Opinión
Viernes 13 de Enero de 2017

Año Nuevo

Frases hechas. La última hoja del almanaque operaría casi como la piel vieja y gastada que el reptil abandona en algún momento, para poder encarar los desafíos de una vida futura —hasta la próxima mudanza—, como nuevo.

Entre las innumerables trivialidades, frases hechas y clichés más que trillados que los hombres intercambiamos a diario -no hay duda de que, merced a su irreflexiva inmediatez, Facebook ha contribuido a agigantar esta práctica-, uno de los lugares comunes más frecuentados por esta época del año es el que reza: "Año nuevo, vida nueva".

La fórmula, al establecer una relación de causa y efecto entre dos renovaciones consecutivas: la del año y la de una vida que se pretende mejor o, por lo menos, diferente a la que se venía viviendo hasta entonces, encierra una clara y enfática expresión de deseo. La última hoja del almanaque operaría casi como la piel vieja y gastada que el reptil abandona en algún momento, para poder encarar los desafíos de una vida futura -hasta la próxima mudanza-, "como nuevo".

Hilando todavía un poco más fino, se podría aseverar que el refrán fusiona sincréticamente una convención histórica y cultural, como es la del paso de un año a otro -no todos los pueblos conmemoran el acontecimiento simultáneamente-, con los ciclos de la naturaleza, que sí implican una interminable saga de muertes y resurrecciones y, en definitiva, la afirmación y el triunfo de la vida.

Pero ¿cómo hacer para que el auspicioso -y utópico- aforismo se materialice, aunque sea en una ínfima proporción? ¿Existe una posibilidad de "vida nueva", de una vida más satisfactoria y más plena que involucre tanto al individuo como a las comunidades, más allá de los engañosos discursos de líderes políticos y religiosos, quienes terminan justificando "siempre" un estado de desigualdad injustificable, y no resignan "nunca" ninguno de sus vergonzosos privilegios, ni descienden un ápice de sus blindadas estructuras de poder?

La expresión "vida nueva" admite infinitas lecturas, según las expectativas de quien la interprete. Para Juan, la vida nueva puede consistir en que lo provean gratis de una dentadura postiza con la que poder mascar mejor su mendrugo, y para César Augusto, que sus turbias maniobras financieras surtan efecto, y le permitan hacer crecer su patrimonio hasta límites inimaginables.

Para Ágata el milagro podrá radicar en concretar la maternidad que siempre anheló, y para Isabel en meterse a monja, a la espera de un premio que, según dicen, Dios le otorga a sus fans en una suerte de fiesta electrónica eterna que los espera en el más allá.

Para doña Emilia vida nueva puede ser superar su cáncer de piel, y para Jésica usar su piel para tatuarse en ella toda la flora y la fauna de la cuenca del Amazonas.

Ahora bien, la forma en que una amiga me respondió a una salutación de fin de año, enviándome un breve texto de Joseph Campbell, y el hecho de que el protagonista de la película "Snowden" también lo mencionara como uno de sus autores predilectos, me movieron a releer uno de los libros del gran intelectual neoyorquino, especializado en el tema de las mitologías comparadas, que afortunadamente conservaba en mi biblioteca.

El libro se llama "Tú eres eso" (Emecé Editores, en traducción de César Aira), y ya sobre el final incluye un reportaje a Campbell realizado por el doctor en filosofía Eugene Kennedy, en febrero de 1979.

Dicho reportaje -lo sé-, tiene la venerable edad de treinta y ocho años, y las inspiradas respuestas del entrevistado no parecen haber influido demasiado en ningún acontecimiento histórico relevante de las últimas décadas. Para ser más crudo aún, su influjo habría sido absolutamente nulo.

Sin embargo, como "Año nuevo, vida nueva", es una ilusión que flota en el firmamento de las utopías más patéticamente esperanzadas que los seres humanos podamos soñar, no sería impropio cotejar el refrán con las reflexiones de un pensador que dedicó su vida entera a desentrañar el significado "común" que subyace tras los mitos de todas las civilizaciones del planeta, y que, a partir de allí, vislumbró la posibilidad de gestar un mundo menos insensato y menos doloroso.

Joseph Campbell dixit: "El mundo, como lo conocemos, está llegando a un final. El mundo como el centro del universo, el mundo separado de los cielos, el mundo limitado por horizontes en los que el amor queda reservado para los miembros del propio grupo: ese es el mundo que está terminando. El Apocalipsis no significa un feroz Armagedón, sino el hecho de que nuestra ignorancia y nuestra complacencia están llegando a un fin. Nuestra visión del mundo dividida, esquizofrénica, sin una mitología adecuada para coordinar nuestra conciencia y nuestro inconsciente: eso es lo que está llegando a un fin. El exclusivismo de un solo camino para la salvación, la idea de que hay un solo grupo religioso en posesión de la verdad: ese es el mundo que conocemos que está terminando. ¿Dónde está el reino? En nuestra comprensión de la ubicuidad de la presencia divina en nuestros vecinos, en nuestros enemigos, en todos nosotros".

Sin dogmas ni fundamentalismos demenciales, sin fobias, supersticiones ni sofismas, sin intereses limitadamente sectarios ni ambiciones desmedidas, hipócritamente camufladas de compromiso con el prójimo, tratar de prestar oído a un discurso tan lúcido como el del humanista Joseph Campbell, quizá sea lo único que, hasta donde yo sé, merezca llamarse "vida nueva".

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