Opinión
Lunes 06 de Junio de 2016

Arte y poder

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Los que ansiábamos ver la última película del director Alexandr Sokurov que se estrenó por estas latitudes: "Francofonía, el Louvre bajo la Ocupación", nos topamos con una singular sorpresa. O, para mejor decir, "yo" me topé con una sorpresa.

Después de haber disfrutado de un despliegue tan espectacular como el de "El arca rusa", que además sumaba la proeza, cuasi circense, de haber sido filmada de un épico y maratónico tirón (es decir, sin cortes), "Francofonía" funciona como una ardua reflexión sobre el vínculo que ata (y desata) al arte y al poder, con algunos momentos sublimes, es cierto, pero que no logran disipar del todo ni lo artificioso que suena el tema abordado, ni lo adormecedor del soliloquio que acompaña, como una letanía interminable, al flujo de las imágenes.

A punto tal, que no pude discernir si el aplauso que se escuchó al final de la función a la que asistí fue una sincera muestra de aprobación, o bien una forma de demostrar, sarcásticamente, la repulsa de un público atónito y decepcionado.

Para los que nos dejamos atrapar por la seducción del arte, y particularmente de la pintura, el fugaz paso de la cámara, al iniciarse el film, sobre un sombrío detalle de "Roger libera a Angélica", un cuadro pintado por Ingres en 1819, presagiaba otros deleites pictóricos que, lamentablemente, brillaron por su ausencia.

Quizás para eludir los lugares comunes, en una historia que tiene como escenario y como principal protagonista nada más y nada menos que al Museo del Louvre, Sokurov limitó bastante la exhibición de las obras maestras del museo que, como todos bien sabemos, es una de las pinacotecas mejor surtidas del planeta: sólo algunos misteriosos retratos, creo que renacentistas, "La balsa de la Medusa" de Géricault, "La Libertad guiando al pueblo" de Delacroix, la aparatosa coronación de Napoleón I por David, la "Gioconda" —infaltable— y unas pocas obras más (de segundo orden), son los cuadros que la cámara captura y recorre con mayor o menor detenimiento, vertiéndolos, eso sí, con una elegancia insuperable, al lenguaje de la imagen móvil.

(Alguien me advierte sabiamente: ¡no es un documental sobre el Louvre!).

El argumento es a la vez muy simple y muy complejo: en medio de la Segunda Guerra Mundial, el director del museo durante la ocupación alemana y un jerarca nazi de noble cuna, al que se le había encomendado preservar el patrimonio artístico en los países ocupados, de algún modo aúnan esfuerzos para evitar que las maravillas del Louvre sean trasladadas a Alemania.

Pero esta narración aparentemente sencilla intercala situaciones imaginarias con un copioso aporte documental —fotos de archivo, un mapa de Francia que delimita claramente el sector ocupado, y hasta un ingenioso dispositivo para graficar cómo creció el palacio del Louvre en un paraje agreste y deshabitado—, a lo que se suman además las vicisitudes de un barco cargado con obras de arte que, en plena actualidad, intenta sobrevivir a los embates de un mar enfurecido que siempre está a punto de devorarlo, incluida su preciosa carga.

Aunque los mayores aciertos de "Francofonía" quizá residan en dos irónicos fantasmas que por momentos la recorren: una République con gorro frigio y todo, que vaga como alucinada por las desiertas salas del museo —sus tesoros han sido puestos a buen recaudo—, y un Napoleón rechoncho y vulgar, ególatra y envanecido con los célebres saqueos de bienes culturales que marcaron sus campañas.

Algunas secuencias —eso también hay que admitirlo— son francamente antológicas: los toros alados del imperio asirio, con sus imponentes barbas rizadas y eternas, un desfile de sarcófagos egipcios vacíos, como intentando demostrar que el culto a la muerte que practicó la civilización del Nilo no logró hacer mella en el imperio de la nada, la mano enguantada de un oficial nazi golpeando discretamente la vitrina en la que yace una momia con un vendaje geométrico tan encantador como un dibujo de Paul Klee, o la escena que comparten la Gioconda, la actriz que personifica a la República y Napoleón Bonaparte.

Frente a la infatigable Mona Lisa —ese absurdo best seller con cara de dulce de batata—, y mientras la República murmura una y otra vez su gastado slogan "Liberté, égalité, fraternité", que inmediatamente después de la Revolución Francesa el Terror se encargaría de borrar de un plumazo, sustituyéndolo por una carnicería, Napoleón declara, muy suelto de cuerpo, que la Gioconda "es él".

Y no porque adhiera a la estrafalaria teoría de que el modelo del retrato habría sido un hombre, sino porque sostiene —no sin razón— que el poder lo es todo.

La gran lección que transmite este inclasificable ensayo de Sokurov sería, pues, que tanto en los países que mandan como en los que obedecen, el poder coquetea con el arte, lo alienta, se lo apropia, lo explota como propaganda, lo fagocita y, cuando las circunstancias históricas así lo requieren, lo silencia o, sencillamente, lo pasa a degüello.

Rubén Echagüe


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