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Domingo 11 de Mayo de 2014

Balanza y espejo de Cristina

La presidenta prepara el terreno para que lo que le queda de mandato transcurra de la manera más calma posible.

Cristina Fernández de Kirchner ha tomado la decisión de diseñar su estrategia de retirada. A casi un año y medio de la fecha en la que deberá colocarle la banda a su sucesor, la presidente ha tenido gestos indubitables para con sus íntimos demostrando que su prioridad a partir de ahora es su propio futuro y el tallado de su imagen para la historia. “Cristina aspira esencialmente a dos cosas: a ser la que incline la balanza de la segunda vuelta presidencial y a ostentar un fin de 8 años de gobierno con una economía con la mayor apariencia de estabilidad”, resume uno de los asesores de Balcarce 50 mientras observa el patio de las palmeras del edificio.

Por lo primero, todas las encuestas, propias y ajenas, le reservan al kirchnerismo una capacidad de apoyo electoral no menor al veinte por ciento que, en algunos sondeos que provienen de centros de análisis con sede en la localidad bonaerense de Tigre, llegan a veinticinco puntos porcentuales. “Con esa cantidad de votos, la Jefa puede definir la balanza a favor de quien quiera en el segundo turno de las elecciones de 2015”, concluye en reserva la misma fuente. Y no le falta razón a quien así opina. Sergio Massa es hoy el preferido a la hora de consultarse a la ciudadanía por su voto a presidente. Daniel Scioli, Mauricio Macri, Julio Cobos y Hermes Binner, en ese orden, siguen sin discrepancias de encuestadores entre los elegidos. Pero ni el diputado del Frente renovador ni, mucho menos el resto, pueden soñar con un triunfo en primera vuelta. El electorado dogmático y obediente K puede entonces convertirse en un fiel decisor que ya se ha puesto a sopesar la realidad argentina.

Este caudal de votos cristinista es mirado con atención por todos. Especialmente por Daniel Scioli que es cualquier cosa menos un visceral improvisado. “Por eso, el gobernador de Buenos Aires no se pelea con Cristina”, sonríe el asesor consultado. Quiere capitalizar esa cuarta parte de los votos por un lado y hacerle un guiño a los conservadores que se asustan con las propuestas de cambios radicales garantizándoles una imagen de ajustes pero prolijos. “Para jugar al malo que todo lo ve mal ya está Massa”, dice el hombre que tiene despacho en la Casa Rosada. Y Elisa Carrió, podría agregarse, quien a la suma de catástrofes climatológicas que preanuncia en el horizonte político (dicho esto con respeto por sus denuncias de corrupción que hoy empiezan a despacharse en la Justicia) sumó un excéntrico sentido del humor público para aparecer más próxima a la gente. Esta semana twiteó que se iba al conurbano bonaerense a buscar narcotraficantes (sic). “Recen por mí”, pidió. Se ve que el humor y la creatividad no son el fuerte de la chaqueña.

Mauricio Macri, un obsesionado de cuanto Focus Group y sondeo de opinión esté dando vuelta, ha tomado también nota de esta cuarta parte del electorado duro K. Ha también apuntado lo que sus asesores le dicen respecto de cierto hartazgo a la hora de pronunciar un discurso de permanente pesimismo como análisis de la gestión nacional. El “todo está mal” no paga hoy, dicen los expertos del PRO. No es verdad que haya un pacto entre el PRO y el kirchnerismo. Cristina no pudo con su genio y lo desairó a Mauricio contando una reunión secreta a pesar de que los dos habían dado su palabra de reserva. Tampoco es cierto que ambos se vean como enemigos irreconciliables. En la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires votan juntos en proyectos centrales como el presupuesto y todo, con la venia de la líder K. Por fin, los radicales, socialistas y aliados tropiezan en sus definiciones ante las innumerables piedras de discordia, falta de amalgama y personalidad con un ego tan fuerte como si pudiesen ganar en primera vuelta. Sería bueno recordarles a Hermes Binner, Julio Cobos, Ernesto Sanz y el resto que ninguno mueve el amperímetro electoral más allá del dígito de preferencias.

Es la economía. No hay motivo para pensar en un sobresalto económico en este año y medio que resta de gestión kirchnerista. Una cabal prueba de este pensamiento masivo es el último libro del economista Walter Graziano. Este hombre, insospechado de poder ser visto como de izquierda o filo cristinista y recordado por haber sido el analista estrella de los 90 cuando el libre mercado se había enseñoreado de nuestro país, cree que salvo un actitud disparatada debe esperarse un “soft landing” de la presidente Kirchner y una entrega relativamente ordenada de la gestión. En su reciente libro “La verdad oculta de Argentina” se encarga de destacar que no es posible hablar de década ganada o perdida en la economía ya que una cosa fue la gestión de Néstor (“sabía en serio de economía. Discutía de igual a igual con profundos conocimientos. El ministro fue siempre él”, puntualiza) y otra bien distinta los 8 años de Cristina (“No sabe. Memoriza y repite datos y conceptos económicos pero sobreestima su propia capacidad y conocimientos. Depende de los criterios volátiles de sus ministros de economía”). Planteados estos conceptos, él espera un período de “tira y afloja” graficado entre el recortar el gasto y ser populista en épocas preelectorales o en sostener una inflación nunca menor al treinta por ciento anual queriendo desbordar hacia el cincuenta si no se es cuidadoso con las variables del caso.

La única duda es saber si la presidenta no obrará con rencor y recordará que al momento de llegar su marido a la Presidencia, nuestro país casi no tenía reservas. ¿Por qué dejarle a quien llegue en 2015 una situación distinta?, podría pensar. El nivel hoy acumulado en el Central bordea los treinta mil millones. Bien podrían disponerse de la mitad para sostener las inconsistencias del modelo actual y entregar el país a quien venga con todos los problemas y el ahogo de la falta de dólares. “Si eso pasa”, dice Graziano, “repetiremos alguna de las historias pesadas que ya tanto conocemos los argentinos, percibida por un olfato inigualable para darnos cuenta que algo no está bien”.

En economía se huele que algo anda mal. Hay que orientar la nariz hacia la Casa de Gobierno para saber si la presidenta optará sólo por preservar su imagen personal o pensará en el destino colectivo hacia las próximas generaciones y no con vistas a las inmediatas elecciones.

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