Política
Martes 14 de Junio de 2016

Bárbaro: "El peronismo no se puede convertir en el verdugo de la democracia"

Fue diputado nacional (1973-1976). Ocupó la Secretaría de Cultura de la Nación (1989-1991) y fue interventor del Comfer de 2003 a 2008, durante las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner.

Julio Bárbaro se podría encuadrar en lo que se llama el "peronismo histórico", una categoría elástica en la cual se suele ubicar a los dirigentes que no tienen una referencia puntual en la actual coyuntura del PJ. De definiciones punzantes y polémicas, se lo ve seguido en los talk show televisivos de la política, ese nuevo formato que asomó en el último tiempo, donde se abordan temas de actualidad con un enfoque veloz y desordenado. "El peronismo no se puede convertir en el verdugo de la democracia", suelta, con su característica voz estridente, al primer contacto que hace con La Capital vía telefónica desde su casa en Capital Federal. La respuesta conlleva una autocrítica al papel del justicialismo cuando tiene que asumir el rol opositor cada vez que ha dejado de ser gobierno, como desde hace seis meses, cuando el ballottage encumbró a Mauricio Macri en la cima del poder.

Bárbaro fue funcionario de Néstor Kirchner, pero a su salida del Comfer, se convirtió en un áspero crítico del kirchnerismo y sus símbolos. Mantiene una posición dual con Cambiemos. Dice que el mayor mérito de Macri, a quien votó, es haber "recuperado la democracia" porque el país iba derecho a convertirse en una Venezuela.

—Usted se define como un peronista que votó a Macri. ¿Se arrepiente ahora?

—No. Lo volvería a votar, porque es la recuperación de la democracia. Esto mismo se lo dije a Daniel Scioli, con quien cené días atrás. El kirchnerismo nos llevaba a Venezuela. Macri le erra en lo económico, pero nos devolvió la democracia. Los diputados y los senadores opinan, las leyes se cambian. Es un avance enorme respecto del gobierno anterior.

—¿Qué observa de negativo en la gestión del gobierno?

—Macri se olvida de que para poder imponerle sacrificio a los humildes primero le tiene que parar el carro de las ganancias a los poderosos. El Estado, en la modernidad, se tiene que imponer primero a los grandes capitales, para luego tener autoridad moral para imponerles a los humildes.

—¿Ahí cree que hay una condición de clase de Macri?

—No, creo que hay una limitación ideológica. Porque creen en el liberalismo: la inversión y el derrame. Son dos errores históricos que nunca van a pasar. La teoría del derrame ni en la Argentina ni en ningún lugar del mundo funcionó. Estados Unidos creció mientras tuvo grandes límites a los monopolios. Y nosotros somos un país que va derecho a los monopolios. Siempre digo que la Argentina tiene tres problemas: el tamaño del Estado, la corrupción y la concentración de los privados.

—Llama la atención que usted, como peronista, haga hincapié en el tamaño del Estado, que para el justicialismo siempre fue una palanca para instrumentar las transformaciones sociales.

—Sí, ¡pero no en el tamaño! Cuando Perón volvió dijo una frase que no olvidaré: "Me fui dejando 250 empleados en la Casa de Gobierno; volví y había 2.500". El Estado fofo no es el Estado eficiente. Perón nunca fue estatista, fue el poder dentro del Estado, que es otra cosa.

—¿Ve alguna impronta peronista en el gobierno de Macri?

—No, yo creo que el gobierno de Macri tiene el defecto de no tener oficio. Por eso pueden mandar un aumento del gas o la luz sin que nadie entienda de qué se trata. Y la virtud de retroceder cuando se equivocan. Pero si lo hacen todo el tiempo esa virtud se convierte en algo patético. Tiene un límite eso, porque exhibe una debilidad, una falta de conocimiento.

—Usted, en su crítica al kirchnerismo, dijo que se había volcado al stalinismo y que eso le hizo perder su esencia.

—El Partido Comunista (PC) argentino está a la derecha de la pared. Carlos Heller, Diana Conti, Martín Sabbatella, todos esos personajes eran del PC. Partido y grupo ideológico con el que nunca los peronistas tuvimos nada que ver. Hubo dos grandes escuelas de obediencia en la Argentina: una fue la guerrilla y la otra el PC. Como eran estructuras clandestinas, por lógica se caracterizaban por la obediencia, y la obediencia era una forma de adhesión fácil al autoritarismo.

—¿En qué cree que va a derivar este proceso de institucionalización del PJ después de perder el poder?

—Por ahora, en nada. Es todo patético. Son más los votos que espantan que los que convocan. Es una burocracia heredera.

—¿A quién hubiese preferido que esté al frente en lugar de Gioja y Scioli?

—Ninguno de los que pasó por la obediencia de Cristina puede revivir, por ahora. Necesitan pasar un largo rato. Yo siempre digo que el peronismo era una memoria que da votos. Yo lo veo a Insfrán o Alperovich y no tengo nada que ver. Ese feudalismo vino a destruir al PJ.

—¿La CGT reunificada puede tomar el lugar de esa vacancia de la conducción formal del PJ?

—No, pero la reunificación de la CGT es un hecho importante porque el movimiento obrero tiene más vida que el movimiento empresario. Para los empresarios, con tal de ganar plata, la democracia es un detalle.

—Haciendo historia, la CGT, en el gobierno de Raúl Alfonsín, se convirtió en el ariete de la oposición y fue reacomodando al PJ. ¿Esta CGT puede funcionar de la misma manera contra Macri?

—Tanto la CGT como todos los peronistas que tenemos dos dedos de frente sabemos que no se puede impedir el gobierno de Macri. El peronismo no se puede convertir en el verdugo de la democracia.

—¿Esa frase tiene algún dejo de autocrítica?

—Claro que sí. Con Alfonsín la oposición fue muy fuerte. Y todos los que se pelearon con Alfonsín después fueron alcahuete de Menem.

—Si le va mal a Macri, ¿vuelve Cristina?

—No, no. La historia nunca retrocede. El kirchnerismo ya está enterrado. El kirchnerismo y el menemismo se parecen en algo: los dos fueron una enfermedad del poder. Pero son males que se curan con el llano. No tienen peso histórico, se van disolviendo de a poco. Cuando un ejército es derrotado y las deserciones son imparables, es porque ven que se acabó su ciclo histórico.

—Después de la reunión que tuvo con el Papa, usted dijo que la tan mentada "grieta" ya no es culpa del kirchnerismo sino de todos los argentinos...

—Yo también le eché le culpa al kirchnerismo de la grieta, pero ahora se fue y aparecen un montón de macristas peleándose con el Papa y el peronismo. Entre ellos, este personaje menor que es Durán Barba. Yo sigo siendo peronista y católico, voté a Macri y ahora sucede que tengo que correrme por el fanatismo macrista; o mejor dicho, por el kirchnerismo macrista.

—¿Cómo es eso del kirchnerismo macrista?

—Son aquellos que asumen al nuevo gobierno con una impronta de fanatismo. Y de lo que hay que salir es del fanatismo. Esto puede servir para el deporte, pero en la política debe imperar la razón. Tenemos en la Argentina cierta impotencia para la coincidencia.

—La gestualidad en política no es inocua. Muchos le cuestionan al Papa haber recibido a Bonafini o que le haya mandado un rosario a Milagro Sala?

—El Papa me lo dijo así: "Bárbaro, me escribe una carta Milagro Sala y yo le mando un rosario bendecido. Criticar esto ya es un absurdo". Hay una estupidización de varios personajes. El fanatismo lleva a la idiotez, ya sea de izquierda o derecha. Me parece que por otro lado se olvidan que en su momento el cardenal Bergoglio fue de lo más duro contra Kirchner, lo cual lo llevó a merecer un libro de Verbitsky. Y olvidan que la Iglesia fue clave para que no gane Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires.

—¿Durán Barba actuó solo o fue habilitado por el propio Macri para criticar al Papa?

—No lo sé. Me imagino que habla por él solo. El problema de un tipo como Durán Barba, y que es lo que pasa con todos los asesores, es que siempre se creen superiores al asesorado. Son como los críticos de arte: se creen más importantes que el pintor.

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