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Lunes 11 de Febrero de 2008

Aviones

Los aviones cruzan el cielo nocturno y yo abro el libro en la pieza silenciosa. Estoy en la cama, con tres almohadas. La ventana entreabierta deja pasar la brisa fresca que recorre las calles. Son las dos y media de la madrugada.

Los aviones cruzan el cielo nocturno y yo abro el libro en la pieza silenciosa.

Estoy en la cama, con tres almohadas. La ventana entreabierta deja pasar la brisa fresca que recorre las calles. Son las dos y media de la madrugada.

Nada pasará y lo sé. Nada pasará sino esto: el corazón alerta en el corazón de la soledad y la distancia helada que me separa de tu boca.

Sobre la mesa de luz, el vaso vacío aún conserva el aroma cálido del whisky.

Drummond de Andrade parece hablar conmigo:

Los amantes se aman cruelmente
y como se aman tanto no se ven.
Uno se besa en el otro, reflejado.
Dos amantes, ¿qué son? Dos enemigos.

Los amantes son niños dañados
por la suavidad del amor. Y no perciben
cuánto se pulverizan al unirse
y cómo lo que era el mundo vuelve a la nada.

Nada, nadie. Amor, puro fantasma
que leve los pasea: así la cobra
se imprime en el recuerdo de su huella.

Y ellos quedan mordidos para siempre.
Dejaron de existir, mas lo existido
continúa doliendo eternamente.

Todavía me acuerdo de la caminata por Copacabana que terminó en el banco donde un Drummond de bronce, sentado, contempla eternamente el mar de Río. Me senté junto a él y, como corresponde, le di un abrazo. (Pregunta al margen: ¿qué diferencias habrá entre una ciudad que esculpe la figura de un gran poeta y otra que instala sobre el banco de un parque a Alberto Olmedo? Respuesta también al margen).

Ha empezado a llover y desde afuera llega ahora un olor de sombra, de misterio, de tierra mojada.

Los aviones siguen pasando. Pienso: están tan lejos como vos.

Pronto me subiré a uno.

Para irme, también, lejos. Lejos de la ciudad donde vivís lejos de mí. Lejos de esta pieza solitaria. Lejos de los libros amados. Lejos del deseo sin respuesta.

Lejos.

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