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Martes 29 de Mayo de 2012

Al maestro, con cariño

La muerte del crítico de espectáculos Silvio Mario Valli, que falleció ayer a los 78 años, evoca los tiempos de gloria de "El clan", en la pantalla de Canal 5. También, el "dream team" de Escenario, en el que el periodista fue columnista. 

Me despertó una pesadilla, el mensaje de un amigo que lloraba sin consuelo. Sus palabras apenas se entendían: “Murió Silvio Mario Valli”, me dijo y cortó. Después leí sus twitts, tan tristes como su voz grabada en el celular. Lo recordaba como lo que fue, un gran tipo.

Lo conocía mejor que yo, había sido su amigo, su compañero de trabajo, su hijo, de la vida, porque Silvio no había tenido más hijos que los que le dio la vida y los había querido y cuidado y los había aconsejado como si fuera su padre.

Durante años lo vi en la pantalla de Canal 5, cuando era en blanco y negro y valía la pena ver la televisión. En “El clan”, sentado en la punta de silla, como si en cualquier momento se fuera a caer de bruces, al lado de Raúl Granados, que lo escuchaba como si fuera un oráculo.

Hablaba de cine, no de espectáculos, aunque también lo hacía de tanto en tanto, y lo hacía porque amaba las películas, las del viejo Hollywood, las francesas, a veces las argentinas, todas, las que le gustaban y las otras también, porque era un amante del cine, apasionado, fiel, incansable.

Amaba el cine más que a nada en el mundo, y eso que una copa de Don Perignon, del 69, lo podía, acaso más que una buena mesa o la compañía de una mujer, soñada, como la había soñado con los ojos abiertos en el San Martín y en el Nilo y en el Showcase, aunque no fuera lo mismo.

Su pasión era envidiable, inclusive para los que la compartíamos con él, los que cada vez que podemos, y si no podemos también, nos hundimos en la penumbra de un cine para ver a Robert De Niro, a Sharon Stone, que fue su amor, o a Edward Norton, por placer, nada más que eso.

Tanto fue así que mi mamá, que lo conocía tan bien como cualquier rosarino, cada vez que se lo cruzaba por la calle le pedía que le recomendara una película y él lo hacía, amablemente. Me moría de celos, porque yo era crítico de cine y su hijo, pero ella lo prefería a él, confiaba en su opinión.

Cuando se armó Escenario, el suplemento de espectáculos de La Capital, el primero, el del dream team con Fernando Toloza, Marcelo Camaño, Guillermina Ygelman, que no era del equipo pero la queríamos como si lo fuera, se planteó un problema: había que buscar un ombudsman del lector.

Fue bravo, porque a los periodistas ningún nombre les cerraba y no es para menos, el elegido tendría la misión de defender al público de sus opiniones. El debate fue largo, acalorado, sin visos de que se llegara a un acuerdo, hasta que a alguien propuso a Silvio, punto final a la discusión.

El aceptó a regañadientes, el papel de abogado del diablo no le caía simpático. Sin embargo, lo jugó con elegancia y buen gusto durante un largo tiempo, sin enojar a nadie, aunque dejaba flotando en el aire un inconfundible olor a azufre, mientras desaparecía raudo y veloz en la Placita del Che.

Durante años tuvo un rival, que lo miraba sobre el hombro desde la pantalla del 3, Carlos Bermejo. De lejos parecían archienemigos, como Batman y el Guasón, pero la verdad es que la vida, y sobre todo el cine, los había hecho amigos. Se querían y se respetaban, a pesar de competir buenamente.

Tanto es así que ni bien tuvo la oportunidad Charlie reconoció a Silvio con un Magazine. Fue una gran noche, porque un gesto de generosidad, esos que son tan raros en la ciudad de pobres corazones, demostró que las diferencias, si son genuinas, honestas, nunca son irreconciliables.

Era frecuente cruzárselo en el centro, camino a El Cairo, donde, antes de que la modernidad convirtiera al viejo café de Santa Fe y Sarmiento en un catálogo de moda, solía hacer escala antes y después de ir al cine. Le gustaba saborear las películas, si era en compañía de un café, mejor.

Siempre de punta en blanco, con el traje, no importa los años que tuviera, como recién comprado y los zapatos lustrados con esmero, como si se hubiera le hubiera tomado horas dejarlos tan relucientes. Le gustaba verse bien, era un metrosexual mucho antes de que se inventara la palabra.

Era un gran conversador, que profesaba una pasión irrefrenable por la ópera, por los viajes, por las curvas de Sofía Loren y lo contaba con gracia, con buen gusto, con ironía. Encontrárselo en el hall del cine, después de un estreno, era un bendición, porque seguro regalaba un comentario justo.

En 2010 fue declarado periodista distinguido de la ciudad. Recibió le galardón con orgullo, pero sin efusividad. Como solían ser sus críticas, atentas pero crueles. En cierta ocasión le preguntaron si había algún artista que valiera la pena en Rosario y respondió: “No, pero valoro el esfuerzo”.

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