Opinión
Martes 21 de Junio de 2016

Ahora todos hablan del final

Triste declinación la de la ex presidenta Cristina Kirchner. Ahora, por confesión propia nos enteramos que era ingenua: no sabía que sus funcionarios de trato diario, como López, eran unos ladrones.

"¡Dale Che, te lo pide una dama!". Suena a Tita Merello en papel de Felisa Roverano. Antes de aquella frase -que creo haberle escuchado comentar a ella misma pero que si no resultase veraz es igualmente del todo verosímil dado su ímpetu- ya se distinguía por su carácter. Cristina Fernández de Kirchner no fue una legisladora que pasó desapercibida. La conocí en Santa Fe, durante los meses de la Convención Constituyente de 1994 en que periodistas y convencionales compartimos unas 10 horas diarias promedio por casi cuatro meses. Es linda y coqueta. Daba lugar a que de ella se hablara siempre. Aunque Elisa Carrió cubrió el cupo femenino de revelación política en aquel escenario incomparable.

Luego la echaron del bloque peronista por desobediente. De eso se ha jactado en público, más de una vez. Ella se destacó antes que él. Pero él llegó primero.

Y "a pedido de la dama" que le demandó, canyengue y arrabalera, que se animara a la decisión de dar la batalla por el poder. Entonces, en el 2003, era sólo una apuesta al futuro porque se admitía sin ninguna chance. Me lo admitió tiempo después el propio Néstor Kirchner ya presidente, en el comedor de su casa -la que quedaba cruzando la calle de la de su abuelo- en el centro de Río Gallegos. No obstante, paradójicamente, de la mano de otra dama que lo ayudaría de modo definitivo, llegó ese año.

Esa otra dama fue la "señora fortuna" que quiso que Carlos Reutemann viera "algo" que lo llevó a ser intransigente en desoír los reiterados ruegos del presidente Eduardo Duhalde para que tomara la posta. El santafesino era, en votos y ausencia de contrincantes, número puesto en la Casa Rosada. Hay unanimidad de criterio en ello.

Pero dijo que "no", y ahí estuvo Néstor Kirchner escuchando el consejo de su mujer que en esta parte la historia oficial la muestra algo más arriesgada, audaz y ambiciosa que él. Haya o no sido así.

No lo imaginó. El resultado es que él llega y antes de lo que jamás imaginó. Y en el 2007, él traspasa los atributos del mando a ella. Ambos logran lo que el matrimonio original y fundante de la mitología política argentina hasta ahora más duradera, quiso y no pudo. Juan Perón fue tres veces presidente de la Nación pero no pudo hacer de Eva más que la titular de una fundación.

En el 2011, con él ya muerto, Cristina Fernández se legitima en la máxima magistratura de la Nación con un porcentaje nunca alcanzado hasta hoy desde la recuperación democrática: el 54 por ciento de los votos. Después del propio Perón (con su 62 por ciento de 1973) la gobernante más votada de toda la historia argentina. Alfonsín arañó el 53 por ciento en 1983. Néstor llegó con el 22. Mauricio Macri debió ir a segunda vuelta y apenas le sacó 2,6 por ciento de diferencia a Daniel Scioli.

Quizás por eso -pese a que varias veces repitió que "no"- a Cristina le pasó lo que a cualquier mortal. Para usar su propia expresión, sí "se la creyó". Y con ello llegarían los desplantes desde el primer día de su segundo mandato. Cuando ya era ella sola la dueña de los votos. La "jefa" como comenzaron a llamarla las estructuras del movimiento a medida que se iban cuadrando y rindiendo a la nueva realidad. Ya nadie podía especular con que era su marido "el que de atrás digitaba".

El día que asumió hizo que la hija le pusiera la banda presidencial. Un detalle menor. Estaba enojada con Julio Cobos porque entendió que la traicionó con su voto "no positivo" a la resolución 125 -la del aumento de las retenciones a las exportaciones primarias que desataría la pelea con el campo y rompería la sociedad de Néstor con Clarín declarando la guerra entre los ex socios- y razones no le faltaron en eso. Pero si Cobos -quien por entonces estaba expulsado de la UCR que lo consideró traidor al aceptar integrar la fórmula peronista con ella- confundió su rol, ella también en lo de la banda. La forma protocolar indica que el vice debió colocársela.

Una misma cosa. Pero las formas -que desde Aristóteles a esta parte han definido a occidente para bien y para mal- eran minucias que no la detendrían ni en las que se detendría. Desde entonces Cristina asumiría que el gobierno, el Estado, ella y su voluntad serían una misma cosa. Una única cosa.

Algo así como la idea de una mujer súper poderosa, intocable, infalible, que conduce desde un eje radial. Todo habría de pasar por su juicio final, nada decidiría alguien más. Aunque se tratase de una cuestión ínfima competente a un concejal perdido en alguna comuna de Formosa o Tierra del Fuego. Ella eligió a Boudou. Ella hizo candidatos a Aníbal Fernandez y a Daniel Scioli, sólo por su mera voluntad y, cual proclama imperial, ordenó a sus seguidores votarlos como si de una masa aborregada se tratara.

Esa autoestima superlativizada permite, tal vez, contextualizar sus años de discursos revisionistas. Sus autoelogios carentes del más mínimo pudor ni discreción. Desde su "década ganada" a otros eslogans autoreferenciales igualmente célebres (y, digámoslo, también celebrados) que habrían de ir negando la realidad de modo cada vez más notorio, flagrante y peligroso.

Esa realidad se empecinaría en desmentir relato y cifras oficiales por igual, hasta que fue necesario ya no sólo falsear éstas sino esconderlas para sostener a aquel.

Quizás la contradicción más palmaria fue su reivindicación del progresismo de Raúl Alfonsín, pero no desde la posición socialdemócrata y el republicanismo de austeridad casi espartana que cultivara el líder radical, sino desde el mismo populismo que él repudiara con toda su consabida elocuencia.

Ella lo ponderaba a Alfonsín para deshacerse de la simbología peronista que pretendería reemplazar por una simbología kirchnerista (Perón echó a Cámpora del gobierno y a los Montoneros de la Plaza. Ese Perón del 73 fue el que tuvo a su lado a Isabel, a Lastiri y López Rega con sus tres A), pero el padre de la democracia fue no sólo critico de la juventud setentista que eligiera la opción de las armas sino que fue implacable contra el populismo del que opinaba que "es una plaga en cualquier parte. Directamente es -decía- algo sin doctrina, puja de poder, no respeta, crea su propia institucionalidad. La pretensión de elecciones indefinidas, todas esas cosas que no se compadecen para nada con la democracia".

¿Por qué siento yo que en esas palabras de ese Alfonsín que la ex presidenta ponderó hasta el hartazgo hay precisamente una ajustada descripción de su extravío personal y el de su gobierno?

¿Acaso hay también una justificación del triunfo de quien mejor supo encarnar una oposición a lo que terminó representando que no fue precisamente parecerse a Angela Merkel ni haber convertido a Argentina en Alemania, como Cristina declarara en su discurso inaugural? Merkel invitó a Mauricio Macri a visitar su país, gesto que Cristina nunca logró. Después de la muerte del fiscal Nisman su imagen en el exterior terminó de hacerse añicos. El mundo occidental, en el que Cristina buscaba mirarse antes de que sólo le quedara el venezolano Nicolás Maduro de aliado incondicional, no entiende que un fiscal que denuncia a un presidente aparezca muerto horas antes de dar a conocer las pruebas que decía tener.

Pero antes de ello ya teníamos las inauguraciones de obras varias veces superpuestas a modo de "deja vu", un desempleo disimulado por estadísticas fraguadas, pobreza negada, subnutrición y desnutrición en el país productor de alimentos, el narcotráfico afincándose para quedarse para siempre...

Los "pibes" sintiéndose dueños de todo, atropellando, irónicos y burlones frente al esfuerzo del trabajo, el empeño y la disciplina, ante el que no piensa igual, aprendiendo a reclamar derechos pero lamentablemente no a asumir obligaciones en la misma proporción.

Inclusión. El gobierno anterior no creó conciencia de clase, sino que inculcó con su prédica que la inclusión es la mera exigencia de derechos y repartos oscuros. Es decir, masificó. Nada nuevo. La vieja y siempre vigente receta del populismo. Ese del que renegara el Alfonsín venerado por Cristina. ¡Que contradicción!

Los asalariados y los jubilados soportaron descuentos en sus ingresos bajo el rótulo "Ganancias", desde ya regresivo, que si bien existen en la mayoría de los países, no recaen sobre los más vulnerables económicamente. Los fondos de la seguridad social tienen como fin primordial garantizar un retiro jubilatorio digno. Es verdad que también en la mayoría de los países el dinero de la seguridad social se trata de una masa crítica al que se le hace producir dividendos para solventar planes sociales.Pero como de pobreza no se hablaba porque el gobierno ni siquiera la medía tampoco podía aceptar que la inseguridad fuese algo más que un invento de los medios de prensa en sus campañas de oposición.

Riquezas. Este argumento lo usó mucho el kirchnerismo y coincido plenamente con él, sino fuera porque la familia presidencial y sus cortesanos se enriquecieron escandalosamente y no pueden explicar el origen de sus riquezas. Entonces la entierran o, lo que es tal vez peor, reflotan la teoría de los dos demonios de la que tanto abjuraron. Así robar el dinero público estaría justificado por el bochornoso incidente del actual presidente y de algunos de los tecnócratas que lo secundan de poseer fondos en paraísos fiscales. De modo tal que se terminaría justificando el delito del robo por el delito de la evasión y todos delinquiendo felices por igual.

Bill Gates puede decir que su fortuna creció 43 veces en 20 años porque creó un imperio informático. La fortuna que declara legalmente la familia Kirchner creció 45 veces en 15 años sin que tuvieran tiempo de crear una empresa rentable porque todo ese tiempo fueron funcionarios públicos. Ya sea en su provincia o en el país, con sueldos altos pero asalariados al fin. Es decir, sin que exista posibilidad de que hubieren podido acumular lo que tienen. Aunque la ex presidente decía que "no fue magia", en el caso de su patrimonio se parece y mucho. Y hay que creer o reventar dado que el hoy ex juez Oyarbide juzgó que "no hubo" enriquecimiento ilícito.

La República. Sin abrir juicio sobre lo que pasa hoy en que una plutocracia parecería haber reemplazado a una cleptocracia que deberá ser motivo de otro análisis y, además, recién lleva 6 meses de gestión, la alternancia gubernamental propicia el equilibrio de la República. Es muy difícil poder cooptar en apenas cuatro años a todos los poderes en beneficio propio.

En el 2013, la astilla del propio palo que se clava en el corazón del kirchnerismo se llama Sergio Masa que le hace perder más del 20 por ciento de los votos propios y se convierte en el inhumador del anhelo reeleccionista que los incondicionales definieron como el proyecto "Cristina eterna". Fue el comienzo del plano inclinado.

Para colmo, ese mismo año, el cardenal al que le negó 14 audiencias fue elegido Papa. Peor no podrían haber resultado las cosas. El laicismo macrista y el liberalismo político de los radicales terminaría asustando más a Francisco que todos los crepitantes epítetos de manifiesta enemistad que incluyó la bienvenida que el kirchnerismo le diera a su ascensión al trono petreo, que olvidó rápidamente, aunque todos debieron ir a besarle el anillo. Cristina varias veces.

Triste declinación. Ahora, por confesión propia de su reciente publicación en una red social nos enteramos, que la dama era (no virtuosa, claro) ingenua: no sabía que sus funcionarios de trato diario, como López, eran unos ladrones del primero al último.

De aquella dama que insufló el aliento vital a su indeciso hombre y a un proyecto que logró dominar a todo un país y arrastrar detrás de sí a miles de conciudadanos, manejó con guante de hierro a la Nación por casi una década, hoy todos dicen -los suyos entre los primeros- que se quedó sin aire y respira con dificultad.

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