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Domingo 23 de Octubre de 2016

Aprender después de muerto

La terrible experiencia vivida por un alpinista en su intento de escalar el Everest desemboca en una reflexión sobre la neurosis que aprisiona al sujeto. Lo verdaderamente sorprendente, asegura el autor de esta nota, es que el ser humano aprenda

Beck Weathers es un sobreviviente. Muchos humanos día a día sobreviven en circunstancias sociales terribles en medio de sociedades empeñadas y regocijadas en la crueldad. Otro tipo de sobrevivientes llevan una vida externa normal pero una vida interna infernal en una lucha siempre desigual contra la depresión de cada día. Beck Weathers pertenece a los dos grupos. Médico norteamericano sobresaliente y con una buena familia (dicen todas las crónicas) sin embargo no tenía paz interior. Durante veinte años —cuenta— tuvo que luchar contra la tentación de terminar con el sufrimiento recurriendo a la muerte. Pero Beck también conoció circunstancias terribles, no ya las subjetivas de las que era víctima, sino objetivas en su vida de alpinista. En su trepada más famosa Beck Weathers murió el 10 de mayo de 1996 en el Everest "tendido de bruces sobre la nieve a más de 8.000 metros de altura." Sin embargo, cuatro años después escribió el libro Dado por muerto. Había sido dado por muerto por sus compañeros de aventura al verlo tendido en la nieve sin signos vitales evidentes en ese fatídico mayo de 1996 en el que murieron nueve alpinistas. Pero Beck no estaba muerto. Pasó la terrible noche viendo a su familia en la pantalla psíquica. Coqueteador con la muerte durante años, sin embargo se resistió como pudo a la Parca que lo merodeaba en medio de una tormenta fatídica. Despertado a la mañana, no sabe muy bien cómo llegó al refugio IV y abrió la carpa con una frase sorprendente: "¿Me puedo sentar?", ante el mayúsculo asombro de sus compañeros. La frase habla del tremendo shock o de un humor que lo habilita para entrar en el Guinness. Tal vez volver de la muerte consolida el don del humor más allá de cualquier circunstancia. Sea como sea se instala un duelo memorable para quien vio la muerte cara a cara. No ya como en la célebre película de Ingmar Bergman (El séptimo sello), cuando Max von Sydow enfrenta a la Parca en una partida de ajedrez. En la batalla del Everest la proximidad de la muerte le mostraba la película de su vida ahora a punto de perder. La vida resultaba y resaltaba como lo más valioso. El costo de haberle ganado a la muerte fue perder la nariz, un brazo y varios dedos. Con todo logró convencer a su mujer de que no se fuera de su vida. Cansada como estaba de sus abandonos y proezas, había decidido el divorcio. El desafío instalado en todo sobreviviente aun con diferencias esencialmente es el mismo: me trasformo o repito. Veo el bosque o sigo mirando el árbol que me lo oculta. El árbol ocultador es un ego más alto que el Everest. De eso habla el afortunado alpinista en un largo reportaje. Precisamente el reportaje en cuestión lleva por título otra frase de Beck sorprendente, seguramente la más importante: "Si no aprendes nada después de haber muerto es que algo mal estás haciendo".

El alpinista aporta un diagnóstico con relación a la locura de trepar montañas practicada durante años, en especial lo que en el ambiente montañés se conoce como el reto de las siete cumbres: Everest, Aconcagua, McKinley, y demás (las cuatro restantes se las disputan distintas montañas). "Fiebre de cima" dirá Weathers con el ego como actor principal y con el sujeto como actor de reparto. Es precisamente el Sr. Ego el que lleva al sujeto, en suma al Fulano, a trepar las siete cumbres en un gran trabajo en equipo en un esfuerzo extraordinario con la inestimable ayuda de los sherpas siempre al servicio de las egocentridades occidentales. La cosa es subir y bajar con vida. O casi muerto como Beck. La fiebre de cima de la que habla Weathers es un capítulo particular de la fiebre general del ego portador enfermo de variadas fiebres, siempre con la mima esencia. No tengo conocimiento de si la Organización Mundial de la Salud se ocupa de esta epidemia febril, un derivado del narcisismo malo. Posiblemente no se haya ocupado ni se ocupe. El que se ocupa tratando de bajarse de su ego es nuestro héroe volviendo a su familia de la que se había olvidado según relata. En lugar de casi pasar a mejor vida como sentencia la curiosa metáfora trata de mejorar su vida. Esta es la clave de aprender después de haber muerto. La misma que encuentran o creen haber encontrado todos los que se asomaron a la muerte como el alpinista. O todos aquellos que zafaron de un tsunami, un accidente o perdieron el avión que todavía están buscando en los fondos del océano o lo que sea. Una experiencia de verdad hace experiencia si el que vuelve de la muerte o los que zafaron de la Parca en el tiempo subsiguiente valoran en serio la vida. Antes dilapidada en nimiedades, en egoísmos a ultranza o en materialismos incapaces de llenar al alma. Sin embargo todo este discurso en bastantes ocasiones se va deshilachando, reapareciendo los errores de siempre más los tropiezos con la misma piedra. Con la misma terquedad de la humedad inerradicable lo que vuelve es la neurosis encerrando al sujeto en su laberinto de años. Una máxima señala que lo sorprendente no es que el ser humano no aprenda. Lo verdaderamente sorprendente es que aprenda. A principio del siglo pasado Agustín Álvarez (ese notable militar y presidente de la Universidad de La Plata) desconfiaba de la cacareada experiencia con una magnífica ironía: "La experiencia es un médico que llega in artículo mortis".

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