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Domingo 29 de Noviembre de 2015

Ada Lovelace, la romántica creadora del primer programa de computación

Es uno de los aspectos poco conocidos de la apasionante vida de la hija de Lord Byron, una talentosa especialista en matemática.

Las computadoras, se sabe, están hechas de un hardware —que es la parte física, palpable— y de un software, o programa, mediante el cual se ejecutan las órdenes y todo funciona maravillosamente, por lo general. La era de las computadoras comenzó para todo público a fines de los años 70, aunque reconoce antecedentes ilustres durante la Segunda Guerra Mundial, y antes también. La universalización (una persona, una PC o similar) fue una idea de un tal William Henry Gates, alias Bill, que arrancó hacia 1980. Todo muy reciente. Lo increíble, lo que se conoce poco, es que el primer programa de computación, el primer software como tal, fue pensado en las décadas del 30 y 40 ¡del 1800! Cuando ni siquiera el abuelo del abuelo de Steve Jobs había nacido (probablemente en Siria, dicho sea de paso).
  Y ese programa fue, como muchas cosas en este mundo, casi más producto del azar que de la necesidad. Lo hizo una joven dama, Augusta Ada King, condesa de Lovelace (a partir de ahora, Ada Lovelace), en unas notas al pie de una traducción que le había encargado su amigo Charles Babbage, un profesor universitario e inventor que quería leer en inglés unos apuntes de un italiano (Luigi Menabrea) que escribía en francés. Todo enrevesado y poco lineal, pero así fueron las cosas.
  Lo que hizo Ada fue traducir ese material técnico, al que decidió agregarle algunas notas, a manera de comentarios, con cierta modestia (que no solía tener porque era bien consciente de su talento). En una de esas notas al pie casi sin darse cuenta agregó un método para que la máquina hiciera ciertas cuentas: ese fue el primer programa de computación porque se trataba de un método detallado para calcular una sucesión de números racionales, llamados números de Bernouilli. Además, explicaba cómo hacer para que las tarjetas perforadas en las que estaba la información fueran leídas una y otra vez, como en un loop, y demás instrucciones para operarla.
  Pero, ¿qué hacía una británica del siglo XIX sentando las bases de una ciencia/disciplina que emergería cabalmente más de cien años después, en parte gracias a estos esfuerzos pioneros? Lo que sigue en esta nota es la breve y turbulenta historia –en varios sentidos– de Ada Lovelace. Porque además de ser una genia matemática (“hechicera de los números”, la llamó Babbage, entre la admiración y la lisonja), Ada tuvo una vida, digamos, movidita.
  Resulta que era la hija del célebre Lord Byron, aquel poeta inglés romántico aún hoy leído y reivindicado como uno de los grandes de su lengua, que viajó por el continente europeo y murió en Grecia, a donde había ido a pelear por la independencia de ese país respecto del imperio otomano. Byron apenas conoció a su hija, pero ambas vidas son como espejos distorsionados; murieron con 36 años luego de probar todo lo que puede ser excitante y en ocasiones prohibido, y fueron enterrados uno junto al otro en la iglesia de Santa María Magdalena, en Nottingham, al norte de Londres. Aunque no se conoce afición de Byron por los números, esa relación que se quiso impedir entre Ada y Byron merecería un estudio en profundidad respecto de herencias, aprendizajes y el retorno de lo reprimido.
  ¿Por qué? Porque Ada quedó en medio de un juego que su madre, Anne Milbanke, decidió jugar: enojada mortalmente con su fugaz esposo poeta (se casaron en enero de 1815 y se separaron en enero de 1816) buscó con desesperación y estrategia que su hija no tuviera rastro alguno del libertinaje contumaz en que vivía Mr. Byron. Y planificó una educación en extremo racionalista, lo más racionalista que se le ocurría para apaciguar —creía— los posibles genes románticos. Contrató los mejores instructores de matemática, astronomía, álgebra y lógica; la instó a aprender a tocar el violín y el piano. Y los fines de semana la paseaba hasta las incipientes fábricas británicas para contarle un nuevo modo de producción y una nueva clase social, industrial y obrera. Todo lo cual funcionó muy bien, en cierto sentido: Ada Lovelace dominó la matemática como pocas.
  Lo curioso es que la tendencia expansiva y extrovertida a Ada le salía por los poros; por eso, su vida fue algo así como una versión dieciochesca de lo que más de cien años después sería conocido como la trinidad de sexo, drogas y rock and roll. Ada vivió esas escasas cuatro décadas con muy mala salud: tuvo desde paperas hasta problemas cardíacos, desde migrañas hasta reumas incapacitantes; murió por un cáncer (mal) tratado con sangrías. Ahí, en medio de ese torbellino de enfermedades y decisiones pasionales, es que conoce a Babbage, otro hombre inquieto, que construía o pensaba construir lo que llamaba “máquina analítica” (protocomputadora prediluviana) y la trama empieza.
  Esa colección de cosas en apariencia tan divergentes fue Ada Lovelace, de cuyo nacimiento se cumplen doscientos años este 10 de diciembre. Desde hace seis años (apenas seis) hacia octubre, un día sin definir, se festeja en varios lugares del mundo el “Ada Lovelace Day” con la intención de hacer visibles los trabajos de las mujeres en las disciplinas tecnológicas, ya que el porcentaje de ellas suele ser todavía menor incluso que en otras ciencias. Ahí está Ada, como para demostrar que es posible que las mujeres ocupen esos y otros espacios, por más que su singularísima historia pueda hacer pensar lo contrario.

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