Kirchner y Julio Cobos.

Bonfatti, con lenguaje de cotidianeidad barrial, acusa a la legisladora chaqueña —cuya familia en realidad es santafesina, recordó ella misma en las últimas horas— de ser la única y definitiva culpable de haber dinamitado la alianza Unen, que si no le ganaba a Scioli y hacía presidente a Binner, al menos hoy con la irreversible implosión del kirchnerismo, estaba —en sus plane— destinada a ocupar el espacio político del progresismo que languidece con la escualidez de la estructura nacional que le ha quedado a Margarita Stolbizer.

En síntesis, una cosa sería la hipótesis de un progresismo más armadito —con el PS, Gen, CC-ARI y la UCR, entre otras fuerzas en un mismo espacio (que, además hoy captaría a los desencantados del kirchnerismo en retirada)— como marco para que Bonfatti sea el candidato para enfrentar al macrismo en el 2019 y otra que Bonfatti en soledad desde el PS tenga que armar ese espacio habiendo perdido de aliado al partido opositor más desarrollado territorialmente. Es más, nadie puede aseverar que Unen no le hubiera ganado a Scioli y a Macri, si éste finalmente sin la UCR se animaba a ir por la Presidencia de la Nación.

Es una apuesta tan compleja que no en vano el ex gobernador puso bajo llave la reforma constitucional provincial y si habilita algunos movimientos próximos en el tema es para que el actual gobernador no quede tan en evidencia, nada más. En su entorno se sigue afirmando que "acá no hay reelección, que Miguel se olvide de eso" y estos días sus espaldas le decían a la prensa que los mil millones de dólares que la gestión Lifschitz pidió que la Legislatura le autorice como para tomar deuda en el mercado financiero internacional eran "un despropósito por enorme e imposible de ejecutar" e hicieron conocer a los senadores peronistas esa opinión. Éstos, que pensaban lo mismo, terminaron decidiendo y cortaron la autorización a la mitad del monto solicitado.

Encima le cae Carrió a apedrearle el rancho, como dice el refrán campestre. Porque eso fue lo que hizo la diputada el sábado en la ciudad de Santa Fe. No sólo, como había ya reprochado (en la sesión de Diputados en la que le mandaron los allanamientos a las casas de Julio De Vido) porque Binner le boicoteó aquella fórmula con Giustiniani. En esa sesión dijo que Binner la criticaba para que De Vido le diera obras públicas para su gestión la provincia. El sábado lo ratificó y abundó en qué "nunca fue a un acto con nosotros, y declaró que votaba porque estaba Giustiniani y no se podía cortar boleta".

La "Gorda", como ella se llama a sí misma en sus charlas, lo esperó a la vuelta de la esquina. Y cuando el candidato presidencial fue Binner, en el 2015 por Unen, se cobró hasta las monedas de cobre de un centavo. "Los quiero pero me han traicionado tantas veces que me hartaron. Encima son aburridos. Al menos los PJ te traicionan pero son divertidos", se les burló. La destrucción de Unen fue para Binner el peor final que, seguramente, nunca quiso imaginar. No solo perdió su candidatura presidencial de un feo modo, sino que penosamente se diluyó como referente opositor y en las últimas elecciones en las que fue candidato a senador nacional (2015) recibió un rechazo masivo y contundente de los votantes santafesinos.

Carrió vino a Santa Fe a recomponer el partido que "le robó Pablo Javkin a cambio de un cargo que le dieron los socialistas" y al que le puso su nombre como para complicarle las cosas si alguien más —como asegura que hizo el actual secretario General de Mónica Fein cuyos votos cruciales evitaron que hoy la Municipalidad de Rosario estuviese gobernada por Cambiemos—, se lo quisiera robar: "Espacio Carrió".

Fueron del todo comprensibles sus chanzas con su pariente Mario Barletta ("te fuiste con el Frente Progresista", le recriminó frunciendo la nariz y de inmediato a sonrisa batiente lo perdonó: "Pero volviste a Cambiemos"), destinadas a mostrar públicamente que ambas fuerzas marcharán juntas y que la presencia del ex presidente de la UCR era un respaldo a su espacio o al menos a Cambiemos.

La diputada hace un show muy bien montado con la mezcla exacta de denuncias y críticas, revelaciones simuladas de la alta política, humor y una cuota transgresora que atrapa a la audiencia, la hace reír y aplaudir a rabiar. Pero también le permite enviar metamensajes cifrados con disimulo. ¿Eso significó que sumara, sorpresivamente, un nombre nuevo a sus lapidaciones de socialistas? Un nombre que simuló no recordar: "¿Cómo se llamaba el jefe de Gabinete de Bonfatti?" y generó complicidad de la audiencia, que le gritó: (Rubén) "Galassi".

No se puede negar la importancia del hoy diputado provincial, quien fue secretario de Información Pública de Binner y el ministro de Gobierno de Bonfatti, pero el suyo es un nombre que todavía no ha ascendido del todo a la estelaridad reducida con la que se maneja el PS. Es verdad que Galassi salió en algún momento a decir que no sería candidato a gobernador —dando a entender que esa opción circulaba por algún lado— cuando hacia adentro inquietaban los inexistentes niveles de conocimiento social que tenía Lifschitz en más de media provincia. Si Carrió vapuleó a Galassi tratándolo de "feo" y de "poseer una oscuridad que no le gusta nada" (el periodista que conoce los resortes de la publicidad no debe estar del todo ofendido) puede ser porque habiendo estado aunque fuere virtualmente como postulante nonato a la Gobernación crea que tal vez mantiene esa aspiración. Sería una especulación válida, lo que es seguro es que el tiro también fue por elevación. Galassi es hombre del círculo íntimo de Bonfatti y Carrió vino a disputarle el territorio al socialismo y ese es hoy, para ella, Bonfatti.

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