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Domingo 10 de Julio de 2016

"Ahora quiero sanar, aún no tengo tiempo para el enojo"

Recibió dos balazos y vivió un infierno durante un año. Andrea Benítez fue atacada por delincuentes en el parque Scalabrini Ortiz a las siete de la tarde cuando entrenaba con su grupo de running. No hay nadie preso y tampoco recibió ayuda oficial. Su historia.

Hay una luz tenue que entra por la ventana, un lindo aroma y mucho silencio en la casa de Andrea Benítez. Afuera, algunos bocinazos interrumpen cada tanto la armonía. Hace frío en Rosario. Ella invita un café bien caliente y una galletita de chocolate. "Un bocadito dulce siempre viene bien", dice con una sonrisa apenas perceptible. Y enseguida baja la mirada. Ahora, sentada en su escritorio —rodeada de pergaminos que documentan su formación como contadora— levanta la vista y confirma que está decidida a hablar públicamente por primera vez.

Sabe que va a ser duro pero necesita hacerlo. Poner en palabras lo que le pasó hace un año, y todo lo que vino después durante esos meses en los que su vida, tal cual como la conocía, quedó en suspenso. Ese tiempo en el que sólo hubo lugar para una cosa: sobrevivir.

El 29 de mayo de 2015 Andrea cumplía con su rutina de running en el parque Scalabrini Ortiz, frente al shopping Alto Rosario, sin imaginar que un rato después enfrentaría a la muerte.

Desde hacía tres años entrenaba con un grupo de running (nunca antes había corrido). Diariamente, entre las 18 y las 20, se reunía con ellos en una de las esquinas —allí donde comienza el barrio Inglés— para recibir las indicaciones del profesor Gorosito y empezar la práctica.

Los logros obtenidos en esos años le habían permitido, dos semanas antes, participar del exigente Raid de los Andes, por eso, ese día, en pleno período de regeneración física, Andrea regresó antes que el resto al punto de encuentro. La torre de luz que iluminaba ese vértice del parque estaba apagada, tal vez rota. Por eso sintió un poco de miedo, pero como vio que los más rápidos del grupo ya estaban volviendo, avanzó y se puso a elongar junto a otros dos muchachos.

Algunos minutos después una de las compañeras se acercó hablando por celular. La chica estaba parada detrás de Andrea cuando un muchacho intentó arrebatarle el teléfono.

Eran dos pibes. El otro esperaba en una motito a pocos metros. "Fue todo muy rápido. Me di vuelta al escuchar que forcejeaban y lo único que hice, por instinto, fue incorporarme porque estaba en el piso. Recuerdo haber querido salir de ahí. Y después los disparos. Dicen que fueron tres, uno al aire... los otros dos me dieron de lleno en el lado izquierdo del cuerpo. Algunos testigos mencionan que dispararon ambos muchachos al mismo tiempo, uno de adelante, el otro de atrás".

Una gran explosión, como un rompeportones que le estalló encima y la dejó completamente aturdida, sorda. Así recuerda el instante de los impactos. Enseguida las manos bañadas en sangre y la sensación de perder la estabilidad. En pocos minutos estaba rodeada de gente. Corrieron todos hacia ella. Uno de los deportistas —del que no recuerda su nombre pero al que le está eternamente agradecida— y otro de los chicos, que es guardavidas, le dieron los primeros auxilios y la mantuvieron despierta.

La policía llegó rápido pero no permitió que la subieran a un auto para acercarla a un sanatorio. Había que esperar a la ambulancia del Sies, como indica el protocolo en estos casos. Pero la asistencia llegó casi 40 minutos después. Ella, consciente, daba instrucciones para que les avisaran a sus hijos, dos jóvenes de 20 y 23 años. "La espera se me hizo eterna. La ambulancia no tenía ningún tipo de recursos. Sólo me pusieron en una tabla de inmovilización y me subieron. Una amiga fue conmigo en la parte de atrás. No recibí ni suero, ni compresiones. Nada de nada".

El trayecto hasta el Heca fue tremendo. Cada pozo que el vehículo agarraba era un latigazo en el abdomen de Andrea. El dolor empezó a hacerse insoportable. Pocas cuadras antes de llegar, la ambulancia chocó contra algo y frenó de una manera tan brusca que su cuerpo se desplazó con fuerza hacia atrás. Dio con la cabeza contra el fondo. El hematoma que le quedó de ese incidente se convirtió tiempo después en un problema serio, uno más de los que tuvo que enfrentar durante casi un año en el que fue sometida a incontables intervenciones quirúrgicas. La primera allí en el hospital de emergencias donde le extirparon un riñón e intentaron reparar algunas de las lesiones más graves que le dejaron los dos balazos.


"En la ambulancia le decía a mi amiga que no me quería morir. Nunca antes había sentido eso, miedo a la muerte"

"Me ingresaron al Heca. Había un montón de médicos que me preguntaban cosas, quién era, cuántos años tenía. Después me llevaron a una sala donde había un tomógrafo. A partir de ese momento sólo tengo imágenes borrosas. Mi familia pidió el traslado a un sanatorio así que estuve unos días en terapia intensiva y luego me pasaron a una sala común. Esa era la condición para que pudiera irme. De ese día —en el que tuve cierta lucidez— me acuerdo de mis hijos. Verlos a ellos fue mi gran envión".

"¿Tuviste miedo?". "Sí, en la ambulancia le decía a mi amiga que no me quería morir; nunca antes había sentido eso, miedo a la muerte".

Hace una pausa larga. Sus ojos verdes también evocan, y se inundan. "Perdoname, es que recién estoy empezando a tomar conciencia de todo lo que pasó en este último año. Conciencia del dolor, de los dolores físicos que fueron muchísimos y de los otros, los del alma. Los míos y los de ellos. Sí, me acuerdo de mi papá, un hombre grande, devastado, al lado de mi cama. De la mirada de mi madre intentando ser fuerte. Eso es lo que me da más bronca".

El enojo apenas aparece durante la extensa charla. Andrea no habla ni de venganza ni de odio. Casi no se queja. "¿No tenés ganas de putear?", pregunto. Me dice que no con la cabeza, y después menciona con voz suave que está triste, muy triste. "Fue un año de estar enfocada en vivir, un año de sanar tantas cosas. Capaz que ahora que estoy en pie empiezo a sentir rabia. Mis hijos están muy enojados, y verlos así duele".

Sí tiene espacio para el reclamo a las autoridades, las provinciales y las municipales. Primero por la inseguridad y la desprotección que la sometieron a dos delincuentes sin piedad que le tiraron a matar y que la empujaron a un calvario. Andrea pasó más de ocho meses internada y dos meses más con internación domiciliaria, tuvo que aprender de nuevo a caminar y a escribir. Durante todo ese lapso bajó 20 kilos, no podía comer porque tenía alimentación parenteral debido a las heridas intestinales. Aún sigue en rehabilitación.

También reclama "porque no recibí ninguna asistencia a la víctima". No hubo apoyo ni económico ni contención emocional. Sólo un funcionario provincial que pasó por el sanatorio y dejó una tarjeta "por si en algún momento necesitan algo".

"Uno de mis hijos inició al tiempo una demanda para que le otorguen un subsidio porque nadie respondía a sus pedidos. Seis meses después empezó a cobrar algo, mínimo, pero que es de mucha ayuda. Parece que si tenés obra social el Estado se lava las manos. Te descuidan una vez más. Se llenan la boca hablando de los recursos para asistir a personas víctimas de la inseguridad, pero parece que es mejor morirte porque si quedás vivo nadie te da una mano".

Lo dice sin alzar la voz, lo dice llorando. Andrea está separada desde que sus hijos son pequeños. Es sostén de familia. Los chicos estudian en la universidad. Ella es contadora pero trabaja por cuenta propia, así que desde aquel 29 de mayo a su casa no entra un peso. "Doy gracias a Dios que tengo a mis padres, mi hermano, que coseché muchos amigos maravillosos que pudieron ayudarme, pero ¿qué pasa si no tenés a quien recurrir? No quiero ni pensarlo".

De la causa judicial no tiene noticias. Nunca la llamaron a declarar. No sabe quiénes la balearon aunque en ese lugar las cámaras grabaron todo. Pero jura que aunque es inaceptable que los agresores estén sueltos prefiere no saber.


"Soportó semanas con respirador artificial y luego traqueotomía. Se necesitaron 180 dadores de sangre. Por momentos ni la morfina podía con sus dolores"

Esos días

Después de la internación en el Heca fue trasladada al Sanatorio de la Mujer. "Allí me recibieron y me salvaron la vida. Ya en la primera tomografía detectaron que había muchas heridas internas. En ese momento entré en coma. Me cuentan que me operaban a cada rato. Que entraba y salía del quirófano. El cirujano, Gustavo Marcucci, y su equipo, tuvieron que tomar muchas decisiones difíciles, vitales. Mis hijos iban cada día a esperar un parte médico. No sabían si iba a vivir".

Andrea recuperó la conciencia recién el 17 de julio, más de un mes después. "Ese espacio está en blanco, pero nunca olvidé el motivo por el que estaba internada".

Soportó semanas con un respirador artificial y después tuvieron que hacerle una traqueotomía que le dejó su marca imborrable. Fueron días y días sin poder hablar. "Esperaba con desesperación el momento en que venían a verme a mis hijos, pero no podía decirles nada. Y mi hermano, pobre ... Cuando lo vi a él supe que ellos estaban cuidados, que mis papás también. Tuve tanto tiempo para pensar, tanto. Hubo demasiado sufrimiento, mío y de todos".


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Una amiga, de las muchas que se turnaban para cuidarla (uno de sus hijos coordinaba los horarios semana tras semana), había plastificado las letras del abecedario para que ella pudiera señalarlas y así expresarse. Pero al principio ni siquiera tenía fuerzas para levantar los brazos.

"El dolor se calmaba con morfina, pero no alcanzaba. Los médicos me explicaban que las dosis eran las que podían ponerme. Pero hubo momentos en los que no daba más. Por suerte todos me contuvieron mucho, las enfermeras, los clínicos, los especialistas. Fueron meses en los que ese lugar se convirtió en mi casa. En esa cama volví a sentarme de nuevo. Primero unos minutos, después otro poquito. Comencé a caminar con ayuda de los kinesiólogos que religiosamente venían dos veces al día a trabajar en mi recuperación motora. Tanto me cuidaron que cuando me dijeron que era hora de volver a casa para seguir con la atención domiciliaria yo no quería. Estaba muerta de miedo. ¿Y si me pasaba algo y no estaban ellos para socorrerme? Tuvieron que sostenerme mucho para que yo pudiera iniciar esa nueva etapa".

En el período de internación, en esos interminables ocho meses, pasó más de seis con un drenaje en el abdomen, un sistema aspirador muy delicado que requiere cuidados extremos. Se necesitaron 180 dadores de sangre para que pudiera superar las operaciones. Perdió un riñón, parte del colon y del intestino, el bazo. Tuvo además ileostomía y ano contra natura. Esos padecimientos, tan difíciles de tolerar, se terminaron recién hace muy poco, y dejaron enormes cicatrices.

El poder del amor

Mientras muestra las estampitas, cartas y mensajes que le llegaron durante esa etapa tan crítica —y a los que puso en una especie de altar en su casa— cuenta que una de las cosas que más la angustian hoy es haber perdido su ritmo habitual. "Estoy recuperando algo, pero es muy de a poco. Ya puedo caminar varias cuadras y estoy empezando a trabajar. Es un momento bravo a nivel económico y no es sencillo que aparezcan clientes nuevos. Ese es un tema que empezó a preocuparme mucho".

Interrumpe el relato y se queda mirando con detenimiento cada uno de los recuerdos. Las fotos de un maratón cuando amigos y conocidos corrieron con remeras con la inscripción "Fuerza Andrea"; el rosario de perlas blancas (uno de los muchos que le enviaron) y que tiene colgado como símbolo de la fe que la acompañó tanto. Y también las fotos del pasado. Ella recibiendo su diploma de contadora. Ella con sus hijos cuando eran pequeños. Ella con la medalla que le dieron en el Raid de los Andes en Jujuy cuando corrió por última vez. Ella con su pelo larguísimo, el que perdió cuando tuvieron que pelarla por una escara inmensa que se formó alrededor del hematoma que se hizo en la ambulancia. "¿Ves? Esta era yo".

Después de la entrevista entro a Facebook, al perfil de Andrea. "Ahí hay fotos con las remeras que hicieron para darme fuerzas, y cosas lindas que me escribieron", me anticipa.


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"Andrea hace un gesto con la cabeza, como diciendo que sí, que ya está, que pudo y que va a poder más todavía. Llora, pero sostiene alta la mirada"

Me detengo especialmente en una foto. Es del 12 de mayo de 2015, dos semanas antes de que la agredieran. En ropa deportiva y sosteniendo una medalla ella sonríe. Se la ve feliz. El texto que acompaña esa imagen dice: "Muchas gracias Juan Domingo Gorosito por confiar en mí, más allá del entrenamiento especial que me brindaste y tu generosidad para enseñarme de cero, fue también el preparar mi mente y corazón para no dejarme vencer. La montaña me intimidaba, pero seguí. Gracias compañeras y compañeros de Rosario Calle y Pista. Gracias Irma Quiroz que tan bien acompañás en todooooo. Gustavo Pérez, gracias a vos por el envión y aliento a seguir adelante con mi sueño. Y a mis compañeras de vida Peque Universo y Patricia Ferrarassi que me cuidaron cuando creía que no podía más.... Juntos la vida es más fácil. Mi objetivo era llegar ¡y lo logré!".

Preparar la mente y el corazón. Confiar. No dejarse vencer y agradecer a los amigos que sostienen cuando uno cree que no puede más.


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Andrea Benítez, en una selfie poco antes de enfrentar a la muerte.
Andrea Benítez, en una selfie poco antes de enfrentar a la muerte.

De regreso

"¿Volviste al parque donde te atacaron?". Se queda pensando. Su silencio retumba en esa casa en silencio. Después dice que no, que aún no. Pero que, quién sabe, tal vez sea momento de regresar, de enfrentar también eso.

Le propongo acompañarla. Así que unos días después, con Silvina Salinas —la fotógrafa— pasamos a buscarla. Es otra tarde gris que se vuelve helada cuando llegamos al Scalabrini Ortiz. Le pregunto una vez más si quiere bajar del auto. Abre la puerta del remís con una seguridad que me sorprende. Me quedo atrás y la veo alejarse lentamente hasta el sitio exacto en que un año atrás cayó bañada en sangre.

Andrea aprieta los labios... hay un gesto que repite con la cabeza, como diciendo que sí, que ya está, que pudo y que va a poder todavía más. Llora pero sostiene alta la mirada mientras el viento se arremolina en esa esquina como queriendo llevarse los malos recuerdos. Entonces sí, ya es hora de volver.


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Caminando por primera vez en el parque donde recibió dos balazos.
Caminando por primera vez en el parque donde recibió dos balazos.

Agradecer

"A mi familia. A mis amigos y amigas. Al Consejo Profesional de Ciencias Económicas, cuya obra social cubrió cada uno de los gastos de la internación. A los médicos Gustavo Marcucci, Cecilia Maciel, Pablo Trabachino, Andrea Trepat, Dino Moretti y al licenciado en kinesiología Sebastián Radimak y su equipo. Gracias a todos y cada uno de los que me ayudaron a ponerme de pie"

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