Edición Impresa
Domingo 26 de Julio de 2015

Arriesgarse en nombre de la fe

Rosarinos que dejan su hogar, sus comodidades y su familia para irse a lugares lejanos con el único y noble objetivo de evangelizar. Son los misioneros de estos tiempos.

Como en la época de la primera cristiandad, hombres y mujeres deciden trasladarse a lugares remotos para transmitir las enseñanzas bíblicas. Tienen un fuerte fervor religioso y una necesidad imperiosa de compartirlo, además de un espíritu aventurero indomable que no se conforma con ayudar cerca, necesitan expandir fronteras y llegar allí donde nadie más ayuda.

Algunos parten por unos meses o años y otros saben que dejarán la vida allí, donde el destino se los indique. Sin ninguna consagración especial a la vida religiosa, son laicos comprometidos que quieren colaborar con la labor de evangelización por el mundo. No tienen miedo, no miden riesgos. Se dejan llevar por las ganas de transmitir la fe.

Desde Rosario parten cada año misioneros hacia distintos puntos del mundo, tanto cristianos como católicos. El desafío los interpela y cuentan con una gran cuota de confianza en que Dios no los abandonará en esta tarea de conocer, compenetrarse y compartir con culturas muy diversas que están dispersas por el mundo.

Más dialogó con Ester Suarez, que viajó a la selva amazónica en el Ecuador, donde vivió tres meses en chozas de paja entre aborígenes; María de Jesús Bruno, quien pasó un año en Angola, y Matías y Natalia, un joven matrimonio que misiona en Bolivia y en breve recibirá otro destino donde sus planes son quedarse a vivir para fundar una iglesia evangélica. Testimonios de quienes dan a su vida destinos poco frecuentes, pero reales. Entre ellos hay algo en común: la alegría con la que relatan su experiencia vivida y esa luz intensa, distinta, que brilla en los ojos de quien habla de lo que ama, de quien es feliz con lo que hace.

En el corazón de África

Marijé Bruno se llama María de Jesús, pero todos la conocen por su apodo, hasta en África, donde estuvo 11 meses. Regresó en marzo de este año. Su aventura comenzó cuando escuchó hablar al sacerdote Marcelo Ciavatti hablar de su experiencia en el Continente Negro. Ella se entusiasmó con esa posibilidad y se fue sola hasta Luena, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada a 1.200 kilómetros de Angola. Allí concretó algo que nunca hubiera soñado: una orquesta que hoy sigue funcionando.

Marijé tiene 22 años, estudia psicología y tiene alma misionera. A los 16 años emprendió su primer viaje de ayuda social a Santiago del Estero. Una vez en la Universidad Católica de La Plata (sede Rosario), donde estudia, organizó un grupo y partió hacia Roque Sáenz Peña, la localidad más pobre del Chaco argentino. También trabajó con los salesianos en barrio Ludueña y con su parroquia, Nuestra Señora del Pilar, organizó un grupito para dar apoyo escolar y la merienda a chicos del barrio República de la Sexta.

Esta joven inquieta además estudió piano y guitarra, ama la música y sobre todo estar con gente y conocer nuevas experiencias. Hoy tiene amigos en todos lados y para el Día del Amigo logró juntarse con chicas de Buenos Aires y de Santiago del Estero que conoció misionando.

—¿Cómo se te ocurrió ir un año a Africa?

—La verdad es que sentí un fuerte llamado de Dios a jugarme por algo más grande que lo que venía haciendo. Yo ya misionaba en Rosario y en mi país, pero Dios me pedía algo más. No sabía bien qué, pero una vez, en una reunión para misioneros de la diócesis de Rosario, escuché hablar al padre Marcelo Ciavatti de Africa y supe que era eso. Me contacté con él y le dije que quería ir.

   —¿Cómo reaccionaron tus padres?
  —Al principio no fue fácil, pero justamente son los padres los que te van inculcando este deseo fuerte de servir a los que más necesitan. Por eso después me apoyaron. Me empecé a interiorizar y a estudiar portugués porque sabía que me iba a Angola, y a juntar la plata para el pasaje. Una vez allí te recibe una comunidad salesiana y te dan casa y comida.
  En marzo del año pasado me tomé el avión a Sudáfrica, ansiosa y feliz. Al llegar tenía 40 minutos para tomar el otro avión a Angola. Una vez allí me destinaron a Luena. Allí hay una casa para que vivan las voluntarias, porque reciben a gente de todo el mundo. Yo estuve un año pero otros van por unos meses. Conocí a una chica eslovaca que estaba cuando yo llegué y a una uruguaya. Luego llegó una cordobesa y también otra de Concordia. Cuando me estaba por volver, en marzo pasado, se incorporó una señora de 60 años también de Argentina.
  —¿Qué te tocó hacer?
  —Lo primero fue ocuparme de los chiquitos de un jardín de infantes, los tenían que observar. También estuve a cargo de la pastoral de la escuela, empezando un grupo de misión en una capillita, daba clases de psicología evolutiva a los profesores de una escuela y a chicos de séptimo grado biología. Pero no estaba demasiado contenta con eso, sobre todo porque debía pasar mucho tiempo en el jardín sólo “observando” a los chicos, y yo soy muy activa...
  —¿En algún momento pensaste en dejar todo eso y volver a tu casa?
  —Sí. Los primeros meses fueron duros porque me costó mucho el idioma. Lo hablan distinto y además tienen su propio dialecto. Eso fue difícil y además no me gustaban las tareas que me habían asignado. Pensé que si todo el año iba a ser así, me volvería pronto. Pero me duró poco porque un día un hermano salesiano me preguntó si yo sabía música, y le dije que sí, que había estudiado piano. Entonces me ofreció armar una orquesta. Le dije que sí, encantada, porque pensé que sería guitarra, que algo sabía, piano y batería. Pero cual fue mi sorpresa cuando un día llegó un camión con provisiones de la capital y nos mandaron un cajón lleno de instrumentos: trompetas, flautas, tuba, saxo soprano, saxo tenor, trombón, clarinete. Me sorprendí y de pronto me vi en la tesitura de armar una verdadera banda con instrumentos que ni yo sabía tocar. Ahí me impresionó mucho la confianza ciega que tienen en vos los salesianos. Me dejaron hacer como yo quisiera. ¡Ahí empezó la aventura!
  —¿Tuvo convocatoria la idea de la orquesta?
  —Sí, cuando llamamos a los chicos que quisiera aprender música, ¡aparecieron 300! Allá hay muchos chicos y todos quieren participar, todo les entusiasma y son muy alegres. Para mí la experiencia de la orquesta fue fuerte. Tuve que aprender instrumentos pero sobre todo me implicó mucho abrir la mente. Me di cuenta de que les tenía que enseñar como ellos estaban acostumbrados a aprender y no como a mí me parecía. Por ejemplo ellos aprenden mucho mejor la música a través del ritmo, o bailando que repitiendo las notas sentados en una silla como nosotros. Eso es gran parte de la misión, adaptarte, dejar de lado tus costumbres, tus conceptos para poder aprender otros que son tan valiosos como los tuyos.
  Cuando comenzamos con los instrumentos tenía 150 chicos en distintos salones y aprendiendo distintos instrumentos a la vez. Se fue depurando y finalmente quedó armada la banda, y un grupo de flautistas y también un coro.
  Entonces me di cuenta de cuánto les ayudaba la música a los chicos, dejaban de deambular por las calles sin tener nada que hacer y de a poco empezaban a adquirir hábitos y virtudes, además de divertirnos un montón.
  —¿Qué aprendizaje te trajiste de Angola?
  —Que se puede vivir con mucho menos de las cosas materiales que tenemos acá; que tengo que agradecer no haber nacido en un país en guerra. Todos los chicos de mi edad de Luena padecieron las guerras. Allí hay pocos hombres porque la guerra civil, que hace pocos años asoló el país, terminó con los hombres, por eso las familias son grandes y con muchas mujeres, que también han sufrido mucho porque se les murieron el marido, los hijos, los hermanos...
  También me ayudó a redescubrir mi fe. A veces uno cree que la Iglesia es ese grupo o la parroquia a la que vamos, y en cambio te das cuenta de que es muchísimo más y que miles de personas muy distintas viven la misma fe, tal vez con mucho más convencimiento que nosotros y en condiciones materiales mucho peores. El hecho de compartir la fe con gente tan distinta te la fortalece, y se es muy feliz con eso.
  Me di cuenta de forma muy patente que es Dios quien hace las cosas, y que nosotros podemos muy poquito. Hoy veo la banda, que sigue funcionando, me mandan videos y no lo puedo creer. Reconocés a Dios que cuida de la humanidad a pesar de todas las cosas que pasan. Allá la gente tiene mucha fe y no se les ocurre culpar a Dios de las desgracias que suceden. Allá Dios es su papá.
  —¿Te cambió?
  —¡Sí! Creo que una es la Marijé que fue y otra la que volvió. Se te agranda el corazón, se te abre la cabeza y salís de tu mundito. Aprendés de otras culturas, por ejemplo de la alegría que tienen de vivir, también me ayudó ver a los salesianos que viven allí tan entregados y felices aunque hayan dejado todo por compartir su vida con estas personas.
  Soy consciente de que he recibido mucho en la vida y tengo ganas de compartir todo lo que pueda, desde mis estudios hasta mis habilidades. En Angola hice de todo, desde psicología hasta bailar tango, y en ese intercambio uno sale ganando siempre. Es un ejercicio para expandir el corazón.
    Me siento parte de la humanidad, de una gran familia y responsable de la gente tanto de allá como de aquí. Me dio fuerzas trabajar con otras herramientas y también opciones para aplicarlas aquí.
  —¿Por qué ayudar en Africa y no acá?
  —Muchos me hacen esa pregunta y yo les preguntó por qué no. Creo que la humanidad es una gran familia, nosotros la dividimos por países y razas, pero en todos lados hace falta ayuda. De hecho en pocos días parto a Santiago del Estero para trabajar con familias muy pobres hasta el 1º de agosto, y después ya empiezo las clases en la facu.
  —¿Volverías a Angola?

   —Sí, pero casada para establecerme, o con un equipo de trabajo porque se podría hacer muchísimo más. ¡Es una experiencia que vale la pena!

Misión Puente

No son pocos los rosarinos que tienen la inquietud de ayudar a comunidades aisladas, necesitadas o pobres. Un sacerdote rosarino perteneciente a la orden salesiana, Marcelo Ciavatti, hace casi tres años que comenzó a organizar misiones abiertas para gente que tuviera estos deseos. Así encauzó a jóvenes a Africa, otros a lugares de Latinoamérica y también a sitios paupérrimos del país. De hecho, cuando habló con Más, estaba viajando para realizar un trabajo solidario en una comunidad aborigen a 100 kilómetros de Posadas.
  “Para tantas personas que sienten el deseo de servir organizamos Misión Puente, que pronto será una asociación civil”, explicó el sacerdote. “La idea es que cada uno pueda ayudar con su profesión y su estado de vida”, amplió, y contó que desde Rosario ya partieron cinco familias enteras a África y otros jóvenes.
  “Algunos ven el mundo como una posibilidad de viajar y hacer turismo y otros lo consideramos una gran familia a quien podemos servir”, manifestó el sacerdote, que también es misionero. Marcelo vivió 22 años en Angola, 10 de los cuales trascurrieron en medio de una tremenda guerra civil.
  “Misión Puente nació con el objetivo de conectar a quien siente esta llamada con los lugares que tienen necesidad de voluntarios y de misioneros. Para ello les brindamos información sanitaria y necesitamos solidaridad económica para poder ayudarlos a costear los pasajes”, explicó.
  Asimismo, para quienes se deciden a emprender esta aventura existe un itinerario formativo que consiste en cinco encuentros al año que se realizan entre Rosario y San Nicolás, y una misión de 10 días que tiene lugar en enero, que es una experiencia que servirá a los futuros misioneros a dimensionar sus fuerzas.
  El cura aclaró que Misión Puente está abierto a todas las personas que deseen colaborar, incluso quienes no practiquen ninguna religión. La próxima reunión será el 15 y 16 de agosto. Los interesados pueden contactarse con Marcelo Ciavatti a marcelociavatti@hotmail.com o marcelociavatti@gmail.com.
 

 

Comentarios