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Martes 18 de Marzo de 2008

Aficionados

Alguien decide eliminar a un sindicalista -a uno importante, cercano al más importante de todos, a su cajero- y le paga a un sujeto para que lo mate. El sicario cumple, desaparece, permanece prófugo y un tiempo después la policía encuentra su escondite. Va preso y entonces habla. Habla pese a que su abogado...

Alguien decide eliminar a un sindicalista —a uno importante, cercano al más importante de todos, a su cajero— y le paga a un sujeto para que lo mate. El sicario cumple, desaparece, permanece prófugo y un tiempo después la policía encuentra su escondite. Va preso y entonces habla. Habla pese a que su abogado le aconseja que no lo haga. Cuenta cuánto le ofrecieron y cuánto llegaron a pagarle, da nombres o apodos, revela que a uno de los tipos con los que preparó el crimen cargó el féretro del gremialista al que él mismo mató a cara descubierta, ante la vista de testigos, a las siete de la mañana y en pleno centro de una ciudad.

Si lo que cuenta el reo Raúl Flores es cierto, está claro que todos o casi todos los que intervinieron en la planificación y ejecución del asesinato de Abel Beroiz son aficionados. Empezando por él, por el asesino, al que quizás la palabra sicario le quede grande, tratándose —como se trata— de un delincuente de poca monta, un ladrón al que tentaron con dinero para que hiciera un trabajo que le quedó grande desde el principio. 

No es raro que Flores, ese muchacho enamorado (los asesinos también se enamoran, por qué no) que de vez en cuando abandonaba su escondite en una lejana ciudad del norte de la provincia para visitar a la mujer que dejó en Rosario, haya terminado preso. No es un asesino profesional sino uno improvisado, un criminal de ocasión. Resulta llamativa en cambio la ingenuidad de quienes supuestamente lo contrataron, si es que su relato es verídico.

¿Acaso creyeron que ese muchacho torpe al que le prometieron 80 mil pesos nunca caería? ¿Acaso pensaron que en caso de que lo atraparan no los delataría? ¿Acaso habían planeado eliminarlo y por alguna razón no pudieron? ¿Fueron tan aficionados como Flores para mostrarle sus rostros, permitirle que escuchara sus nombres y apodos, darle la posibilidad de que al día siguiente de que le metiera tres tiros a Beroiz viera a uno de ellos en las fotos de los diarios?

Parece increíble que un crimen por encargo haya sido pensado y ejecutado con tanta torpeza, tanto que es difícil no pensar en que hay más gente involucrada, personas a las que Flores probablemente no conoce y por eso no menciona en su sorprendente confesión judicial.

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