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Domingo 04 de Mayo de 2008

Bicing

Millones de chinos no pueden estar equivocados. Si van a todos lados en bicicleta será por algo. Ya sé: es porque son muchos y no tienen lugar para más autos. De eso se trata. Rosario no es Beijing, ni nada parecido, pero en algo están igualadas: aquí tampoco hay sitio para más vehículos en las calles.

Millones de chinos no pueden estar equivocados. Si van a todos lados en bicicleta será por algo. Ya sé: es porque son muchos y no tienen lugar para más autos. De eso se trata. Rosario no es Beijing, ni nada parecido, pero en algo están igualadas: aquí tampoco hay sitio para más vehículos en las calles. El problema es que andar en bicicleta por esta ciudad es como ir al zoológico y meterse en la jaula de los leones. Hay que ser suicida para hacerlo. O casi.

No tengo en mis planes suicidarme, al menos en las próximas décadas, pero me encantaría usar la bicicleta para andar por Rosario. Ir de casa al trabajo me demandaría 25 minutos. Sería práctico, económico y saludable. Pero no puedo hacerlo. No me atrevo porque no sé si llegaré sano y salvo a destino.

El problema no es sólo que no existen carriles exclusivos para bicicletas. Tampoco hay lugar físico para hacerlos ni cultura para respetar al ciclista. Los usuarios de la bicicleta tampoco ayudan.

Ayer casi me llevo por delante a uno en Ovidio Lagos y 27 de Febrero. El tipo dobló en contramano y se me cruzó delante del auto. No sólo me di un tremendo susto: también lo escuché gritar cosas sobre mi difunta madre e incluso sobre mi hermana. La culpa, parece, había sido mía.

Los chinos usan la bicicleta porque no les queda más remedio, pero salen beneficiados. En otros lugares del planeta la bicicleta ya es parte del transporte público. Sí, público. En Rennes (Francia) hicieron punta. El usuario se abona al sistema y puede utilizar la bici para desplazarse por toda la ciudad. En Barcelona hace furor y es muy práctico el Bicing, un sistema que permite usar el transporte a pedal con un abono mediante una tarjeta magnética. Hay estaciones fijas y una página web que informa sobre las estaciones de bicicletas, la cantidad de unidades disponibles en cada una de ellas y los recorridos (ciclovías) que se pueden tomar. Además, las tarjetas se recargan por internet desde cualquier PC. ¿No da envidia?

Es el Primer Mundo, me dirán.

Es cierto, responderé. Pensar en un Bicing en Rosario suena a utopía. Imaginar una ciudad con bicicendas que permitan llegar a todos sus rincones también parece difícil, aunque en Córdoba demostraron que se puede.

En Curitiba, una ciudad brasileña a la que habría que tomar como modelo en muchos aspectos urbanos, la ciclovía es sagrada: nadie la invade, excepto los ciclistas, claro. Y en Joinville, un poco al sur, un poco más chica, ocurre lo mismo. Lo vi hace poco y me costaba creerlo. Allí las bicicendas son para las bicicletas y nadie viola la regla.

Aquí estamos lejos de eso, pero no deberíamos resignarnos.

Podríamos empezar por respetar las normas del tránsito. Ciclistas y automovilistas. Que las bicicletas circulen por la derecha, por ejemplo, y jamás en contramano. Que se detengan en los semáforos y respeten a los peatones. Y que los conductores entiendan que la bici no tiene paragolpe ni airbag ni nada, excepto el cuerpo de quien pedalea.

Aunque lo parezca, no creo que sea una utopía.

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