Opinión
Lunes 25 de Julio de 2016

Barras bravas y violencia

Ayer la PDI (Policía de Investigaciones) tenía informes previos que señalaban que a los 10 minutos del segundo tiempo un puñado de diez personas treparía al alambrado para parar el partido.

El día estaba gris, hacía frío y no jugaban los titulares. Pero en otro marco las tribunas del Coloso en un clásico, no es caprichoso imaginarlo, habrían estado llenas. Sin embargo no es el clima o la ausencia de los mejores lo que raleó al público de la cancha. Pasa más bien que los conflictos que traquetean dentro de la barra brava no se desactivan. Esas hostilidades de un grupo minoritario en la vida de un club con millares de hinchas ahuyentan a la mayoría. No es para menos si se repara en que hubo dos asesinatos por encargo en los últimos 50 días de gente que procuraba la supremacía de la barra. Uno a veinte cuadras de la cancha. El otro frente a sus mismas puertas.
Un funcionario del Ministerio de Seguridad contaba ayer al final del partido que en semejante clima los aprestos del operativo llevaron cinco días de tramitaciones agotadoras. No es solo disponer los efectivos policiales. También fue el armado de las listas de exclusión de los violentos, la inspección de las instalaciones, las audiencias con los directivos y el diseño del despliegue en un espacio crítico. La dificultad está en que un grupo marginal con capacidad violenta probada genera un peligro potencial en entornos de público masivo.
Ayer la PDI (Policía de Investigaciones) tenía informes previos que señalaban que a los 10 minutos del segundo tiempo un puñado de diez personas treparía al alambrado para parar el partido. Una presión para negociar en base a la fuerza por las prebendas que tantas veces supieron conseguir. Eso pasó más tarde y el árbitro detuvo el juego. Antes una corrida a piñas entre dos grupos demoró veinte minutos el arranque del complemento. La reiteración de las refriegas hartó a la mayoría, que dedicó cantos furiosos al grupo que los tiene de rehenes. "Que se vayan todos, que no quede ni uno solo", coreaban.
Los hechos últimos presionan en la memoria inmediata pero los dos principales clubes de la ciudad tienen problemas de violencia con dos cualidades: no son recientes y muy poco tienen que ver con el fútbol. El hilo conductor de las refriegas de las barras de Rosario Central y Newell's se conectan con control de negocios económicos y comercio de drogas. Las responsabilidades son históricas y superan a los que se implican en peleas desquiciadas.
En el caso de Newell's el pasado funciona como sustrato que activa las actuales demandas. Hace quince años un dirigente hoy procesado por administración fraudulenta, entonces con la garantía de una Justicia muda, tuvo matones que cuidaban su gestión en los escalones de las gradas golpeando a los disidentes. Tanto control interno tenían esos barras que en 2007 entraron a golpear a un entrenador tras una derrota o apretaron por dinero al mejor tenista argentino que daba una exhibición en el miniestadio. Al retirarse tras 14 años de imperar con elecciones suspendidas en el club no había pelotas, ni libros contables, ni red eléctrica. Pero quedaba como legado la enseñanza de que los violentos, mediante pactos, podían cogobernar el club.
Son esos privilegios por los que se movilizan ahora los que aspiran a conducir a una hinchada de liderazgo vacante. Ayer en la tribuna había una bandera de Matías Franchetti, ejecutado a tiros por dos motociclistas frente a la cancha, el 8 de junio pasado. Le decían Cuatrero, tenía 24 años y había sido detenido en 2010 en Portugal en el marco del célebre operativo Carbón Blanco por contrabando de mil kilos de cocaína, hecho por el que terminó condenado Patricio Gorosito, ex dueño del Club Real Arroyo Seco, ahora propiedad de Rosario Central. Una de las facciones del Cuatrero es la que puja por llenar el vacío de mando. Otra es la que aspira a suceder al Panadero Ochoa hoy preso como ideólogo del crimen de Roberto Pimpi Caminos. Por detrás también medran otros grupos menores.
Este presente tiene una construcción histórica. Que cada parte repase cómo llegamos a él es un buen prospecto para no pensar que la culpa es, solamente, de un grupito de inadaptados.

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