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Domingo 22 de Junio de 2008

Amor a la patria y patriotismo

Algo feo me pasa con las fiestas patrias. Los mensajes patrióticos sobre a quién, a qué y cómo debo amar, me suenan a pesadas monsergas y más que orgullo me generan rechazo. ¿Será por culpa de la señorita Pola?

Algo feo me pasa con las fiestas patrias. Los mensajes patrióticos sobre a quién, a qué y cómo debo amar, me suenan a pesadas monsergas y más que orgullo me generan rechazo. ¿Será por culpa de la señorita Pola? Debo haber estado en 5º grado cuando esta señorita de actividades prácticas nos vistió con horrorosas polleras de papel crepe a un grupo de nenas para actuar el 20 de Junio (los nenes habían zafado del bochorno). La sádica actitud de la maestra se reforzó con el canto que nos preparó especialmente para la ocasión otra señorita, Carmen, la de música. Todo un complot para caer en segundos en un ridículo eterno. "Yo soy costurera y sé trabajar, uso la tijera, también el dedal" Hasta ahí recuerdo la letra de esa tarada melodía que debíamos entonar a coro mientras simulábamos ser damas mendocinas cosiendo la bandera argentina.

Pero les aseguro que ese acto no fue el peor. Eran los siniestros '70 y en una oportunidad debí ir a dar juramento al Monumento a la Bandera. Siempre me gustó pasear y jugar en el Monumento. En algún rincón familiar aún debe sobrevivir una doméstica filmación en película V8 en la que mi papá nos retrató a mis hermanas y a mí corriendo por esas infinitas escalinatas y haciendo muecas. Pero la instantánea del nefasto "sí, juro" tiene otra lógica. Transcurre una mañana fría, pero de sol. Eramos miles de nenitos con delantales blancos, alineados prolijamente como los playmobil y con banderitas en la mano. Recuerdo que apareció Videla, y maestros y organizadores nos gritaron: "Ahora". Todos agitamos el trapito con fervor.

No fue la última vez. También fui parte de esa patrioteril emoción colectiva que se vivió en el país luego de haber ganado la Guerra de Malvinas.

Suficiente.

Cada uno carga con lo bueno y malo de su historia, y sabrá cómo pudo armar sus sentimientos. Pero ahora que puedo decir que "no" a algunas cosas, no quiero que una señora por la peatonal, con una alcancía de no sé qué organismo en la mano, quiera clavarme compulsivamente una escarapela en el pecho en nombre del amor a la patria. No, no quiero. Tampoco me entusiasma llevar en andas a la bandera más larga. Me emociona más estar en la popular y que me tape la cara otra para mí gigantesca, pero del cuadro de fútbol de mis amores. No me gustan los actos patrios ni las marchas militares. Ni medio me gustan. Por eso menos me preocupa si viene presidenta o presidente alguno a esos actos. Lamento por ellos que no sea políticamente correcto admitir que tal vez les importa un comino llegarse hasta acá.

En estas fechas prefiero juntarme con la gente con la que nos alegramos de vernos, o trabajar sin más. Y sólo quiero cantar el himno cuando tenga verdaderas ganas: parada, sentada o trotando por el parque. Qué tanto. Al fin y al cabo el patriotismo me molesta. Mucho más luego de haber visto hace años "La batalla infernal", ese peliculón antibélico de Kubrick en que Kirk Douglas, encarnando al coronel Dax y en defensa de tres de sus soldados condenados a muerte, les escupe a sus abyectos superiores en la cara: "El patriotismo es el último argumento de un bribón".

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