Edición Impresa
Domingo 26 de Diciembre de 2010

Agendas

Son diez en total. Ahora que me compré una nueva, la de 2011, espiralada, con manchas amarillas con otras en dos tonos de grises; ahora que reedito el olor a papel nuevo que sentía cuando me compraba un cuaderno único para la escuela, hojeo las agendas de mi última década.

Son diez en total. Ahora que me compré una nueva, la de 2011, espiralada, con manchas amarillas con otras en dos tonos de grises; ahora que reedito el olor a papel nuevo que sentía cuando me compraba un cuaderno único para la escuela, hojeo las agendas de mi última década. Las acabo de sacar del archivo donde las guardo junto a todo tipo de anotadores y libretitas de viaje. Las ordeno en hilera, una al lado de la otra, tomo distancia y las miro como a un todo. Les hago un homenaje a estos cuadernitos inservibles para muchos, pero que al fin y al cabo almacenan mi vida. Me pregunto por qué comencé a guardar estas alguna vez. No lo sé, pero me alegro de haberlo hecho. Las agendas, todas de papel sin excepción, son el texto más fiel y masoquista que poseo: me acompañan todo el año, las trate como las trate.
Las llevo abrazadas, las aplasto bajo otros papeles, libros y revistas, las descuido, las olvido, las escribo completamente; las rayo, subrayo y resalto con fibrón flúo, las pegoteo con papelitos amarillos, las deshojo, garabateo; las lleno de papeles, boletas, las emparcho con cinta scotch, las aprieto con clips y ganchos de metal. Al cabo de un año, con total éxito, las convierto en algo impresentable; un verdadero asco. Pero justamente porque las aporreo las quiero, es más, las amo: las necesito. Son mi profana biografía, la muestra más cabal de mis obsesiones. Todo está ahí: lo que debo comprar, pagar, cobrar y lo vencido, los cumpleaños a recordar, los períodos menstruales y las citas. Las horas y los días (5 de marzo de 2003, “operaran a Laura”, escribí, y debajo de la leyenda pegué un objeto adhesivo que mi amiga tuvo en su cuerpo en el quirófano y que me regaló como souvenir, como celebración). Todo, los proyectos domésticos y laborales, lo que empezó y lo que se acabó, los teléfonos y direcciones que traspaso año a año y los de quienes ya no llamaré ni visitaré más.
Allí están los libros que presté, los que debo devolver, los que quiero leer, las películas que deseo ver, las frases e imágenes que compilé porque sí o para escribir algo alguna vez. Están los acontecimientos que no quiero borrar (“Joaco dejó el pañal”, la epopeya de un sobrino). Y los sueños. En todas ellas anoté sueños, para no olvidarlos y llevarlos a análisis. También estampé retazos de sesiones en las que lloré, en las que cerré cosas, en las que abrí otras. Cuestiones que nunca aprendí a manejar o a soportar, que pude ver o entender o me pude perdonar.
Las hojas de mis agendas están llenas de círculos remarcados una y otra vez y de tachaduras y tildes. Me da un placer exquisito remarcar lo hecho, lo logrado.
Las hay oficio, formales, de cuero y negras como el año vivido. Así son las de 2001 y 2002, oriundas de Chile, un presente de un viejo amor. La de 2003, de una cubierta azul verdoso que todavía me seduce. 2004, más pequeña, de un aburridísimo color té con leche que no entiendo aún cómo pude regalarme. Las de 2005 y 2006, con espiral, rayaditas, de colores. 2007, verde musgo, seria, pero con una hermosa acuarela de una farola de luz de San Sebastián que me dedicaron. 2008, anaranjada, regalo de Carlita y escrita irónicamente por ella que sabía de mi relación fóbica con mis registros y anotaciones. 2009, chiquita como un misal. 2010, “Agenda de la huertera y del huertero. Bicentenario de la patria”, se lee en la tapa. Un obsequio del área de Agricultura Urbana del municipio que nos llega a muchos periodistas al diario; una agenda cuadradita, con cómodas solapas para guardar papelitos, con calendario agricultor, poesías, recetas y todo lo que hay que sembrar: cómo y cuando. Maravillosa. Aunque debo confesar que nunca en el año planté ni cociné nada de lo que ahí se sugiere. Al frente y al reverso le pegué dos calcos del colectivo Las Juanas contra el consumo de prostitución: “Sin clientes no hay trata”, reza la frase que queda como testimonio de un año tan especial donde el debate por la sexualidad y su diversidad fue parte de la agenda pública. Un año más, para agendar.

Comentarios