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Domingo 13 de Septiembre de 2015

Argentina debate

Deber republicano. Si bien no están obligados por ley, los candidatos a presidente deben asumir un compromiso ético y debatir los temas fundamentales para la Argentina de los próximos años.

¿Importa si un candidato a presidente participa de un debate público con sus contrincantes? ¿Tiene peso en el ciudadano a la hora de votar la presencia o ausencia de su elegido en este tipo de eventos? Estas son algunas de las preguntas que sobrevuelan la organización del primer debate de la historia argentina con vistas a los comicios del 25 de octubre.

Todo indica que el domingo 4 del mes próximo, a las 21, en el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires se celebrará la primera experiencia en su estilo con la presencia de los seis candidatos a presidente. La titular de esa casa de estudios, Mónica Pintos, será la anfitriona encargada de abrir la noche.

“Argentina debate” es una ONG creada hace varios meses que reúne a distintos referentes de la política como León Arslanián, Graciela Fernández Meijide y José Octavio Bordón, entre otros, a los que se suman especialistas en cuestiones públicas y de Estado. Desde allí se pretende institucionalizar lo que hasta ahora es un mero deseo: que antes de cada elección para renovar el Poder Ejecutivo nacional haya una obligación, sino jurídica al menos moral, de presentarse a un intercambio de ideas sobre temas esenciales de la marcha de la nación.

Ese debate será transmitido por todos los canales de TV y radios del país que decidan sumarse y contará con la moderación de seis periodistas que conducirán un bloque cada uno sobre cuestiones temáticas bien específicas. Adrián Paenza, Marisa Andino, Rodolfo Barilli, la marplatense Mariana Gérez, Marcelo Bonelli y este mismo cronista, deberemos conseguir que en poco más de dos horas se aborden las temáticas de seguridad, economía, educación, desarrollo, derechos humanos y proyectos estratégicos.

De lo que se sabe, los equipos de asesores de Daniel Scioli, Mauricio Macri, Sergio Massa, Margarita Stolbizer, Nicolás del Caño y Adolfo Rodríguez Saá están concurriendo a las reuniones preparatorias. Este clima tácito de aceptación del debate trasunta cierta cordialidad que aparece interrumpida cuando se consensuan las reglas del debate. Porque hay que entender algo esencial: el 4 de octubre no debe propiciarse una mera exposición sucesiva de candidatos en las que se expresen deseos, anhelos y proyectos idílicos. Un debate debe generar el contrapunto propio de las miradas distintas de los que quieren ser presidente. Un debate debe ser una contraposición, ordenada de ideas, cómo no, pero contraposición al fin de miradas distintas y de repaso de lo que se ha dicho y se ha hecho en concreto. Para ello, es fundamental que “Argentina debate” genere de amalgama para que el encuentro se plasme pero con la firmeza necesaria como para que la noche no frustre a los espectadores ante el aburrimiento de las pontificaciones individuales sin cruces de perspectivas. Nadie quiere discusiones intratables y maleducadas. Tampoco a ningún ciudadano satisfaría una letanía de monólogos prearmados.

¿Será el único debate? Todo indica que no. Y está bien que así sea. En países cercanos (Brasil, Paraguay, Colombia) se han producido no menos de media docena de encuentros que permitieron profundizar temas e incorporar otros menos urgentes. Sería también interesante que los propiciadores no presionasen con títulos rimbombantes (“el primer debate será éste y no aquel”, por ejemplo) porque este encuentro no es una típica mercancía de la maquinaria mediática sino el intento de afianzar un derecho constitucional de la ciudadanía. Presentarse a un debate debería ser instalado como imperativo moral de forma de que se entienda que no es un derecho de los candidatos a hacerlo sino una imprescindible obligación. Responder preguntas para ellos debería ser la norma con la sanción de la repregunta permanente.

A menos de un mes del debate se escuchan versiones que merecen ser consideradas. Daniel Scioli, el primero en votos en las primarias pasadas, como va adelante no quiere debatir. El gobernador de la provincia de Buenos Aires no se ha pronunciado aún sobre su presencia. Como se dijo, sus equipos participan de las reuniones preparatorias y eso debe leerse como un signo afirmativo. En su desempeño público histórico se ha mostrado siempre remiso a asistir a programas en vivo de televisión prefiriendo las grabaciones. En las radios, ha sido mucho más flexible. Nadie lo dice de forma expresa pero su participación dependerá en mucho de su jefa de campaña: la presidente de la Nación.

Mauricio Macri aceptó la invitación sobreactuando su disposición para hacer bandera de un modo diverso al kirchnerismo. Sin embargo, también ha punteado con extremada rigurosidad el reglamento de minutos de cada candidato, pretendiendo limitaciones a las intervenciones cruzadas de los contrincantes. Sergio Massa también ha sido, a través de sus colaboradores, cuidadoso con minutos y ordenes de exposiciones. Sin embargo, su tercer lugar en las Paso y su evidente locuacidad y facilidad de expresión (al menos si se lo compara con Macri y Scioli) lo envalentonan. La candidata con menos restricciones a la hora de discutir el cómo de “Argentina debate” ha sido Margarita Stolbizer. Del Caño y Rodriguez Saá tampoco han elevado demasiado su perfil ni lucen como obstaculizadores del concepto de intercambio de ideas contrapuestas.

De todas formas, sobrevuela en el ambiente de la organización el temor a que alguien no dé el presente en la Facultad de Derecho. La diputada nacional Carla Carrizo impulsa una ley que institucionalice el debate presidencial con sanciones específicas para los ausentes. Allí se piensa en una restricción económica a los aportes que se hacen desde el Estado para las campañas políticas. Es que no hay modo efectivo de castigo. Tampoco sería lógico ni mucho menos constitucional el sacar de la competencia a quien no debate.

Por eso es vital la actitud de la ciudadanía. Alguna vez se gritó en las calles “que se vayan todos” y parecía que el cambio de la política era un hecho. A los pocos meses, en las elecciones, los dirigentes que se debieron esconder ante el sonido de las cacerolas volvieron con tranquilidad a poblar las listas de representantes. Fueron silenciosamente votados. Con más y con menos suerte electoral, estuvieron los mismos. Si para el caso de ausencias en los debates presidenciales no se sanciona en las urnas a los incumplidores, el derecho a verlos fundamentar sus ideas, a verlos interpelados en sus proyectos, quedará en la letra muerta de una praxis política anacrónica.

En este mes que resta previo al 4 de octubre, los periodistas debemos “presionar” con la firmeza de nuestra mejor arma de trabajo, la pregunta persistente, para materializar que es la obligación de los seis candidatos presentarse puntuales la noche de ese domingo. De no ocurrir, no será un programa de televisión malogrado sino mucho más: será otra oportunidad de reafirmar el concepto republicano de que los candidatos son servidores públicos obligados a dar cuenta de sus actos, meros inquilinos del poder o aspirantes a serlo y no titulares del domino de él con derecho al uso y abuso a su gusto.

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