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Sábado 26 de Diciembre de 2009

Arbolitos

Esta noche, frente a mi copa de vino ya casi vacía, pienso en todos los arbolitos que armé y desarmé. En las casas donde fui feliz y que ya no están. En los países que atravesé y aún sigo. Y digo, entonces: siempre habrá un arbolito.

1969. Tarde lluviosa de fines de diciembre. Estoy en el vestíbulo de la casa de bulevar Avellaneda entre la cortada Corvalán y Gorriti (hoy demolida) armando con mi madre el arbolito de Navidad. Mi hermano está conmigo. Mamá juega y se ríe con nosotros, que miramos deslumbrados los adornos brillantes, en su variedad de formas y colores. Son frágiles y cuando caen al suelo de mosaicos se parten en mil fragmentos luminosos como diamantes y filosos como cuchillos. Hay un osito que toma la mamadera al que queremos de forma particular. Mamá lo compara conmigo cuando era bebé. Me río.
(Afuera, el onganiato agoniza. El Cordobazo y el Rosariazo le dieron una nítida señal al dictador de ridículos bigotes que quiso enseñarnos a vivir: es hora de irse con el rabo entre las piernas. La gente salió a la calle y dio pelea. Dura pelea. Hay esperanzas, entonces. Hay un país, todavía. Y los discos suenan en el combinado Phillips. Mamá está loca por Serrat: llora con Manuel, hermosa canción, un dramón. El simple tiene etiqueta negra. “Odeón Pops”, dice).
El pino joven, casi recién nacido, va a transformarse en otra cosa, llena de magia. Recortamos y pegamos, con Gabriel, figuritas que venían en el Billiken. Tijeritas, plasticola, piolín. ¿Qué nos traerá Papá Noel? ¿El auto a pila? ¿El fuerte medieval? ¿El Matchbox que vimos en la vidriera de la juguetería de avenida Alberdi? ¿El Príncipe Valiente y la Princesa Dorada, de Harold Foster, en la colección Robin Hood? ¿El barrilete? ¿O el tan deseado Cerebro Mágico?
Los años pasarán y se llevarán luces. Lucecitas, estrellitas, que duermen en el cielo azul de la memoria.

1976. Calor sofocante. En el Ken Brown suena El Lado Oscuro de la Luna. Los hipnóticos solos de David Gilmour me dejan en éxtasis. Money, pero sobre todo Time, me transportan directamente a las nubes. Y ese tema final con la voz de la negra, The Great Gig In The Sky (“El gran baile en el cielo”).
El pino joven ya no está. La casa de Arroyito, tampoco. Y tampoco mamá, muerta antes de que asumiera Cámpora en un choque absurdo al volver de veraneo. Ahora el arbolito es plateado y sintético. Pero los adornitos sobreviven. El mito, también.
(Afuera, el país tiene miedo. Sin embargo, mientras se tortura, se viola y se mata muchos dicen “por algo habrá sido” o “algo habrán hecho”. Es la maldita clase media reaccionaria, la que ve a Videla “tan serio”). Saco Pink Floyd y pongo Almendra. La púa es nueva y Fermín me vuela la cabeza. Coloco las luces en el árbol, después el pastito para los renos. Aumento la potencia del ventilador.
Mi regalo será otro disco.

1985. Navidad es Navidad. Hasta cuando uno tiene veinte años y la casa paterna es un lugar de paso porque el mundo ha renacido y la poesía, la militancia, la música y el amor nos llevan de la mano hacia quién sabe dónde. La palabra futuro está en todas partes. Hay amigos en cada bar. Hay una mujer amada y muchas amigas. Muchas.
Pero se viene Navidad, llega Año Nuevo y hay que armar el arbolito. Con los años el plateado ha perdido gran parte de su luz y quedan menos adornos, pero quedan. Con gran delicadeza mi novia de esa época y yo (Mi Novia y Yo, ¿se acuerdan?) disponemos los brillos en el brillo. Nos besamos, fumamos un Marlboro y después comemos un bocadito Marroc o viceversa, así le gusta a ella. Nada es casualidad: Nora tiene piel de chocolate. Y hace el amor como ninguna.
Así surge de nuevo en su esplendor el dulce símbolo. Allí está el árbol que no es árbol pero es árbol, erguido contra todas las intemperies en el living de casa. En Nochebuena y Año Nuevo el vino correrá hasta la mañana, discutiremos de política y fumaremos como murciélagos mientras proyectamos una revolución de pacotilla. Ella (mi novia de esa época, digo) ahora está en Madrid. Supongo que seguirá siendo hermosa. Tiene una hija que se llama Laura. Ya no consigue Marroc. Y en sus Nochebuenas hace frío.

1994. Uno a uno. Todo está bien, qué bien que está, me dice un amigo que mutó de comunista a menemista, en enero muchos viajan a Brasil o parten al Caribe. Ya no se habla de política, ahora se habla de economía. O de plata, mejor dicho. De status. El arbolito está más mustio que nunca pero lo armamos igual con alegría. Hubo que salir a renovar stock. Los adornitos del pasado necesitan apoyo táctico. Mi ex mujer mira con ojo crítico los resultados. Que son dignos, casi maravillosos. Mi viejo le pega un sorbo al champán español y me guiña el ojo. Está rico. Es importado, che. Ya no es el viejo Monitor ni tampoco el Duc de Saint-Rémy, es un cava. ¿Un qué? A nosotros, que tomábamos ginebra Llave. Y nos gustaba.
Faltan apenas días para que mi hija nazca. Como regalo, supera a la colección completa del Príncipe Valiente e incluso al Cerebro Mágico.
Canta Dylan, atrás. Tangled Up In Blue. Y vendrá Naranjo en Flor en la voz del Polaco.

2002. Los años se han ido ferozmente. Estoy solo frente al gran silencio del pasado. Los divorcios no le hacen bien a nadie y mi nueva novia tiene miedo de los estallidos (no los sociales, los petardos y las bombas, digo). Pero hacemos lo posible para ser felices: ponemos Tom Petty a todo volumen y nos emborrachamos a conciencia. Ya no tengo arbolito. Los divorcios no le hacen bien a nadie, pero lo que cuesta vale.
(Afuera el país intenta renacer tras el desastre. El uno a uno pagó 39 muertos hace un año y los bancos se hicieron los boludos. Como muchos, que hicieron la gran diferencia con la devaluación o se salvaron por milagro de deudas gigantescas en dólares. Los verdaderos boludos fueron los que ahorraron, como a veces, en la Argentina, parece que boludos son los que trabajan. Feliz Navidad, infelices).

2009. Ahora lo arma ella. Mi hija. El arbolito que preside el living (el mismo living del 84) es gigantesco y lo compramos juntos. Nada de medir gastos: parece el viejo ombú de plaza Bélgica, el que se cayó de puro viejo durante una gran tormenta.
Tiene cuatro juegos de luces, dos estrellas, decenas de adornos nuevos (aunque los pocos que sobreviven del glorioso pasado son los más queridos). A mi novia de ahora le brillan los ojos cuando lo mira. Y a mí me gusta que le brillen los ojos. Eso es ternura. Eso es la vida.
Por eso esta noche, frente a mi copa de vino ya casi vacía, pienso en todos los arbolitos que armé y desarmé. En las casas donde fui feliz y que ya no están. En los países que atravesé y aún sigo.
Y digo, entonces: siempre habrá un arbolito. No importa cuál, no importa dónde. Ni con qué adornos, luces ni regalos. Allí estará, para la Navidad amada, para el Año Nuevo que venga.
Hay mucho por hacer, mucho que dar, mucho que escribir, mucho por cambiar y ya no hay tanto tiempo como antes. Las muertes, las ausencias, las mentiras, las traiciones y la oscura derrota del amor en noches frías pasarán. Pasarán las tristezas, o se quedarán a dormir en la luz del porvenir, acunadas por las manos de los enamorados, debajo del arbolito.
Pase lo que pase y como pase no podrán. No podrán. Recuerden: no podrán.
La alegría es nuestra para siempre.


 

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