Edición Impresa
Domingo 31 de Enero de 2016

Amar, temer, partir

Lo conocés en una cena, quizás en un bar. Te gusta. Es primo de tu amigo. Tu amigo te dice que le caíste muy bien, que quiere tu número. Se lo das.  

Lo conocés en una cena, quizás en un bar. Te gusta. Es primo de tu amigo. Tu amigo te dice que le caíste muy bien, que quiere tu número. Se lo das. Te envía un mensaje a las diez de la mañana. Hola! ¿Cómo empezó tu día? Se encuentran un sábado y caminan por Oroño. Dos fines de semana después, cenás en su departamento. Él prende velas, descorcha un vino. Prepara unas almendras caramelizadas y trozos de queso con aceite de oliva y perejil. Los dispone en unos platos rojos. Te llama la atención que un hombre prepare comida gourmet. Son pocos, diría tu mejor amiga. Son gays, diría la amiga de tu amiga, que puede pintarse las uñas mientras maneja.

Al día siguiente, te despierta temprano otro mensaje. Me encantó verte, ¿almorzamos mañana? Cuando están juntos, te besa las manos. Acomoda tus anillos. Le encanta el que tiene una amatista. Lo besa. Ese gesto te recuerda tu película preferida. La alquilan al sábado siguiente. Le decís que la mejor escena es cuando ella queda del otro lado de la puerta y a él lo nombran Padrino. Él recuerda una escena de Los Simpson donde la parodian. Te gusta que hablen el mismo idioma.

Esa semana cenan en su casa. Lo hacen varias noches seguidas. Empezás a relegar el gimnasio, que tanto te gustaba. Estás un poco cansada de las luces multicolores, la música al palo, las minas hiperproducidas moviéndose como en un boliche, lunes, miércoles y viernes a las seis de la tarde.

Le proponés salir a andar en bici. Para no pedalear desde su casa, él deja su bici en tu casa. Además trae dos o tres remeras, calzoncillos y el cepillo de dientes. Bicicletean por Pellegrini hasta el Parque Independencia y regresan por el mismo camino. A veces paran, toman agua. El último miércoles compraron pochoclo. El mejor de Rosario, te dice el vendedor y te guiña un ojo mientras te entrega dos paquetes de pororó repletos. A la vuelta, él vuelve callado.

El fin de semana siguiente van al cine. Te olvidás los anteojos así que lagrimeás varias veces. Has visto mejores películas con Scarlett Johansson. Buscás en la cartera un Kleenex, pero nada. Usás la manga de tu camiseta. Él te mira varias veces de reojo. A la noche, desliza una frase extraña. No recordás haber mirado a nadie a la salida. No recordás a ningún chico de remera azul Francia.

Las semanas son veloces. Se ven casi todos los días. Tus viejos están contentos. Al fin la nena tiene novio y lo presenta. Ya no sos una nena, excepto para ellos. Los viernes él lleva unas cervezas y unas pizzas para comer en familia. Tu hermano mucho no lo traga, pero te banca. Tu vieja comienza a quererlo. Te dice que es un buen pibe. Te aconseja que lo cuides. Le respondés que vos también sos buena piba, así que están a mano. Tu vieja ríe, cree que es chiste. Mientras secás los platos pensás. Nunca entendiste ese rol de mujer-cuidadora-para-que-ellos-nunca-escapen.

Las tardes de verano las pasan juntos. Ves muy poco a tus amigas; ellas te reclaman. En el grupo de WhatsApp algunas te ignoran. Cuando es el cumpleaños de Maite, él te acompaña. Están todas sentadas alrededor de la mesa. Desde los quince, los cumpleaños se hacen los sábados a la tarde. Mientras comen palitos salados y toman Seven Up, algunas hacen cara. Después de la torta, decís que estás muy cansada. Vuelven a casa. No sabés cómo explicarle. Él pregunta por qué, si no hay nada que ocultarse. Te da ternura su gesto; te gusta sentirte reclamada. Solo a veces, cuando se enoja fuerte, sentís un poco de dudas. Pero podés manejar la situación: lo abrazas, le decís que lo querés; la mayoría de las veces se le pasa. Aunque a veces van a la cama y él es un poco brusco. Pero después te abraza y te dice que te ama.

Para el primer aniversario te invita a cenar en un bar de Pichincha. Usás el vestido estampado que trajiste de Madrid y los aritos de perlas reales. Te dice que estás hermosa. Nunca deja que vos pagues; para eso está él, repite como una frase gastada. Después te invita a tomar algo a uno de los bares de Oroño. Conocés al tipo de la entrada, pero preferís no decirle nada. Cuando llegan, lo saludás desde lejos. El tipo levanta una mano, mira curioso y espera que te acerques. Vos caminás para el otro lado aunque te molesta bastante ser antipática.

Al día siguiente salen a caminar por el bajo. La tarde es calurosa y hay poca gente. Te gusta observar las lanchas que recorren el río, la espuma de shampoo que dejan a su paso. Caminan en silencio, él está raro. Al lado de ustedes, un perro de manchas blancas corre acompañándolos. Alguien le puso un collar hecho de cinta para persianas. El animal parece feliz con su regalo artesanal, con su dueño que ya no existe, con su vida libre de normas humanas. Le preguntás a tu chico si se siente mal, pero podés adivinar lo que viene. Dice que hace calor, que está cansado. Sigue con mala cara hasta que después de media hora empieza su reclamo. Ese día redobla la apuesta: te toma del brazo, pide suspender el paseo y te hace señas para que suban por Laprida; quiere regresar a tu casa.

Mientras caminan, recordás que hace mucho que no pasabas por esa calle inclinada. Pero tus pensamientos se nublan cuando sentís sus dedos presionándote. Su boca cerca, abriéndose y cerrándose como una araña oscura y sofisticada. Pensás qué hacer. Pensás que el día del aniversario cumpliste once meses de llorar con más frecuencia que antes. De repente todo es blanco. Tu mente se puebla de guepardos, linces, objetos explosivos marca ACME. Algo desde adentro suena fuerte. Repasás mentalmente las miles de historias que leíste en los diarios. El sonido comienza a ser un alarido tan intenso que ni siquiera escuchás que él te llama. Pensás que deberías pedir ayuda, pensás que quizá algún día él cambia. Pero no decís nada. Presionás tu botón interior de pánico y corrés. Huís por los adoquines empedrados que tanto te gustan, calle abajo.

 

 

Comentarios