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Domingo 15 de Mayo de 2016

Belgrano, la bandera y la tirria de Rivadavia

Historia. Fragmento de "El hombre del bicentenario".

Es curioso que Belgrano sea recordado, ante todo, como "creador de la bandera" por la historia liberal. Tal vez sea una forma de retribuirle el inmenso disgusto que tuvo que soportar, precisamente, con motivo de su "creación" por parte del pope del liberalismo argentino: Bernardino Rivadavia.

Como vimos, pese al armisticio, los realistas de Montevideo continuaron sus hostilidades, asolando con sus ataques navales las costas del río Paraná. Al tiempo que se daba por enterado de que el acuerdo con (Francisco Javier de) Elío ya no existía, el Triunvirato decidió establecer dos baterías a la altura de Rosario para protección contra esas incursiones. Y como ya parecía ser un hábito recurrir a él cuando las papas quemaban, nombró a Belgrano para hacerse cargo de la misión.

Hacía allí partió el 24 de enero de 1812, al frente de un cuerpo de tropas, y en las barrancas rosarinas instaló la primera batería, llamada Libertad.

En esas circunstancias, Belgrano solicitó permiso del gobierno para que sus soldados llevasen un distintivo que los diferenciara de sus enemigos: "Excmo Señor: Parece que es llegado el caso de que V.E. se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar para que no se equivoque con la de nuestros enemigos y no haya ocasiones que puedan sernos de perjuicio, y como por otra parte observo que hay cuerpos en el ejército que la llevan diferentes, de modo que casi sea una señal de división, cuyas sombras si es posible deben alejarse, como V.E. sabe, me tomo la libertad de exigir de V.E. la declaración que antes expuse".

Un decreto del Triunvirato del 18 de febrero de 1812 autorizó la creación de la escarapela, "de dos colores, blanco y azul celeste", siguiendo el diseño propuesto por Belgrano.

Al contestarle al Triunvirato, don Manuel no ocultaba su entusiasmo, informando que el 23 de febrero había entregado las escarapelas a sus hombres para que "acaben de confirmar a nuestros enemigos de la firme resolución en que estamos de sostener la independencia de América". Pero el gobierno de Buenos Aires no mostraba el mismo fervor. El Triunvirato y en especial su secretario Bernardino Rivadavia estaban más interesados en las relaciones con Gran Bretaña, aliada de España contra Napoleón. Ante la noticia de que Venezuela había declarado su independencia el 5 de julio de 1811, el embajador inglés en Río de Janeiro, lord Strangford, le había informado que su país no estaba dispuesto a aprobar en ese momento ningún intento independentista en el Río de la Plata. En una nota, enviada en 1810 a Mariano Moreno, ya había advertido: "Una declaración prematura de la independencia sería cerrar la puerta de la intervención amigable de la Gran Bretaña, mientras duren sus relaciones actuales con España".

No hagas bandera

Belgrano, ajeno a esos tejes y manejes diplomáticos, el 27 de febrero de 1812 bautizó Independencia a la segunda batería establecida a orillas del Paraná. Ese mismo día hizo enarbolar en ella una bandera, cosida por doña María Catalina Echeverría, una vecina de Rosario, con los mismos colores de la escarapela. Su creador ordenó a sus tropas jurarle fidelidad en estos términos: "Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad".

Todo parece indicar que la primera bandera tenía dos franjas verticales, una blanca y una azul celeste, como tendría luego la del Ejército de los Andes, que usará San Martín, en sus campañas libertadoras. En Buenos Aires y el Litoral, a partir de 1813, la bandera cambiará su forma y su color. Comenzará a usarse una con tres franjas horizontales: celeste, blanca y celeste. Estos eran los colores de la casa de Borbón, a la que pertenecía Fernando VII, y su adopción parecía una demostración de fidelidad al "rey cautivo", pero también el celeste era el color de los morenistas y de la Sociedad Patriótica. Belgrano había usado esos mismos colores como distintivo del Real Consulado, por los mismos motivos.

Con bastante ingenuidad, comunicaba al gobierno:

"En este momento que son las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería de la Independencia y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y guarnición.

"He dispuesto para entusiasmar a las tropas, y estos habitantes, que se formen todas aquellas, y hablé en los términos de la copia que acompaño.

"Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional, espero sea de la aprobación de V.E.".

Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, Rivadavia se puso furioso y le escribió:

"La demostración con que Vuestra Señoría inflamó a las tropas de su mando enarbolando la bandera blanca y celeste, es a los ojos de este gobierno de una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifican nuestras operaciones y las protestas que hemos anunciado con tanta repetición, y que en nuestras relaciones exteriores constituyen las principales máximas políticas que hemos adoptado. Ha dispuesto este gobierno que haga pasar como un rasgo de entusiasmo el enarbolamiento de la bandera blanca y celeste, ocultándola disimuladamente y sustituyéndola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza, procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia. El gobierno deja a la prudencia de V.S. mismo la reparación de tamaño desorden, pero debe prevenirle que esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad y los intereses de la nación que preside y forma, los que jamás podrán estar en oposición a la uniformidad y orden. V.S. a vuelta de correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho en cumplimiento de esta superior resolución".

La bandera que acompañaba esta "misiva" no era otra que la española, que el Triunvirato seguía izando en el fuerte de Buenos Aires, sede del gobierno (...).

Belgrano no llegó a enterarse de esta resolución rivdaviana hasta varios meses después y siguió usando la bandera nacional: a comienzos de marzo había marchado a hacerse cargo del Ejército del Norte y por lo tanto era inocente de cualquier cargo de desobediencia. Cuando finalmente recibió la orden, con una paciencia envidiable, comenzaba su respuesta a Rivadavia:

"Debo hablar a V.E. con la ingenuidad propia de mi carácter, y decirle con todo respeto que me ha sido sensible la reprensión que me da en su oficio del 27 del pasado, y el asomo que hace de poner en ejecución su autoridad contra mí, si no cumplo con lo que se me manda relativo a la bandera nacional, acusándome de haber faltado a la prevención del 3 de marzo por otro tanto que hice en Rosario".

Seguidamente le cuenta que no había recibido en tiempo y forma esa comunicación continúa paciente y concreto aclarándole su voluntad independentista y lo difícil de su misión:

"No había bandera y juzgué que sería blanca y celeste la que nos distingue como la escarapela, y esto, con mis deseos de que estas provincias se cuenten como una de las naciones del globo, me estimuló en ponerla. Vengo a estos puntos, ignoro, como he dicho, aquella determinación, los encuentros fríos, indiferentes y tal vez enemigos: tengo la ocasión del 25 de Mayo y dispongo de la bandera para acalorarlos y ensusiasmarlos; ¿y habré por esto cometido un delito? Lo sería, Sr. Exmo., si a pesar de aquella orden, yo hubiese querido hacer frente a las disposiciones de V.E.; no así estando enteramente ignorante de ella.

La bandera la he recogido, y la desharé para que no haya ni memoria de ella, y se harán las banderas del Regimiento Nº 6, sin necesidad de que aquella se note por persona alguna, pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el Ejército, y como éste está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con lo que se les presente".

Y subiendo un poco el tono, le hacía notar que ya era imposible sostener la "máscara de Fernando VII" y que nadie quería saber nada con "el más despreciable de los seres" como llamara el escritor Benito Pérez Galdós al rey Borbón.

"En esta parte V.E. tendrá su sistema al que me sujeto, pero diré también, con verdad, que como hasta los indios sufren por el Rey Fernando 7º y les hacen padecer con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oír el nombre de Rey ni se complacen con las mismas insignias con que los tiranizan. Puede V.E. hacer de mí lo que quiera, en el firme supuesto de que hallándose mi conciencia tranquila, y no conduciéndome a esa, ni otras demostraciones de mis deseos por la felicidad y glorias de la Patria, otro interés que el de esta misma, recibiré con resignación cualquier padecimiento, pues no seré el primero que he tenido por proceder con honradez y entusiasmo patriótico".

Para concluir le recuerda al burócrata su currículum desde los tiempos del Consulado:

"Mi corazón está lleno de sensibilidad, y quiera V.E. no extrañar mis expresiones, cuando veo mi inocencia y mi patriotismo apercibido en el supuesto de haber querido afrontar sus superiores órdenes, cuando no se hallará una sola de que se me pueda acusar, ni en el antiguo sistema de gobierno, y mucho menos en el que estamos, y que V.E. no se le oculta (los muchos) sacrificios (que) he hecho por él".

Muy pronto mostraría Belgrano que estaba dispuesto a muchos más sacrificios, aunque no por el "sistema" que tenía el Triunvirato, sino por la Patria.

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