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Domingo 12 de Junio de 2016

Amor en las alturas

Médicos, enfermeras, odontólogos y asistentes sociales de Rosario viajaron a La Quiaca para brindar ayuda a personas con enormes necesidades. El relato y las fotos de uno de los participantes.

Todo viaje renueva y reconforta. Prepararlo es una de las actividades que se realizan con entusiasmo y ansiedad. Pero armar una travesía con un objetivo tan especial como brindar un servicio a una comunidad llena de necesidades alegra el alma.

El compromiso solidario, sabemos, será apenas un leve paliativo para estas personas que no la pasan bien, que tantas privaciones toleran. Sabiendo de esas limitaciones pero también aferrados a las ganas, el grupo Dar Más de la Iglesia Evangélica de Arroyito partió hacia La Quiaca en marzo de este año para continuar a Santa Catalina como primer destino.

Santa Catalina es un pequeño pueblo ubicado a 66 km al oeste de La Quiaca y aproximadamente a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Se accede por camino de ripio y trazado zigzagueante en la montaña. La aridez, la falta de vegetación, junto al paso de ovejas y llamas que llegarán a cruzarse delante del vehículo, pasarán a ser parte del paisaje natural. Mantiene las características de típico paraje norteño. El silencio, la escasa cantidad de gente que deambula por sus calles y un sol pleno que genera colores inolvidables sobre casas, árboles y hasta la ropa de los habitantes del lugar serán una postal inolvidable.

Las calles de fino ripio parecen una continuación de la mayoría de las veredas. Algunas, especialmente en los alrededores de la plaza principal y de su iglesia centenaria, ambas infaltables en cualquier pueblo que se precie de serlo, tienen un empedrado grande, como para sugerir a cualquier visitante que es mejor adaptarse al andar pausado, como lo hace el mismo lugareño.

En esta oportunidad el grupo se constituyó con una médica clínica, tres odontólogos, una bioquímica, dos enfermeras profesionales, una peluquera y cinco jóvenes especialistas en el trato con los niños.

A este equipo se le suman cuatro hombres provenientes del Hogar Sierra Dorada en Córdoba que colaboran con toda la logística necesaria para que todo el proyecto cumpla con su objetivo. Todo está supervisado y guiado por el pastor misionero Jorge Fabio Díaz, que conoce perfectamente la zona, ya que desde hace 15 años recorre todos los pueblos de Argentina y Bolivia llevando asistencia comunitaria y la palabra de Dios.

A la gente se la recibe en la sala de primeros auxilios. Llegan desde el pueblo y de lugares no tan cercanos. Algunos realizan horas de caminata para poder recibir asistencia médica. Es que se les avisó con tiempo que vendrían al pueblo los médicos para una atención médica primaria.

En el lugar cumplen sus tareas tres agentes sanitarios que desarrollan una actividad administrativa ya que no tienen los conocimientos médicos necesarios para diagnosticar y medicar.

Los ancianos llegan con su carga de años. Angustia, preocupación y tristeza se destacan en su mirada. Los niños están algo inquietos y expectantes. Los dentistas no les caen muy simpáticos, aunque aceptarán el cuidadoso tratamiento profesional.

Es notable el abandono al cual está sometida esta gente, el olvido de estos pueblos.

Comentan que desde noviembre pasado no llega ningún médico al pueblo. Es una realidad angustiante ya que la misma ciudad de La Quiaca —la más importante en la zona— no tiene una infraestructura aceptable de salud, mucho menos ideal.

Los lugareños reciben atención y no esconden su alegría. Escuchan con atención el diagnóstico y el tratamiento necesario para cada dolencia. Por sobre todo reciben el amor que se manifiesta en la prescripción médica necesaria y en asistencia solidaria. No faltará además una palabra de aliento y una expresión una caricia o un abrazo que pasarán a ser parte de la asistencia recibida.

Mariel Graziani, una de las odontólogas, mujer de mucha fe, comenta: "En lo personal, junto a mis compañeros odontólogos, pudimos entender que la necesidad no sólo estaba en arreglar y salvar piezas dentarias, tampoco en lograr una atención masiva de gente, ni mucho menos bajar la incidencia de enfermedades bucales, sino que en lo simple vimos lo grande, actuar al Señor. Porque si bien hubo situaciones en las que contábamos con un lugar equipado para trabajar y atender en otras sólo teníamos una sala con pupitres escolares y poca luz. Sin embargo, las personas se acercaron agradecidas y humildes. Una pasta dental y un cepillo eran, tal vez, el obsequio más grande que algunos podían recibir. Ellos son habitantes de nuestras tierras, argentinos que están conformándose con lo poco, con lo simple, con lo que llega, con lo que no hay. A ellos —que cruzaron valles y montañas—, que se pusieron su mejor ropa, a ellas que arreglaron sus trenzas para estar más bellas, que caminaron kilómetros para llegar, doloridos algunos, a ellos fuimos a dar lo que no nos sobra pero que a ellos les falta y que sin dudas no es un cepillo y una pasta dental, ni una extracción dentaria, sino nuestras manos al servicio de Dios que nos llamó primero".

Con los niños se juega y se les regalan golosinas, algo que no tienen con tanta frecuencia, los kioscos en la zona no abundan. Después de realizar las prestaciones médicas durante dos días el grupo se dirige a La Ciénaga. Pueblo de difícil acceso ubicado en un hermoso valle envuelto por montañas en el mismo límite con Bolivia y al que se accede de la única manera posible: el camino de las 120 curvas. Algunas son sumamente peligrosas ya que las lluvias provocan erosiones importantes dejando un espacio poco transitable y angosto.

El pueblo está en las mismas condiciones en cuanto a lo sanitario que Santa Catalina, hasta se puede considerar peor, debido a su difícil situación geográfica.

La doctora Iris Lozano comentó que "un joven con discapacidad preguntó si traíamos algo nuevo para él. Fue duro desilusionarlo. Quizá aquí con fisiología y kinesiología algo mejoraría, pero allá no tienen esas posibilidades".

La escuela primaria con un gran patio recibe durante todo el día el abrazo del sol puneño. Tiene habitaciones para dar albergue a los niños que llegan de lejos y no pueden volver a sus hogares cada día. Recién retornan pasado el mediodía del viernes para que tengan tiempo de llegar a sus hogares en la montaña con el suficiente tiempo y luz día. Muchos tendrán por delante horas de caminata.

Maru Peralta, una de las jóvenes a cargo de prestar asistencia a los niños, destaca algo muy importante dentro de su experiencia vivida: "Fue verdaderamente un regalo de Dios encontrar a tantos niños y niñas de todas las edades dispuestos a participar en todas las actividades que les proponíamos".

La gran mayoría de los chicos están escolarizados en lo que se refiere a nivel primario. No tanto en el nivel secundario. Aquí comienza a notarse otra falencia, la ausencia de escuelas en dicho nivel.

Hasta el centro asistencial llegó gente de diversos lugares y también de Bolivia, ya que también tienen sus necesidades insatisfechas en cuanto a salud se refiere.

Graciela Torres es enfermera profesional e integrante del grupo desde hace años. Relató que en La Ciénagas se encontraron con un pueblo que sufre mucho por el clima seco y ventoso. "Esto perjudica la vista a la temprana edad de 28 o 30 años y se encuentran muchos con cataratas y en algunos casos falta de visión". Y agrega: "Conocimos a Adán Borges, de 34 años. Él es el agente de salud que trabaja como un verdadero profesional, ya que se dedica al cuidado de su pueblo, con muchas carencias. Es la única persona que está en el dispensario y se ocupa de cada necesidad, es un ejemplo a imitar. Es un gran ser humano y excelente agente de salud con ganas de progresar".

Se atendieron 30 pacientes que se hicieron análisis bioquímicos. Se realizaron más de 100 consultas con la médica clínica y quienes recibieron mayor cantidad de pacientes fueron las dos odontólogas y el odontólogo, que llegaron a atender a 172 personas. La peluquera hizo muchos cortes de cabello a quienes se lo solicitaron. Se asistió a 70 chicos.

En la tenue sonrisa de los ancianos, débiles e indefensos. En la espontánea alegría de los niños. En el eterno saludo de cada persona que pasa caminando. En todo lo vivido se puede decir que la tarea fue cumplida, aun cuando el lugar es desértico y la altura del terreno genera efectos adversos en el cuerpo como dolores de cabeza, vómitos y hasta alguna que otra taquicardia que lleva a no poder descansar bien durante la noche. "Es que siempre con amor se puede dar más".


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