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Domingo 07 de Junio de 2015

Ayolas

Era un domingo de aguaceros, la casa de Ayolas tenía ventanas a los cuatro vientos y del tejado bajaban unas rías de añil pendenciero: una gelatina empujando las hojas de otoño y el jugo de los gatos que habían hecho allí su fiesta del verano.

Era un domingo de aguaceros, la casa de Ayolas tenía ventanas a los cuatro vientos y del tejado bajaban unas rías de añil pendenciero: una gelatina empujando las hojas de otoño y el jugo de los gatos que habían hecho allí su fiesta del verano.
El barrio de Tablada, llovido, chorreado, tenía algunos rincones de la parte vieja del mundo, o mejor, donde otros mundos fueron inventados. En Ayolas y Convención, Antonio Berni imaginó a Juanito Laguna, precisamente por el embalse de agua natural que había allí, entre las barrancas y el río. Rosa Wernicke (la mujer de Julio Vanzo), bautizó en ese lugar a las villas, “de miseria”, y escribió la primera novela social argentina: Las colinas del hambre. Villa Manuelita era la capital nacional del peronismo y había una pintada famosa por calle Beruti que decía “En este barrio no entra la Revolución Libertadora”. Ahí mismo, funciona todavía la cooperativa de cartoneros “Los Gato”, donde un infame periodista porteño hace unos años inventó una escena de apremio con uno de esos animalitos favoritos de Poe, a la parrilla, y nos quedó a todos los rosarinos el estigma de comegatos. A ver, señores ricos, porteños, yo tengo amigos en Tablada que se han comido un gato, hartos de que tantos turros que saben usar los cuatro cubiertos, les metan el perro.
En Ayolas y Convención aún está la famosa esquina de Reginaldo y el puente metálico del ferrocarril como resuello de San Telmo o el bajo montevideano. La leyenda dice que cuando el barrio era la capital nacional del peronismo y el famoso loro guacamayo de Ayacucho y bulevar Seguí cantaba, completa, la marcha peronista, el General vino a conocer esa isla argentina, tan mítica como las Malvinas, y fue agasajado en la juguetería del Regi, mezcla rara de almacén, bodegón y La casita blanca, de Serrat.
Siempre que doblo allí con el auto para retomar Ayolas hacia arriba, no puedo dejar de mirar el salón hoy derrengado, con la esperanza de ver el fantasma de Perón, el de Reginaldo, o el del Larsen de Onetti, limpiando las mesas de nerolite donde hubo manteles de hule, garbanzos, truco, Legui y la bondad de las mujeres.
Sin ir más lejos, una noche tarde, me pasé de largo y llegué hasta el carnaval de Central Córdoba, la calle San Martín cerrada, la Santa María a destajo, como siempre, y había murgas, disfrazados, cabezudos, una marea de dicha que llegaba hasta bulevar Seguí, en 1970. Mamá nos había tiznado la cara con carbón de leña, nos había puesto unos oropeles de arpillera y nos daba un pomo con agua perfumada, algo del tipo Heno de Pravia, de la tía Ana, estirada en un balde. Mis primas Adriana y Silvia hacían la murga Melenita de Oro y tiraban unos puñaditos de papel picado, multicolor, que a ellas les hacían como unas pecas doradas sobre la piel blanquísima.
Todos los pibes éramos Juanito Laguna y hasta el Topo Yiyo (primer delincuente infantil de Rosario) tomaba la comunión en la iglesia del asilo, para que el padre Guillermo lo dejara atajar para el equipo de la capilla. Era una especie de interrogante teológico, cómo hacía el Topo para comulgar, porque jamás se confesaba y ya era vox pópuli que laburaba con revólver. Una vez que fui a buscar la pelota atrás del arco, levanté unas mudas de ropa y apareció el fierro, “el juguete rabioso”, como una granada sin espoleta delante de mis ojos. Yo, de pibe, ya iba sabiendo que en las cosas de la vida hay dos clases de almas buenas: las que pueden solas y las que necesitan ayuda. Entonces supe que el Topo, teniendo un arma, llegaría solo y rápido al despacho del Jefe. Y así fue, pobrecito, a los quince años lo cosieron a balazos, lo ataron con alambres por el arroyo Saladillo y nos dejó el arco vacío.
Los domingos que llueve, cuando me despierto, no sé bien por qué, lo primero que recuerdo es el barro, los charcos, los caminos anegados de la plaza Remedios de Escalada o Evita, según el gobierno de turno fuera milico o democracia. Y las bicicletas haciendo la danza de chapoteos en el solar del medio, donde estaba la estatua de Lola Mora, la de “La República y el Cóndor de los Andes”, que hace unos años nos la robaron los pitucos del centro y se la llevaron al Monumento a la Bandera. Los pibes de Ayolas nos escondíamos bajo las alas de esos cóndores, nos guarecíamos de los deberes escolares, de la chupina o de no hacer los mandados a la vieja. Pero nunca del agua, porque la lluvia es un milagro para los chicos, y a esa edad toda humedad es afrodisíaca, y empezábamos a jugar con las manos. Se terminaba el estío y nos nacían un montón de refugios: la estatua, los zaguanes, los altillos, el pasaje Larguía, el cine América, el club Alem, el club Ciclón, el ombú gigante de la calle Deán Funes, el conventillo “340” o la casita del hongo, donde decían que trabajaba una señora sola (Vicenta), que no era costurera.
El resto era lo que nos iba a hacer fuertes y fraternos: la intemperie, esa cosa de seguir vivos después de haber llorado, o por eso mismo, o mientras tanto. Entonces llegaron los poemas, uno de Thomas Merton que se llama “La lluvia y el rinoceronte”, porque yo les tenía miedo a las tormentas y a los animales feroces, y sin embargo, de tanto leer, después me hice devoto del viento arisco, de los truenos, de las piedras, y cuando supe el animal que llevaba adentro, elegí uno bien grande, nada doméstico: un rinoceronte. Y entonces supuse que el Topo se había tenido que hacer rinoceronte a los diez años, y eso le daba autoridad para no confesarse e irse rápido y solo, del Jefe. Supongo también que la lluvia seguirá siempre sobre nosotros, como dice Onetti, entonces me cargo el MP3, dos pilas alcalinas, algún libro de Carver y a pedalear con mi alazán metalúrgico.
Cuando se me calienta el cuerpo húmedo, llegando por el bulevar 27 de Febrero, soy una locomotora, y ya por el parque Urquiza, me brota un cuerno en la frente y veo  huir a los viandantes, pero nunca sé del todo qué cosa los asusta tanto: si es la lluvia que me sigue, nuestro derecho a Lola Mora, el amparo fugitivo del cóndor, el Topo o el rinoceronte.

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