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Domingo 29 de Noviembre de 2015

Aquellos ilustrados revolucionarios

Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Hipólito Vieytes son algunos de los nombres que aparecen ligados al denominado Partido Carlotista en Buenos Aires, tras la ilusión de lograr una reforma a la monarquía, ilusión que, desde su lugar de “ilustrados”, también intentaron sostener sin éxito con Carlos IV.

Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Hipólito Vieytes son algunos de los nombres que aparecen ligados al denominado Partido Carlotista en Buenos Aires, tras la ilusión de lograr una reforma a la monarquía, ilusión que, desde su lugar de “ilustrados”, también intentaron sostener sin éxito con Carlos IV. Después, la revolución, aquellos días de mayo, les estallaría en las manos. Marcela Ternavasio analiza las acciones políticas que Carlota Joaquina y sus operadores despliegan en el río de la Plata y sus consecuencias en los ilustrados de entonces, luego hombres de Mayo.

  —Llama la atención cómo Carlota Joaquina condensa adhesiones pero también rechazos, incluso de los mismos personajes.
  —Sí, como en toda disputa política quien puede ser en una coyuntura el mejor aliado puede ser un pelotazo en contra al día siguiente, y eso es lo que ocurre con Carlota Joaquina. A los Belgrano, Castelli y Vieytes la adhesión al carlotismo los ubicaba para poder enfrentar efectivamente la reforma de una monarquía, con un discurso anticolonial que no implicaba separarse de la monarquía. Pero a partir de mayo de 1810 esa primera adhesión al carlotismo implicaba para ellos un mote que les resultaba incómodo del cual intentan despegarse bastante rápidamente. La condensación de los tiempos es interesante para analizar este proceso.

  —Al seguir a Carlota es interesante ver cómo se ubican estos personajes tan caracterizados por la historia de divulgación como los héroes de Mayo, cuando en realidad un par de meses antes de la revolución tenían una posición muy distinta a la del revolucionario radical.
  —El alegato de Castelli es de marzo de 1810 y es una defensa cerrada del carlotismo. Es, por un lado, una pieza oratoria impecable y a la vez está mostrando hasta qué punto la alternativa para ellos seguía pasando por una adhesión al carlotismo, que sin dudas era una estrategia política instrumental.

  —¿A lo mejor una estrategia para poder despegarse?
  —No, la idea es que los revolucionarios se hacen revolucionarios al calor de la revolución. La idea es que estos carlotistas de 1808 a 1810 encuentran la posibilidad en Carlota de una reforma de la monarquía ante la desilusión que durante 20 años tuvieron como ilustrados de que la corona iba a ser el motor de la reforma monárquica. Frente a esa desilusión hay una suerte de nueva ilusión, reactualizada en el marco de la crisis, no porque ellos creyeran que Carlota Joaquina adhería a los principios ilustrados de la reforma de la monarquía pero sí porque sabían que podían negociar, al menos como alternativa. Querían   negociar una regencia en la que ellos sí pudieran poner límites a esa precisamente coronación de Carlota, en función de los escasos apoyos que ella había logrado y obtener, en el marco de esa negociación, las aspiraciones por las que ellos tanto habían bregado. Por eso lo que quieren es convocar cortes propias.

  —Claro, ellos tenían también sus propias ambiciones...
  —Creo que los ilustrados porteños ven esa oportunidad en la crisis monárquica: ser realmente los orientadores de la modernización de la monarquía. Insisto, no porque estuviesen convencidos de que Carlota no tenía una visión patrimonialista y colonialista del poder, pero sí porque que se jugaban a poder torcer esa voluntad patrimonialista de poder en función de la crisis y de la necesidad que tenía Carlota de encontrar adhesiones.

  —Porque también hay que tener en cuenta que Buenos Aires era un escenario secundario.
  —Bueno, creo que ellos ven la posibilidad de que Buenos Aires se convierta en una capital coronada con linaje borbónico,  a pesar de haber sido una ciudad marginal dentro del imperio hasta hace poco tiempo antes, convertida en capital virreinal hace apenas 30 años, pero sin fueros ni los privilegios, ni la densa historia que tenían los centros más importantes (Lima, México, Quito, Charcas). Y adquirir así de un solo golpe todos los privilegios que nunca les habían sido dados por ser precisamente una ciudad marginal dentro del imperio.

  —¿Qué eran los privilegios y fueros?
  —Son aquellas jerarquías otorgadas desde la corona a los cuerpos territoriales americanos. Estos no formaban parte del reino en igualdad de derechos con los peninsulares dentro de la dependencia de Castilla y suplían en gran parte esa desigualdad de origen, en el cual el sistema colonial los había instalado a través, justamente, de estas jerarquías que otorgadas por la corona le daban mayor importancia a una ciudad que a otra. Por ejemplo, tener un consulado, un obispado y una universidad en una ciudad implicaba tener una jerarquía, fueros y privilegios que no tenía otra ciudad. Cabe recordar, entonces, que Buenos Aires va a tener recién en los años 90 del siglo XVIII un consulado por haberse convertido en capital virreinal, una audiencia y no va a tener universidad hasta 1821. Entonces, esto como un ejemplo muy rápido pinta a esa ciudad dentro del contexto imperial, fueros y privilegios que sí tenía Charcas.

Con las cartas en la mano

Tras la huida de Portugal hacia Río de Janeiro, y por la invasión napoleónica, Carlota Joaquina se movió en diversos escenarios. Su política apuntó a reclamar tanto la corona española, ante el apartamiento de su padre Carlos IV y su hermano Fernando VII, como la regencia sobre los territorios americanos. Además de emisarios y operadores varios que recorrieron esos escenarios, las cartas se convirtieron en documentos clave para conocer las líneas de acción. Pero claro, los tiempos eran otros y no siempre las operaciones lograban concretarse.

  —¿Cómo eran las cartas que se enviaban?
  —El género epistolar es impresionante, cuando un historiador entra en la cuestión epistolar es genial. Es muy interesante porque se supone que deja expresar ciertos móviles de acción que otros documentos oficiales ocultan deliberadamente. Entonces, tenemos las cartas oficiales donde uno tiene que leer entre líneas cuáles son las distintas motivaciones, y las cartas privadas, donde se supone que los actores pueden desembozar sus intensiones y objetivos de manera mucho más libre y flexible. Hay muchísimas cartas de Carlota donde dice “luego de leerse, quémenla”.
  —¿Y qué pasó, no se quemaron?
  —Claro, obviamente, pero además había copistas de cartas. Es interesante recrear cómo era el sistema, cómo se armaba la trama epistolar, donde el emisor siempre tenía una copia en su archivo, con lo cual uno puede encontrar ese carta tanto en el archivo emisor como en el receptor. A la vez, seguir esas tramas implica prestar atención a las fechas de llegadas de esas cartas y luego las respuestas, los tiempos entre unas y otras, y así encontrar pistas que pueden dejar entrever las distintas motivaciones de los actores en juego.

  —Una carta podía partir pero al llegar a destino la situación podía haber cambiado...
  —Absolutamente. Por ejemplo una de las cartas clave de Carlota estaba dirigida al conde de Floridablanca, un personaje clave que operó contra la abolición de la ley Sálica, que impedía la sucesión al trono de mujeres, y cuando esa carta llegó el conde ya había fallecido. En esa misiva, Carlota no solamente agradecía su intervención sino que también buscaba tejer una disputa en torno a sus derechos sobre el trono de España.

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