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Sábado 23 de Mayo de 2009

Amante del amor

Entre tantas otras cosas, el surrealismo nos enseñó a amar el amor. Eran los últimos años de la dictadura o los primeros de la aún frágil democracia y los bares eran nidos de militantes, músicos, poetas, actores, estudiantes, cinéfilos, psicólogos, hippies y delirantes de toda índole, calibre, pelaje, tamaño y forma.

Entre tantas otras cosas, el surrealismo nos enseñó a amar el amor.
Eran los últimos años de la dictadura o los primeros de la aún frágil democracia y los bares eran nidos de militantes, músicos, poetas, actores, estudiantes, cinéfilos, psicólogos, hippies y delirantes de toda índole, calibre, pelaje, tamaño y forma.
En ese clima fértil, en ese prolífico caldero donde convivían peronistas, comunistas, trotskistas, guevaristas, anarquistas, socialistas, intransigentes, radicales y ecologistas, la polémica era el caldo de cultivo y al mismo tiempo la semilla de la acción concreta.
Hablábamos mucho, creíamos mucho, pensábamos menos, amábamos más.
Andábamos libres, con la noche como país, la música como hermana y la poesía siempre cerca de la boca.
La palabra revolución se pronunciaba miles de veces por día.
Y los surrealistas nos daban lecciones de irreverencia, autenticidad y belleza. No tanto André Breton, siempre visto como un frío manipulador que se exilió cobardemente durante la Segunda Guerra Mundial, sino Paul Eluard y Antonin Artaud.
Gracias a las traducciones de Aldo Pellegrini y Raúl Gustavo Aguirre nos hicimos amigos de todos ellos, que nos abrigaron, nos alimentaron, nos iluminaron.
En ese inolvidable grupo había un poeta que pocos conocían y cuya incandescencia me incendió para siempre.
Se llamaba Robert Desnos.
Desnos vivió apenas 45 años. Murió en un campo de concentración nazi.
Había peleado en la Resistencia. Fue uno de los surrealistas más talentosos. Brillaba en las sesiones de hipnosis y escritura automática.
Su amor por Youki dio pie a algunos de los más bellos poemas escritos en el siglo veinte.
Ahí va uno de la serie “A la misteriosa”, incluido en “Cuerpos y bienes”.

Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad.
¿Todavía hay tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo y besar sobre esa boca el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto soñé contigo que mis brazos habituados a cruzarse sobre mi pecho cuando abrazan tu sombra ya no podrían adaptarse quizá al contorno de tu cuerpo.
Y frente a la existencia real de aquello que me obsesiona y me gobierna desde hace días y años me volvería una sombra sin duda.
Oh balances sentimentales.
Tanto soñé contigo que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie, con mi cuerpo que se ofrece a todas las apariencias de la vida y del amor y de ti, la única que hoy para mí cuenta, que más difícil me será tocar tu frente y tus labios que los primeros labios y la primera frente que vengan.
Tanto soñé contigo, tanto caminé, hablé, dormí con tu fantasma que ya no me resta sino ser fantasma entre fantasmas y cien veces más sombra que la sombra que se pasea alegremente por el reloj de sol de tu vida.

Nada más. ¿Hace falta?
 

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