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Sábado 31 de Octubre de 2015

Bajo un mismo cielo, viajan y juegan en alejadas escuelas

Con telescopios, luces y otros artefactos, alumnos de distintas regiones comparten   visiones e historias.

“La vieja escuela rural El Mataco sobrevive en Hersilia rodeada de cultivos de soja, concurren unos cinco chicos, además del maestro Luis, «El Flaco», y una muchacha que cocina muy rico. Con ellos, otros chicos de la Colonia Ana, además de médicos y docentes rurales realizamos nuestra primera experiencia con el proyecto Miradas”, dicen Sofía Méndez y Daniel “Yayo” Ekdesman, ambos de 33 años.
  La pareja de barrio Ludueña, llegó a Hersilia, a 270 kilómetros al norte de la capital santafesina, en su Aguará (lobo),  casa rodante equipado para ser transporte y vivienda durante un largo tiempo.
  Partieron en marzo de 2011,y tras compartir experiencias con comunidades escolares del norte de Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá. Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México, Venezuela, Brasil y Paraguay, regresaron a Rosario hace un mes y con sus hijas Negra(nacida hace 3 años, en Chiapa) y Coral (11 meses, Brasil).
  Con juegos con telescopio, microscopios, caleidoscopios, espejos, luces, reloj de sol, proyectores, papeles, lápices, cámaras fotográficas y filmadoras, construyen con los chicos relatos y rescatan leyendas ancestrales. Desde la astronomía, apuestan a la educación informal, como herramienta para la integración desde la diversidad.
  “Antes de visitar una escuela nos conectarnos con los maestros para conocer el contexto de la comunidad y proponer trabajos. No hacemos asistencialismo y el trabajo surge tras una semana de convivir con ellos. Llevamos una biblioteca y contamos con el  apoyo de astrónomos”, explica Sofía.
  “Luego de compartir algunos principios de la astronomía, hacemos juegos y experimentos con elementos ópticos. Observamos al cielo y hablamos sobre las distintas miradas que realizamos, para conocernos. También compartimos relatos e historias sobre nuestros pueblos y culturas”, indica Sofía, profesora de educación inicial, con diez años de trabajo en la Escuela Nº 1.358 de barrio Belgrano y experiencias con talleres en cárcel de mujeres.

Telescopio y arte. Yayo resalta que “el uso del telescopio y el microscopio tiene que ver con mirar a lo lejano y lo cercano, lo plural y lo singular. Mirar en el espacio lejano, donde está nuestro pasado”.
   “Amanda Paccotti nos alentó a usar al telescopio y como la gente se vincula con la astronomía”, indica Sofía. Paccotti, especialista en educación preescolar, fue  alumna de las hermanas Cossettini, y directora de la primaria del Instituto Fisherton de Educación Integral, donde estudió Sofía y su abuela, Silvana Sandri, directora general de la escuela y “madrina” del viaje y trabajo de los jóvenes.
   Y agrega Yayo: “Desde pibe me atrae la astronomía, con ella se  articular muchas herramientas para crear desde el arte”.
  “La cosmovisión de los mayas —resalta—, estaba ligada a la astronomía, a lo sagrado. Al conocer  los movimientos del sol, los ciclos y cómo intervienen en los suelos, para trabajar la tierra.
  Y aclara: “Los más sabios de las comunidades y en el imperio Inca, eran los que sabían interpretar las cuestiones del cielo”.
   “A partir de manejar los comportamientos del cielo, climas, humedad y temperaturas, los mayas modificaron al maíz y la papa,   considerada venenosa”.
  Antes del viaje consultaron al astrónomo Horacio Tignanelli, autor de varios libros de divulgación de astronomía y asesor del Educación de la Nación y coordinador nacional de Ferias de Ciencias y Tecnologías. “Tignanelli, quien también es titiritero, nos recibió en Buenos Aires y nos apadrinó”, cuenta Yayo. “Hagan lo que quieran, pero busquen algo desde el arte”, les dijo el especialista a los jóvenes rosarinos.

Subiendo. Desde el norte santafesino subieron hasta escuelas de Salta, Jujuy.  “Pasamos a Chile en momentos en que el presidente Piñeira quería cerrar escuelas rurales. En Calama, entre el desierto y el casino y la explotación minera, acampamos en una población indígena y atacameña cuidaba sus cultivos, administraban un bar y un antiguo Pucará, en forma comunitaria. Buscaban otra historia para que los chicos no se fueran”.
  “En Bolivia, mientras jugábamos mirando al cielo, los más grandes contaban cómo según el brillo de las estrellas Pléyades o Siete Cabritos, determinan el comportamiento del clima, esencial para las cosechas y conservación de las papas”, indica Sofía.
  En tanto, al llegar a Lima, desarrollaron talleres “en varios colegios privados, con una colaboración económica. Eso nos permitía extender la experiencia con  escuelas públicas”.
  Luego de pasar por comunidades y escuelas de Ecuador y Colombia, llegaron a Centroamérica y México.
     Por consejo de una astrónoma venezolana, que conoció el proyecto, lo presentaron en la Unesco. Ganaron un premio de ese organismo y “reduciendo al máximo los costos, viajamos cinco meses por Centroamérica”, dicen.
  “Además de la chapa de Unesco —dice Sofía— que colgamos del vehículo y nos permitió que no nos pararan siempre, nos enviaron mucho material para escuelas.

De escuela en escuela. “En ese momento seguimos con otra pareja amiga. Nacho que filmaba experiencias en comunidades y María, que hacía la producción. Ambas estábamos embarazadas y en el vehículo andábamos los cuatro y con 40 grados de calor. De lunes a viernes íbamos a las escuelas a la mañana y por las tardes registrábamos entrevistas. El viernes hacíamos la noche de las estrella hasta la madrugada y partíamos hacia otra comunidad”. y las noches estrellas hasta la madrugada y el sábado nos íbamos para viajar a otra escuela”.
  “En Guatemala usamos traductor y nos tocó una semana de lluvia. Teníamos una canilla para 400 alumnos y nosotros cuatro que vivíamos ahí”, agrega.
  Y remarca que “al año y medio de salir de Rosario, nació Negra, el 28 de julio de 2012, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, como lo planificamos. Desde entonces ella también fue parte del trabajo, venia con nosotros a las escuelas y a veces se quedaba en alguna casa de madres que nos pedían cuidarla entre todos”, cuenta Sofía.
  “Seguimos y en el noreste de México, por contactos con una antropóloga, llegamos a la comunidad de Octzen (Huasteca Potosina). Los pobladores hicieron una  asamblea sobre nuestra presencia. Todo lo hacían comunitariamente, como un tinglado, el camino a la ruta, el pozo del agua, baños y demás obras”.
  Y agregan “al otro día, en el descanso de la tarea en común  hablaron con nosotros, en lengua huasteca. Nos hicieron sentir cómodos y les resultaba simpática nuestra rubia hija Negra”.

Conejos en la luna. “Luego de conocernos con los chicos, les pedimos que al otro día trajeran de sus casas algún comentario sobre temas del cielo. Así vinieron  con relatos, como una leyenda sobre un conejo que anda en la luna. Con esa historia, contada por un abuelo, a la noche armamos el proyector, abrimos un simulador del cielo y, esa historia que sólo conocían unios viejtios, fue contada por los chicos usando títeres, para recuperarla y compartirla”.
  Así eran las “Noches de las estrellas” fiesta con toda la comunidad, realizada tras pasar una semana en la  zona y antes de continuar el viaje.
  A veces, bajaban de lejanos cerros para celebrar la fiesta, pero también recuerdan “un nublado día, en el que se preveía que a las cinco de la madrugada saldría la luna. Entonces decidieron hacer la vigilia y proyectamos películas, bailamos y brindamos”.
   Al seguir el camino llegó Coral, la cuarta miembro de la familia.  “Habíamos pensado que fuera en Venezuela, pero por los documentos debíamos partir, así que fuimos al norte brasileño y pasamos casi cinco meses. Coral nació en Porto de Galinhas.    
  Después seguimos al sur y trabajamos con Los Sin Tierra y en varias escuelas, además de sobrevivir con stands en la calle donde vendíamos materiales de astronomía, remeras y prendedores”.
  En Paraguay, “algunas iglesias evangelistas nos pedían que no habláramos sobre el origen del mundo. Hay un vaciamiento cultural cuando operan las iglesias. Sabemos que nos metimos con un tema sagrado. Por eso también nos conmovió la raíz guaraní, donde la astronomía es parte de su cultura”. Por otra parte, en esa zona, se les unió al grupo Chipa, una perra atorranta.

Paranacito y Patagonia. Por problemas con los papeles del rodado no bajaron de Posadas al Uruguay, para volver por Paranacito. Allí, en esa zona del delta entrerriano tienen un terreno, se piensan radicar y enviar a Negra al jardín Gurisito isleño.
    Pero, ya quieren llevar el proyecto a escuelas rurales patagónicas. “Vivimos simple, teníamos laburo y no fuimos a baby showers. Queremos que las nenas vivían en diferentes lugares. También piensan hacer un libro de astronomía para niños, con leyendas que conocimos. Hay que abordar el tema por fuera de los cohetes y la carrera espacial”, sostienen Sofía y Yayo.
  www.proyectomiradas.org y en facebook.com/Proyecto-Miradas
 

Salida comunitaria

“Pensamos en un proyecto con escuelas rurales, con chicos y con sus comunidades. La idea era llevar algo y compartirlo, porque suele traerse más de lo que se lleva. Registramos relatos e historias que los chicos contaban para compartirlas con alumnos de distintas regiones”.
  “Por eso queríamos una salida comunitaria, de pensar entre todos y en el ámbito de la educación. No caer en el asistencialismo o ser un animador o recreador”, sostiene Sofía.
    ”Con Yayo coincidíamos en desplegar un proyecto para compartir. Siempre leímos sobre temas del anarquismo y nos preguntábamos si se podía vivir una historia donde las relaciones humanas sean sinceras, respetuosas y sin que nadie pise la cabeza de otro, sin sobredimensionar lo material”, resalta.
  Y agrega: “Hacia falta detenernos, vivíamos felices y con proyectos que nos gustaba mucho. No es que trabajábamos en oficinas, yo era maestra en un jardín de infantes y vivíamos en barrio Ludueña y militábamos con grupos de chico. Yayo trabajaba en una carpintería y teníamos un kiosco. Pero necesitábamos salir”, admite Sofía.
  “Tener un comercio no era un proyecto de vida. Yayo, al terminar el Politécnico se fue a México, participó de la experiencia zapatista en Chiapas, y quería salir”.
    “Decidimos vender el kiosko y comprar la casita rodante, a la que le hicimos muchos arreglos para acondicionada”, agrega la joven docente rosarina.

Sin apologías. Pero, Sofía también advierte: “no queríamos estar en el lugar de las familias viajeras, ya que hay una apología del viajante que anda con un discurso vacío y que quedan en el lugar de felices héroes”.
  Para consultar sobre más
datos sobre el proyecto, los interesados pueden consultar al sitio www.proyectomiradas.org y en facebook.com/Proyecto-Miradas.

La apropiación del espacio

1) La primera parada fue en Hersilia, norte santafesino, para trabajar con escuelas rurales.
2) Actividad en el patio de una escuela rural, bajo el cielo y al pie de las sierras.
3) El Aguará (lobo), modicado para ser transporte y vivienda durante el viaje.
5) “Noche de estrellas”, tras pasar una semana de actividades en una escuela, antes de seguir el camino, realizaban el encuentro con las familias, vecinos de la comunidad. Con el telescopio, películas, observaciones, comidas y brindis, se despedían de cada pueblo.
6) Yayo, Sofía, Negra y Coral, junto al Aguará durante una parada en el viaje.

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