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Miércoles 16 de Abril de 2008

Aguirre

Un verdadero escritor siempre tiene algo de Quijote. Es capaz de aguantárselas solo si hace falta. Y hará lo que debe hacer aunque nadie lo aplauda ni palmee. No es un agente literario ni un experto en marketing ni un blando: no le importan las ventas, las críticas y mucho menos las listas de best sellers.

Un verdadero escritor siempre tiene algo de Quijote. Es capaz de aguantárselas solo si hace falta. Y hará lo que debe hacer aunque nadie lo aplauda ni palmee. No es un agente literario ni un experto en marketing ni un blando: no le importan las ventas, las críticas y mucho menos las listas de best sellers.

En Argentina esta especie ya no abunda. Entre capillas elitistas, profesionales de la grisura y camaleones que cambian todo excepto su capacidad para aburrir, gran parte de lo mejor debe ser buscada en el pasado.

Raúl Gustavo Aguirre fue uno de esos tipos de los cuales se justifica estar orgulloso. Pero primero, claro, hay que conocerlo. Hoy soslayado o simplemente ninguneado, su talento era equiparable a su generosidad y su ética. Su obra poética, hermanada con las búsquedas del surrealismo, tiene gran hondura. Pero también merece ser recordado como el director de una gran revista, “Poesía Buenos Aires”, y por su fecundo trabajo en un oficio tan humilde como necesario: el de traductor.

Gracias a él muchos pudimos leer en versiones sensacionales lo mejor de la poesía francesa de los siglos diecinueve y veinte. Yo atesoro con especial cariño una antología de tapas grises publicada por Fausto y que a principios de los años ochenta transpiré como un loco para conseguir. (Después cometí el error de prestársela a un amor de aquellos años que me la devolvió en estado ruinoso, pero al menos me la devolvió).

Ahí va una muestra de la belleza que acecha en casi cualquier página de ese libro:

Fidelidad

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, todos pueden hablarle. Ella no recuerda ya: ¿quién en verdad la amó?

Busca su igual en el ruego de las miradas. El espacio que recorre es mi fidelidad. Dibuja la esperanza y suavemente la despide. Es decisiva sin que tenga que ver en ello.

Yo vivo en su profundidad como un despojo feliz. Sin que lo sepa, mi soledad es su tesoro. En el gran meridiano donde se inscribe su vuelo, mi libertad lo excava.

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, todos pueden hablarle. Ella no recuerda ya: ¿quién en verdad la amó y la sostiene desde lejos para que no se caiga?

René Char, Fureur et Mystère (1948)

Raúl nació en 1927 y murió, demasiado joven, en 1983.

No será olvidado.

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