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Domingo 06 de Septiembre de 2015

Aylan, Tevez y nosotros

Una foto inconveniente. La difusión de la imagen de un nene sirio muerto en las costas turcas no cambiará el mundo y tampoco nos hará tomar conciencia sobre el drama de los refugiados.

Todavía no puedo desembarazarme de la angustia pensando en la foto de Aylan en la que yace sobre la arena dorada clamando por una vida digna que a él ya le fue segada. Me explicaron en todos estos días que gracias a esa imagen el mundo puede cambiar, que nosotros podemos ser mejores y tomar conciencia, que era necesario tanto horror para exorcizarlo. Y me sigo negando a compartirlo.

Creo que publicar el trabajo de esa profesional de la agencia turca fue impropio. Releo sus dichos en busca de justos motivos para hacerlo: “Apenas vi al niño de tres años, Aylan Kurdu, se me heló la sangre. No podía hacer nada por él. Lo único que podía hacer es que su grito fuera escuchado en el mundo, y lo hice con su fotografía”, dijo Nilufa Demir. Sigo creyendo que su foto no era necesaria.

Jamás cuestionaría el trabajo periodístico de esta fotógrafa. Ni mucho menos de quienes abrieron sus tapas con Aylan sin vida. No hay reparo periodístico, al menos como tema central, frente a la alarma de los refugiados. Sé que lo que importa es que hay una enajenada crisis de cientos de miles de desplazados de sus tierras por culpa de una dictadura que se constituye, sin dudas, en el centro de la discusión. De paso: un estado que viola sistemáticamente los derechos humanos siempre es execrable. No hay negocio, reclamo antimperialista ni nada que lo justifique.

La foto, en todo caso, es un planteo secundario. O terciario. Sin embargo, pido permiso con toda humildad, ya que pretendo reflexionar sobre ciertas necesidades empíricas, apreciables por los sentidos más elementales (ver a ese niño muerto) para reaccionar. Incluso, aquí sí, para trabajar de periodistas.

Creí, desde el primer momento en que vi la foto, que no había necesidad de darla a conocer. Si se me permite la anécdota autoreferencial, fue un impulso visceral de decir no: “No la publiquemos”. Intuí, también desde la primera piel, que cuando lo hiciéramos (trabajo en algunos medios en donde pasó) arrasaríamos con toda una serie de principios humanos sobre los que no hubo ni atisbo de pensar.

Aylan tenía derecho a la intimidad de su muerte. Como todos. Nada menos que el derecho a morir íntimamente. Su familia tenía el derecho de consagrar su dolor mortal sin que ese desgarro fuera presa de la notoriedad. Como quien ahora lee o en este momento escribe. Aylan y su familia tenían la inalienable garantía de decidir si su último gesto humano era sólo para ellos, en la más trágica oscuridad de su privacidad, o no. Ellos debían decidir. Nilufa y todos nosotros decidimos sumariamente que había algo superior (sic) que les quitaba ese derecho. No hablo sólo desde la fría letra de las convenciones universales de derechos humanos. Lo pienso desde la base de creer en la dignidad de una vida y de una muerte.

Decir que gracias al atropello de esa intimidad el mundo cambió es decir que el fin justifica los medios. Así me lo parece y vuelvo a pedir disculpas ante quienes critican mi pensar (¡y cómo lo hacen!). Confesar que un derecho individual debe ceder, a veces, para consagrar el de todos es ordenar, imponer, decretar que Aylan y su padre sean héroes involuntarios con su muerte y su duelo para protegernos de un supuesto mal. El heroísmo es la valentía suprema que se elige. Si se impone, es sacrificio. Y en este caso, de la vida o de la muerte mismas. ¿Sacrificamos el duelo del niño?

Decir que era “necesario” enfrentarnos a la tragedia más tremenda para que alguien comenzase a hacer algo es reconocer que para que nosotros reaccionemos (“nosotros” somos usted, lector, y yo, cronista) nos hace falta palpar con morbosidad la muerte de un pibe ahogado con toda injusticia. Pido por favor que no recurramos a las abstracción de que “así es la humanidad”, porque esas generalizaciones, como tantas, son la comodidad de invocar las multitudes en pos de lavar acciones propias bien individuales. ¿Usted, lector, necesita del morbo para cambiar lo que cree mal? ¿Yo lo necesito?

Hay imágenes tácitas relatadas por palabras, por hechos dignos y sin embargo tremendos, que son tan efectivos como el morbo de una foto. Hace 15 días, uno de los futbolistas más queridos y admirados del planeta contó con discreción pero contundencia que el hambre habita en buena parte de la provincia de Formosa. Carlitos Tevez no recurrió ni al grito, ni al aprovechamiento personal ni a una panza hinchada de un chico para derribar la mentira del Indec que dice que en esa provincia hay menos pobreza que en Dinamarca o menos indigencia que en Noruega. Insultado, agredido y despreciado por dos o tres bufones de la monarquía del gobernador Gildo Insfrán, el relato de Tevez se hizo más enorme gracias a él mismo, quien no se rebajó al morbo de contestarle y los puso en evidencia con su silencio. Por fin, cuando se cansaban de despellejarlo políticamente, el muchacho de Fuerte Apache les dijo a unos y otros que no militaba en sus partidos. Sólo quiso hablar de la pobreza y que los que tuvieran que hacer, hicieran.

Hace pocos meses cuatro periodistas de radios y canales de TV convocaron por Twitter y Facebook a una marcha pidiendo que ni una mujer más muriese por violencia de género. Cientos de miles caminaron con ellas. Millones de nosotros supimos así más desde nuestra conciencias. ¿Hubo que mostrar a la asesinada del country mutilada por su ex marido? ¿Se necesitó para esta avalancha de reclamos exhibir imágenes de mujeres heridas por varones sicópatas? Los jóvenes (¡tan jóvenes!) que gritaron en silencio en el Monumento a la Bandera por el crimen de Sandro Procopio y de tantos, ¿recurrieron a desintegrar la dignidad del dolor de la familia de nuestro querido compañero Pablo? No les hizo falta.

Es cierto que antes de la foto de Aylan hubo las de Norma Dalmasso, Natalia Fraticelli, Angeles Rawson, Jazmín de Gracia y tantas más. Repetir el error, recurrir al mal de muchos ya se sabe qué implica. Sobre todo cuando en cada uno de estos casos, los homicidios, los abusos, las consecuencias del consumo ilegal de las drogas y todo eso siguieron sin explicación judicial ni demasiado cambio en el modo de abordarlos. Quizá el modo de concluir de estas experiencias sea que el uso de ciertas imágenes, el atropellar derechos individuales en pos de vaya a saberse qué mejoría, se transformó apenas en la forma morbosa con impuro valor comercial de arrasar algo inalienable que se desconoció para nada. O para muy poco.

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