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Domingo 09 de Agosto de 2015

Al mal tiempo, buenos títeres

Les da vida a decenas de personajes de los que disfrutan tanto chicos como grandes. Una verdadera maestra en el arte de crear, sorprender y animar.

Animar. Dar vida. Eso que Geppetto hacía con Pinocho, el vínculo entre muñeco y artista creador. Una historia donde la marioneta empieza a desprenderse de su lugar de muñeco para fabricar su propia vida, revirtiendo los roles y poniendo al titiritero a su servicio. Justo en el momento en que la mirada de éste se detiene en confianza con el dueño de la historia, justo ahí se esconde la esencia. Cuando Nora Lladós cruza miradas con una ruluda Rosita Ziperovich, o cuando se emociona escuchando a un Javier Villafañe de 30 centímetros dialogar con su gallo Pinto. Cuando los ojos le brillan al ver sus criaturas hechas de botellas y papel, porque sabe que la esperan, que la espían, que secretamente desean que ella se acerque a jugar sus vidas. En el momento en que las escenografías de cartón te envuelven porque las ramas te acarician la cara y los chanchitos están tocando a tu puerta. Entraste en el juego, y la titiritera cobró vida.

A los 30 años, luego de un largo tiempo de enseñar matemáticas en varias escuelas primarias, Nora Elena Lladós descubrió que había una forma diferente de enseñar. “Conocí los títeres a través de una colega que tenía su propia metodología, trabajábamos en equipo. Como teníamos grados paralelos, terminábamos el año con un trabajo de expresión artística. Todas las veces hacíamos algo distinto. Y una vez hicimos títeres, de bolsita nomás, a partir de un texto: Los reportajes supersónicos de Syria Poletti, y me encontré con la sorpresa de que los chicos se entusiasmaban muchísimo, que trabajaban en grupo o solos y que lo hacían con mucho entusiasmo.” Así, con el deseo de aplicar los títeres a la enseñanza, salió corriendo a anotarse en la Escuela de Titiriteros de Rosario. Lo que no sabía era que eso le iba a cambiar la vida.

La formación de docentes lleva, en general, la impronta de la formalidad, de lo esquemático. Pero ella, consciente de que lo que transmite un maestro no sólo debe provenir de su formación pedagógica, se obligó a desaprender para poder enseñar.

Cargando una historia propia de escuela sin dibujos, donde ensuciarse era pecado y el ideal de curso era aquel donde no volaba ni una mosca, entrar al mundo de los títeres fue algo revolucionario para su mente y liberador para su cuerpo. Así lo recuerda.

“A la escuela de titiriteros la creó en 1974 Alcides Moreno y un grupo de gente de avanzada que implementó el trabajo en talleres como para cambiarte la cabeza. La escuela pasaba por la producción, por el hacer en grupo, por el hecho de poder crear. Es una actividad que vincula varias artes porque se construye (la plástica es una de las áreas), después tenés teatro, literatura, música y expresión corporal.

Siempre es poner el cuerpo. Hay títeres que te exigen neutralidad, que no te veas, que estés al servicio del muñeco, y hay otras técnicas en las que vos jugás con el muñeco, te involucrás como personaje. Eso exige un dominio y una expresión del cuerpo fundamental. Y además, el titiritero siempre lleva cosas que va juntando de la basura para después reciclarlas y hacer títeres. Y ahí nomás te desinhibís porque aprendés a payasear. La libertad que se adquiere es muy grande. Esto me dio a mí la posibilidad de vivir de otra manera, tanto la enseñanza como la vida”.

Con la cabeza dada vuelta, llena de historias para transformar en personajes de tela, esta hormiguita cargó su mochila y decidió dar un corte en su actividad docente para ser una de las creadoras de la compañía de titiriteros del Centro Cultural y Educativo Municipal de San Lorenzo. Combinando su vocación por enseñar y su pasión por hacerlo a través de los títeres, y sacando a la luz sus estudios como directora teatral, Nora formó parte de un equipo de espectáculos históricos regionales. Así, monjes, gauchos y hasta el general San Martín desfilaron por el convento de San Lorenzo dando la bienvenida a la historia de esa ciudad de una forma diferente para quienes se acercaban a conocerla. En estos “cuatro años de gran felicidad”, la maestra titiritera disfrutó de sus títeres en una forma única y maravillosa: dándole vida a la historia.

El regreso a las aulas, con nuevas experiencias en las manos, la encontró compartiendo su tiempo entre la docencia en primaria y el profesorado de títeres. Apostando al placer de la creación en lo que otros ven como “bochinche”, defendió siempre lo fundamental del juego y la creación en la escuela. “La acción pasa por el alumno, es una técnica de trabajo activa en la que él está con todo ahí, con la imaginación y con el cuerpo. A veces hay desorden, porque vos tirás la actividad y todo el mundo trabaja. Pero lo que pasa es que en ocasiones el maestro quiere que haya silencio y orden porque son muchos chicos, pero hay que comprender cómo › Viene de la página 6 es esto del movimiento y de la charla productiva. No es bochinche, es trabajo. Esto es una cosa que genera grupo, movimiento, hay que romper el espacio, los chicos se pueden acomodar de otra manera”.

Y su apuesta a poner el cuerpo, a la creatividad y al equipo continuó. Cuando en el 2005 la epidemia de gripe A obligó a la ciudad a recluirse puertas adentro en plenas vacaciones de invierno, los titiriteros de la ciudad se encontraron con un telón de fondo más que negro. Todos los espectáculos suspendidos y la imposibilidad de ofrecer funciones en espacios cerrados forzaron una vez más el rebusque creativo. Así, con el apoyo de la Municipalidad nació el ciclo de “Títeres con buen y mal tiempo”, que propone diferentes obras en espacios abiertos. Desde hace 10 años las cuatro plazas, el parque Urquiza, el Museo de la Ciudad y la calle recreativa se vuelven, durante los fines de semana, un espacio donde las texturas cobran vida y perder un botón puede ser un accidente fatal. Aquí, junto a dos jóvenes caballeros (Ignacio Vázquez y Lucas Tamborenea), la titiritera de radiantes 65 presta su cuerpo y alma para revivir una posmoderna versión de los tres chanchitos que —por lo que cuentan en el bosque— permite entrar en esa burbuja de conexión sideral que se genera entre Nora y cada uno de sus personajes. Una delicia que merece ser disfrutada.

 

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