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Domingo 14 de Agosto de 2016

Bajo el cielo de Ludmila

Un recorrido por los campos de exterminio que flagelaron a la humanidad. Una crónica que intenta describir aquello que no tiene palabras.

Son las 10 de la mañana y ya hace calor. Veo una explanada, frente a mí... un campo verde brillante salpicado de construcciones. Son galpones de ladrillo y techos a dos aguas. Podría ser un paisaje inspirador si esos galpones no estuvieran rodeados por alambres de púa, que en su momento fueron electrificados. En la entrada, el cartel en letras de hierro donde se lee aquella absurda frase: "El trabajo los hace libres". Es sábado 30 de julio y estoy parada frente a uno de los campos de exterminios más cruentos de la historia de la humanidad: Auschwitz, a sólo 66 kilómetros de Cracovia.

   Empiezo el recorrido junto con una pareja argentina, otra de italianos y un grupo grande de adolescentes provenientes de Malta que estaban allí para participar de la Jornada Mundial de Juventud junto al Papa Francisco. Como cualquier otro chico estos jóvenes llegaron al lugar charlando entre ellos y sin prestar demasiada atención a lo que vendría.

   Cuando nos calzamos los auriculares para escuchar la explicación del guía polaco, que hablaba en inglés, las palabras resonaron fuertes, contundentes y frías: "No vamos a visitar un museo. Vamos a recorrer un cementerio, el lugar donde perdieron la vida millones de personas. Les pido respeto". Se produjo un profundo silencio y los jóvenes cambiaron el gesto, la mirada.

   Atravesamos juntos ese pórtico tan conocido por las películas y los documentales, con esa inscripción tan cínica que repugna. En Auschwitz cada uno de los pabellones está conservado como hace 70 años cuando en esos espacios se exterminaba, se torturaba, se denigraba a las personas.

   Nada más cruzar el umbral y ver aquellas "barracas" viene a mi memoria Ludmila...

   Ludmila Dabrowski de Moszoro, una mujer polaca que vivía en Rosario y sobrevivió a los campos de exterminio Auschwitz y Birkenau, situados a tres kilómetros uno de otro. La entrevisté para este diario, hace años, tiempo antes de que muriera.

   Sus palabras recogidas en un grabador, en el living de su casa, que fueron publicadas en un reportaje en 2005 cobraron vida allí. Caminé recordando cada suceso, cada padecer de ella en este lugar del mal.

   Al entrar impresiona el alambrado de púas. El cerco eléctrico que separaba —de algún modo— la vida y la muerte. O eso que era peor que la muerte.

   Ludmila me había contado cómo una noche en que el "Kapo" de la barraca ya dormía se atrevió a salir al exterior a respirar un poco de aire. Divisó la chimenea del crematorio, que funcionaba las 24 horas, y volvió a sentirse abatida al mirar esos alambres de púa tan altos que la ahogaban. Sin embargo, esa noche miró más arriba y fijó su mirada en las estrellas y en la luna, y de pronto, en el fondo de su corazón, se sintió libre.

   En ese instante se dio cuenta de que en su interior estaba la posibilidad de seguir viva y de no perder la esperanza y descubrió que ella era dueña de ese mundo, el propio, y que nadie, por más brutalidad que quisiera imponerle, podría quitarle aquel tesoro. "Me envolvió una profunda paz y una seguridad maravillosa que afianzaron aún más mi fe y mi amor a Dios", pensó Ludmila en ese contexto tan terrible.

   Ludmila podía mirar la luna, las estrellas como tantos seres humanos que eran libres. Ese fue un momento muy especial y lo rememoró con emoción durante el reportaje. "Sentí que Dios estaba a mi lado y que me daba las fuerzas", me dijo.

   Las palabras del guía me trajeron al presente. En ese momento estaba mostrando las camas cuchetas con colchones de paja donde dormían entre tres y cuatro personas amontonadas. "Estaban llenas de piojos y las ratas hacían de las suyas", me había revelado ella. "Algunas noches cantábamos, eso era lo más lindo".

   En la siguiente habitación se pueden ver los baños, grandes lavatorios, y lo que llama la atención ahora son las pinturas en las paredes: alegres y tiernas, que hicieron los prisioneros en este lugar del terror. Luces en la oscuridad del odio. Una muestra de que muchos de ellos estaban, sin dudas, más allá.

   Sigo el recorrido. Es muy fuerte, conmovedor, ver las cosas materiales que se conservan en el museo de los millones que fueron trasladados al campo de exterminio. Detrás de gigantescas vidrieras se pueden ver valijas con los apellidos de las familias a las que pertenecieron, cientos y miles de pares de zapatos de hombres, mujeres y niños deportados. Son calzados de la época, botas con cordones y hasta sandalias con tacos... Ellos creían que iban a vivir a un campo de trabajo. ¿Cómo imaginar que les esperaba la muerte, y antes, la vejación y la peor de las torturas? Esa muerte no llegaría rápido. Primero la denigración absoluta. Todo paso a paso, lentamente. Todo pensado por un genio maldito que dejó claras muestras de hasta dónde puede llegar la mente humana cuando es perversa.

   "Si el hombre es capaz de tanta maldad yo creo que también es capaz de muchísima más bondad. A mí esto me sirvió para pensar que mi vida no puede seguir igual y que tengo que trabajar por el bien", escuché decir a María Florencia, una chica mexicana que había terminado el recorrido.


La bajada del tren


Birkenau es uno de los campos de concentración más grandes que existieron. No terminó de construirse porque terminó la guerra. Hoy se conservan apenas ruinas. Allí los alemanes tiraron abajo las tres cámaras de gas que tenían y el crematorio. Además, como las barracas eran de madera, las quemaron enseguida cuando supieron que avanzaba el ejército enemigo.

   Sin embargo, existen todavía las vías del tren en el que ingresaban a los prisioneros y un vagón de ganado en los que los trasladaban y donde muchos morían. Parados junto a las vías el guía explica: "Aquí bajaban los prisioneros que llegaban desde toda Europa. Los primeros fueron los intelectuales, docentes y sacerdotes polacos, pero después los nazis se dieron cuenta de que este era el mejor lugar para exterminar a los judíos y llegaban de a miles...". En ese campo comenzaba el proceso de denigración. "Bajamos del tren, nos desnudaron en medio de un frío polar y después nos dieron los uniformes rayados", me dijo Ludmila en aquella entrevista.

   Primero les sacaban lo que traían consigo: las valijas, la ropa, los zapatos y los enseres que las mujeres llevaban para cocinar. Sin dudas ellos creían que iban allí a vivir.

   Todas las cosas materiales eran enviadas a otros países, pero muchas quedaron en esas tierras. Por eso en el museo de Auschwitz están expuestas miles de ollas y se pueden ver pelapapas, ralladores, cucharas, palos de amasar... todo lo que hacía falta para preparar la comida y que jamás pudieron utilizar.

   Después venía el despojo de la ropa: todos vestirían uniformes rayados. Luego, desamparados de lo único que les quedaba como propio: el cabello.

   En uno de los pabellones se puede ver con dolor y horror una montaña de pelo. Sí, cabello humano, trenzas largas como usaban las mujeres, cabellos rubios, morenos y canos. Todos amontonados. Los nazis los vendían a fábricas de tejidos que los utilizaban para alfombras. Cuando el ejército liberó los campos se encontraron 7,7 toneladas de cabello humano.

   Saqueados, comenzaba la selección: los hombres y las mujeres fuertes por un lado y por el otro las embarazadas, los niños y los ancianos. Este último grupo sería encaminado directamente a la cámara de gas. Sin miramientos, sin la más mínima compasión. Médicos y soldados dictaminaban la capacidad que tenía cada persona de seguir viviendo. Si era útil al "sistema" podría vivir, si no, no había nada más que hacer.

   No puedo dejar de pensar en este grupo de "marginados": los niños, los viejos, las embarazadas. Los mismos que hoy el sistema considera tantas veces inútiles. Los niños explotados, las mujeres víctimas de trata, los viejos anestesiados en los asilos, solos y abandonados, a veces también aniquilados con la eutanasia. ¿Será que algo de la mente de aquellos brutales asesinos de Auschwitz sigue vigente hoy?


Dentro de la

cámara de gas

En Auschwitz se conserva la cámara de gas, pero en Birkenau sólo se pueden ver escombros de esa maquinaria de matar.

   Adentro el techo es bajo, no hay ventanas y se pueden ver todavía los huecos donde se colocaban las "duchas" con el veneno que en pocos minutos mataba a miles que estaban hacinados en ese lugar tenebroso. En 20 minutos (una eternidad tal vez) podían morir miles de personas. Una manera "rápida" de deshacerse de los no aptos.

   Antes de entrar, si tenían uniforme, tenían que dejárselo a las mujeres que se ocupaban de lavarlos para que les sirvieran a otros prisioneros. Y luego, otro equipo de reclusos debía recoger los cadáveres para introducirlos en el crematorio. Unos hornos que también se pueden ver.

   Hay, además, un pabellón que era algo así como la cárcel para los presos "peligrosos". Eran todos aquellos que planeaban algún escape o que habían ayudado a otros a salir de ese infierno. Allí los sometían a torturas y luego los llevaban al patio donde los mataban contra un paredón que se conserva y sobre el que se apoyó el Papa Francisco para rezar.

   Ludmila me había contado que ellos no podían ver ese patio porque todas las ventanas que daban a ese lugar estaban tapadas con maderas, como lo vi ese sábado. Pero sí escuchaban perfectamente los gritos, las respuestas humanas a las torturas bestiales, y los disparos.

   En ese pabellón está la cárcel donde falleció un mártir católico, el sacerdote Maximiliano Kolbe. La ley de los alemanes era que por cada preso que se fugara del campo tenían que morir diez de sus compañeros. Hicieron el sorteo y uno de los elegidos era un padre de familia que comenzó a llorar pensando en su esposa e hijos. En ese momento Kolbe se ofreció a reemplazarlo diciendo: soy sacerdote católico.

   No se sabe por qué, pero aceptaron la propuesta y fue llevado a una celda a morir de hambre en un subterráneo junto con los otros nueve prisioneros. Lo increíble es que a Kolbe no le minaron el ánimo. Se dice que incluso les daba fuerzas a los demás, rezaba con ellos y hasta cantaba. Poco a poco él y sus compañeros fueron muriendo, pero el sacerdote seguía con vida.

   Como los guardias necesitaban esa cárcel para otros presos lo mataron con una inyección de cianuro en el corazón. Fue el 14 de agosto de 1941. Tenía 47 años. Imposible no detenerse ante esa pequeña celda que lleva un cartel con una reseña de la vida de Kolbe, donde también hay flores y velas encendidas. Un lugar que llama al recogimiento y al respeto ante la grandeza de ese hombre en medio de tanto odio y muerte.


Memoria, siempre


El recorrido por el campo termina en las barracas donde hacían dormir a los niños. Muchos de los que recorremos el lugar no podemos más. Los adolescentes que entraron distraídos ahora tienen la cabeza gacha, las chicas lloran.

   En su expresión muestran, sin filtros, el dolor que todos contenemos. El guía agradece el respeto.

   Casi todos los polacos tienen algún familiar fallecido en ese lugar. Es el caso de Lukas, nuestro guía, que tuvo a su bisabuelo en Auschwitz.

   Así entendí claramente por qué el Papa Francisco visitó en silencio este lugar. Lo intento, pero comprendo que no hay palabras que permitan describir el horror.

   Francisco eligió la oración profunda, el silencio, pero días más tarde, ya en Roma, dijo: "Mirando aquella crueldad, en aquel campo de concentración, he pensado enseguida en la crueldad de hoy, que se asemeja: no así concentrada como en aquel lugar, sino por todas partes en el mundo; este mundo que está enfermo de crueldad, de dolor, de guerra, de odio, de tristeza. Y por esto siempre les pido una oración: ¡que el Señor nos dé la paz!".

Silencio atronador

El rabino argentino Abraham Skorka hace muchos años que es amigo personal de Jorge Bergoglio, hoy Papa argentino. Fue una de los invitados especiales que el pontífice quiso que lo acompañara a su visita al campo de exterminio de Auschwitz, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar del 26 al 31 de julio en Polonia.

   En diálogo con Más contó que el Papa lo llamó el mes pasado para su cumpleaños, como suele hacer, y entonces: "Hablamos de muchas cosas, y me pidió que lo acompañe a Auschwitz". En esa conversación el Papa le comentó: "Me voy a comportar de la misma manera que hice en Armenia y voy a mantenerme en silencio. Quiero tener esa misma actitud en Auschwitz... no hablar y rezar. Mi contestación fue que esta actitud significaba todo", expresó Skorka.

   Para el rabino este silencio dijo muchas cosas ... fue atronador, "un llamado al mundo para que nos despertemos y no permitamos que esto vuelva a ocurrir", puntualizó. Y contó que el Papa expresó claramente lo que opina sobre la Shoa (la aniquilación sistemática de los judíos) y el horror de Auschwitz, en un capítulo del libro que escribieron juntos, Entre el cielo y la tierra, donde Bergoglio expresó una frase clara y contundente: "Cada judío que se exterminaba era una cachetada a Dios", recordó.

   "En el siglo XX hubo terribles genocidios, no quiero quitar importancia a los otros, pero la Shoa fue algo muy especial, fue una industria preparada para matar gente. Auschwitz es un sinónimo de la Shoa".

   Skorka resaltó que el Papa "dice más con sus acciones que con sus palabras. El poder de sus gestos es muy fuerte y con este silencio que mantuvo en el campo de exterminio transmitió un gran mensaje a la humanidad, ante el horror. Manifestó la imposibilidad de decir algo cuando uno está en Auschwitz".

Quien fue Ludmila

Ludmila María Dabrowski nació en Lvov, Polonia, en 1917. Mientras estudiaba en la universidad estalló la Segunda Guerra Mundial, con la invasión de Polonia por parte de la Alemania nazi y por su entonces aliada Unión Soviética.

   Ella era una joven estudiante de ciencias políticas y participaba de la resistencia polaca, como la mayoría de los de su edad. Se ocupaba de la distribución de una publicación clandestina que le valió la persecución de la NKVD soviética.

   En mayo de 1940 Ludmila cruzó a la zona ocupada por los nazis, y un año más tarde fue detenida por la Gestapo en Cracovia. Luego de casi dos años de cautiverio en la cárcel de Montelupich, donde fue torturada, fue enviada a Auschwitz Birkenau. Allí, como todos, sufrió torturas, hambre, fue sometida a trabajos forzados y vivió los peores momentos de su vida. En enero de 1945 los prisioneros se encontraron con que no estaban los brutales soldados nazis. Habían huido de los campos de concentración porque la guerra había terminado. Entonces empezaron a caminar sin ropa, sin comida, sin agua, y con temor, porque tampoco estaban seguros de qué había ocurrido.

   Ludmila se dio cuenta de que no podía volver a su amada Polonia porque los comunistas la volverían a encarcelar o perseguir. Por eso se escapó caminando y en tren, a escondidas siempre, hasta Italia.

   Ahí se incorporó a la unidad del ejército polaco al mando del general Anders y pudo llegar hasta Inglaterra, donde había muchos polacos y estaba el gobierno polaco en el exilio.

   Entonces conoció a su esposo, también polaco, Casimiro Víctor Moszoro, con quien emigró en 1947 a Rosario. Aquí nacieron sus cuatro hijos y hoy es la ciudad de sus nietos que hablan polaco gracias a esta abuela que les enseñó su lengua natal.

   A pedido de sus hijos narró, con mucho esfuerzo, un libro llamado Memorias 1939-1945. Relatos sobre la guerra y las persecuciones, los campos de concentración —inclusive Auschwitz— y el traumático final de la contienda mundial de su autoría donde relata su impresionante experiencia de vida.

Falleció en Rosario, en octubre de 2012.


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