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Domingo 10 de Mayo de 2015

Beethoven, la música al ataque

Era un sordo desmelenado que no se llevaba bien con nadie. Pero casi toda su obra es de una calidad superlativa.

Mozart fue un chico hiperactivo que usaba peluca empolvada, Bach un señor gordito que usaba una peluca más anticuada todavía y componía música de iglesia, y Beethoven un sordo desmelenado que no se llevaba bien con nadie… Pero por debajo de estos clichés sobados hasta el cansancio, quizá se oculte una de las fuentes de placer estético más sublimes a las que los seres humanos podamos recurrir para tratar de aliviar nuestros pesares: escuchar buena música.
Ludwig van Beethoven, que había nacido en la ciudad alemana de Bonn —a orillas del Rin— en 1770 y moriría en Viena en 1827, sin haber sido tan precoz como Mozart ni haber alcanzado la longevidad de Sibelius, en treinta y tantos años compuso algunas de las sonatas, conciertos, cuartetos para cuerdas y sinfonías más significativos de toda la historia de la música occidental, llevando a su máximo grado de perfección los esquemas formales del clasicismo, pero presagiando también, genialmente, los emotivos arrebatos de la escuela romántica que se avecinaba.
En líneas generales, toda su música es de una calidad superlativa —no en vano se han exaltado tanto, las audacias de sus últimos cuartetos para cuerdas—, pero lo que le aseguró la inmortalidad a Beethoven fue, sin duda, la grandiosidad de sus piezas sinfónicas.
La música “culta” venía de ser una labor artesanal que los nobles patrocinaban según su humor del día, y en ese contexto social, en el que los compositores comían confinados en la cocina, junto con los demás lacayos, Haydn compuso ciento cuatro sinfonías, Mozart alrededor de cincuenta, y Beethoven apenas nueve.
Dicha disparidad numérica testimonia cómo el discurso musical, paulatinamente fue reemplazando sus concesiones al “entretenimiento” de los mecenas, por un sello cada vez más personal, una manufactura cada vez más elaborada, y un tono cada vez más confesional e íntimo, en estrecha correspondencia con la idiosincrasia de su autor.
En este orden de ideas, el viejo y olvidado Arnold Hauser apunta que en Beethoven, “el arte se vuelve activo, combativo, y el afán por lo expresivo viola la forma”.
Atributos “no clásicos” sino prematuramente románticos, que aún no se ponen de manifiesto en sus dos primeras sinfonías, pero sí en la tercera, en mi bemol mayor, opus 55, compuesta entre los años 1802 y 1804 y más conocida como la “Heroica”.
La anécdota que paso a contar es archiconocida. Instado por el embajador francés en Viena, Beethoven compuso esta obra con la intención de dedicársela a un joven y promisorio general que, aparentemente, sometía a los reinos de Europa para inculcarles los altos ideales que, en teoría, habían inspirado la Revolución Francesa. Pero cuando el presunto caudillo republicano —que no era otro que Napoleón Bonaparte—, en 1804 se hace coronar emperador, la decepción del sordo noble e idealista fue tan grande, que destruyó la portada de la partitura donde había anotado la dedicatoria.
Napoleón no era sino un embaucador más —es decir, un político más—, ávido de adueñarse del poder a cualquier precio, y para el bueno de Beethoven, cuya única ambición era servir a la humanidad haciendo música, el ídolo había rodado de su pedestal.
Rosario, en cambio —corría el año 1917—, decidió levantar en el parque Independencia un pedestal de granito de estupenda factura, que además testimonia la destreza técnica y el sentido de la proporción y de la forma que tenían los artesanos de aquel tiempo, para entronizar, con toda justicia... a Beethoven.
La escultura, que vaya a saber uno por qué rara conjunción astral, aún no ha sido blanco de ningún agente destructor, entre los muchos que arrasan la estatuaria urbana (léase desidia e indiferencia de los responsables de su custodia, robo o vandalismo por puro divertimento, etcétera), es obra del artista Erminio Blotta y, al parecer, fue encargada y costeada por Rubén Vila Ortiz —un incansable propulsor del quehacer cultural en la ciudad, durante las primeras décadas del siglo XX—, pero no para su actual destino, sino para ser emplazada en la Biblioteca Argentina, ámbito donde se había gestado “El Círculo” —originalmente “El Círculo de la Biblioteca”—, que en aquel momento presidía Vila Ortiz.
Pero es muy probable que los setecientos kilos de mármol de Carrara que Blotta había elaborado pacientemente durante más de un año, en su taller de la avenida Pellegrini 1708, hayan convencido, tanto al autor como a sus patrocinantes, de que el resultado merecía ser exhibido en un paseo público, donde un mayor número de personas lo pudiese apreciar.
No obstante, hay otros aspectos de este simpático relato, dignos de alguna reflexión…
Una vez inaugurado el busto —en el transcurso del acto, la banda de música de la policía ejecutó el primer movimiento de la Quinta—, por muchos años fue el único monumento dedicado a Ludwig van Beethoven que existió en toda América.
Parece que Rosario, con una curiosidad de adolescente, hace cien años no temía honrar, como se merecen, a los grandes creadores de la cultura universal.

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