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Domingo 28 de Junio de 2015

ACV: el agresor que no respeta edades

Aunque no es frecuente, el accidente cerebrovascular puede afectar a bebés, niños, adolescentes y jóvenes. Los síntomas a tener en cuenta. Las causas de una dolencia que advertida a tiempo puede tener tratamiento.

El 15 de mayo de 2010 la cabeza de Gustavo Cerati se convirtió en un revólver. Una isquemia, que actuó como un disparo para sus arterias cerebrales, le produjo en un primer momento dificultades para hablar y expresarse, a lo que siguió un profundo desvanecimiento. Cuatro años después, sin haber recuperado la conciencia, llegó el final para el gigante dormido, como lo describió el Flaco Spinetta.

Desde entonces los argentinos, muchos, empezaron a comprender que las personas jóvenes (Cerati tenía 51 en el momento del episodio) también pueden ser víctimas de un ACV. Así lo confirman los clínicos, los neurólogos y los médicos de guardia que dicen que el impacto de lo que le pasó a Cerati fue tan grande que muchas personas empezaron a familiarizarse con los síntomas y los factores de riesgo del ACV. Pero el nivel de concientización sobre las causas, las señales y las consecuencias del ataque cerebral aún no es suficiente. Incluso son pocos los que saben que también puede producirse en bebés, niños y adolescentes.

Si bien la frecuencia es baja en estos grupos — en Rosario, por ejemplo, atienden a unos 30 chicos al año en el Hospital Vilela por este problema— es importante conocer los síntomas y las medidas a tomar en los primeros momentos porque resultan cruciales para una posible recuperación.

A diferencia de lo que pasa con los adultos, en los lactantes o infantes es muy difícil advertir que el niño está en riesgo porque las causas no son los malos hábitos adquiridos sino que, generalmente, el ACV está relacionado a malformaciones cerebrales imperceptibles o algunas enfermedades raras, según lo explicó a este diario el médico neurólogo infantil Santiago Galicchio, del Hospital Vilela.

Por eso, en los más chicos, se detecta cuando aparecen los síntomas que suelen ser intensos (desmayo, convulsiones, pérdida del contacto visual). Ante estas manifestaciones es imprescindible ir a una guardia de manera urgente, detalló el neurólogo.

Una muestra más de que hay poco conocimiento en la población sobre el ACV fue la sorpresa que causó una noticia que se repitió durante días a principios de junio. La información llegaba desde Europa y daba cuenta de que Candela Sosa, una chica de apenas 15 años, se encontraba internada en París (donde había viajado a festejar su cumpleaños) a causa de un accidente cerebrovascular. Fue intervenida quirúrgicamente pero murió días después.

No fueron pocos los que se alarmaron ante la posibilidad de que esta dolencia se presente a corta edad. Y aunque la incidencia de los ictus o accidentes cerebrovasculares en los chicos es baja, constituyen una de las 10 causas más frecuentes de mortalidad infantil en el mundo.

Conocer más

Los memoriosos recordarán otro hecho público del 2003 que en su momento tuvo un alto impacto y que tuvo como protagonista a Malena Vázquez, la hija de la actriz María del Carmen Valenzuela y el periodista Pichuqui Mendizábal. La chica, que por entonces tenía 19 años, estaba mirando una película con su novio cuando la sobresaltó un fuerte dolor de cabeza que la desvaneció. Estuvo en coma dos semanas por un ACV hemorrágico y aunque tuvo una asombrosa recuperación en relación a la gravedad del caso, ella misma ha dado cuenta de lo duro que resulta convivir con algunas secuelas de aquel ataque cerebral: dificultades para expresarse o para armar oraciones.
  La periodista científica Alejandra Folgarait, autora de Historias del cerebro, también superó un ataque cerebral a los 11 años. Su relato aparece en el penúltimo capítulo de esa publicación en la que se narran casos curiosos relacionados con la cabeza y sus dolencias. El relato autobiográfico de Folgarait tiene el poder de acercar a los lectores a una enfermedad poco habitual en la niñez pero que tiene un alto impacto en lo personal y lo familiar, y tener más y mejor información sobre este tipo de episodios.
  La falta de conocimiento en la población sobre el ACV (hay estudios que muestran que el 70% no sabe de qué se trata) quedaron plasmadas una vez más en los medios cuando la bailarina Verónica Perdomo —que había sufrido un accidente cerebrovascular a los 30 años— se presentó en el concurso Bailando por un sueño y fue cuestionada por parte del jurado por “exagerar” las secuelas en el habla, tal vez por no saber que el ACV es una enfermedad de jerarquía, siempre grave, más allá de que algunas personas logren una recuperación importante.
  Restablecer las funciones perdidas es muy difícil, y esto corre tanto para ancianos como para adultos y jóvenes. Requiere muchos meses de asistencia por parte de equipos interdisciplinarios y la recuperación casi nunca alcanza al 100%, aunque como no hay enfermedades sino enfermos siempre existen las excepciones.
  La mejor noticia es que hay cada vez más chances de recuperación gracias a los avances en el diagnóstico por imágenes, drogas más efectivas, nuevas técnicas de rehabilitación y también por el hecho de que los médicos están mucho más entrenados para sospecharlo. El gran desafío es que la gente esté más al tanto para prevenirlo, o para actuar sin demoras cuando se presenta.

Manifestaciones

Acudir a una guardia en los primeros momentos del ataque cerebral no es tan frecuente si el problema se da en adultos jóvenes y si las manifestaciones no son tan evidentes. “A veces hay trastornos en el habla o la atención que duran unos pocos segundos o minutos y luego pasan; lo mismo con el dolor repentino de cabeza o un leve adormecimiento de los brazos o piernas”, explican los neurólogos. Reconocer que estas señales pueden ser de un ACV ayuda a buscar asistencia médica en forma rápida y evitar un segundo episodio que suele ser más grave o en ocasiones mortal.
  El aumento del tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad, la diabetes y la hipertensión, que son factores de riesgo del ACV y que se diagnostican a edades cada vez más tempranas, explican parte de un fenómeno que preocupa y mucho. En Estados Unidos las estadísticas ya dieron cuenta de un incremento de episodios cerebrovasculares en poblaciones jóvenes.
  El consumo de drogas ilegales, altos niveles de estrés, y el uso de pastillas anticonceptivas en mujeres que sufren dolores fuertes de cabeza (con aura), aparecen como otros motivos a considerar e investigar.
  En la Argentina no hay números propios que lo certifiquen, pero los especialistas dicen que ven adultos jóvenes con ACV con más frecuencia que décadas atrás. ¿Porque ahora se los detecta más, porque el modo de vida actual impacta en la salud, porque hay más adicciones? Las respuestas están en construcción.
  Vale mencionar que alrededor del 35% de los casos de ACV en jóvenes o en niños tienen causas que nunca logran ser determinadas.
  En Ilar, un centro de rehabilitación de referencia en Rosario y a nivel país, atienden a personas con secuelas de traumas y accidentes o de problemas cerebrales como el ACV y no es raro que haya pacientes de menos de 50 años.

Las imágenes son aliadas del diagnóstico y el tratamiento

“No sé si hay más casos de ACV en personas jóvenes, lo que es seguro es que ahora lo detectamos mucho más y que hay un interés médico y científico creciente en este tipo de dolencias”, reflexionó Jorge Nagel, neurólogo y radiólogo del Grupo Gamma con muchos años de experiencia en el diagnóstico por imágenes de patologías cerebrales.
  “Antes, cuando una persona sufría un aneurisma, se lo trataba pero ni se nos ocurría estudiar a la descendencia, algo que hoy hacemos. Esto nos permite detectar aquellos casos en los que hay una predisposición hereditaria, ¿para qué? porque a ese paciente se lo controla más o se toman medidas para minimizar otros factores de riesgo y así intentar evitar que tenga un problema el día de mañana”, destacó el médico.
  Nagel comentó que hay ciertas enfermedades inmunológicas que pueden aumentar el riesgo, y otras como la vasculitis (una inflamación de los vasos sanguíneos que produce una disminución del flujo vascular) que son factores predisponentes en gente no tan añosa, lo mismo que los traumas de cuello (por giros rápidos) o de cabeza”.
  Además puso el acento en el consumo de drogas ilegales como una causa común entre personas jóvenes que tiene un ataque cerebral. “Esto de ninguna manera quiere decir que alguien de 15, 20 o 30 años que tiene un ACV es porque tiene problemas de adicciones, pero sí que hay casos en los que la adicción a sustancias es la explicación de esa isquemia o hemorragia cerebral”.
  A la hora del diagnóstico el estudio ideal es la angioresonancia con difusión/perfusión que permite registrar el flujo sanguíneo cerebral en un área determinado. “Nos permite ver qué tan dañado está el tejido, si la neurona está dañada, si hay edema o daño en los capilares. Con esta información el médico y el neurocirujano pueden evaluar el mejor tratamiento y su efectividad”, señaló Nagel.
  “Decimos que a cada cual su cerebro, porque no todos tienen ni la misma topografía de las arterias ni la misma forma del polígono (el círculo arterial cerebral), por lo tanto, cuanta más información tengamos mejores serán las decisiones terapéuticas que se tomen”.
  El especialista se refirió además al crecimiento que ha tenido el diagnóstico por imágenes en los hospitales públicos: “En Rosario, en el Centenario, en el Hospital de Niños o el policlínico de Baigorria los pacientes acceden a estos recursos tecnológicos, algo que vale destacar”.
  En relación a las chances de rehabilitación, el médico dijo que han mejorado mucho y en este punto el diagnóstico por imágenes también hace su aporte a través del seguimiento. “Como mensaje final me gustaría decirle a los pacientes y a sus familiares que nunca se den por vencidos, que siempre se pueden encontrar posibilidades de mejoría por pequeñas que sean. La plasticidad neuronal abre nuevas perspectivas de recuperación. Y los médicos estamos al lado del paciente en esta batalla”.

   Vilma Sack, directora médica de la  institución de salud pública, comentó a Más que el 17% de los pacientes que allí se atienden corresponde a hombres y mujeres que no superaron los 50 años, aunque la cifra se mantuvo estable desde 2010.
  Ilar es un centro de atención multidisciplinaria con un fin social que ofrece un tratamiento específico a las personas en las que el ACV dejó sus marcas. El objetivo es devolverles, al menos en parte, las funciones perdidas.
  Sack señaló que aunque no son tantos los casos como en adultos mayores no es raro que lleguen a la entidad hombres y mujeres de 20, 30 o 40 años con secuelas de un ataque cerebral: “Cuando son muy jóvenes las causas suelen ser malformaciones arteriovenosas; después están las consecuencias de la hipertensión, la diabetes, una alimentación inadecuada, el estrés y el consumo de tabaco, alcohol y cocaína y sus derivados como el paco”.
  “A favor de quienes son más jóvenes está el hecho de que tienen mejores chances de recuperación, siempre y cuando la causa no sean las adicciones porque en esos casos hay que tener en cuenta que estamos hablando de una secuela en el cerebro de alguien que ya tiene afectado su cerebro en su totalidad por las drogas”, advirtió la directora, que describió al accidente cerebrovascular como “una enfermedad trágica”.
  Aunque hay opciones de rehabilitación, lograr avances lleva mucho tiempo y los cambios suelen ser lentos. “Los pacientes quedan con secuelas a nivel cognitivo, del lenguaje, de la deglución o en la parte motora. Probablemente esa persona no pueda hacer las mismas cosas que hacía antes del ACV. Es una situación muy angustiosa para el paciente y su entorno familiar, de ansiedad, de impotencia. Es una enfermedad que tiene impacto en lo laboral, lo económico, lo social”, reflexiona, y agrega: “Si la persona vivía sola quizá no pueda recobrar  ese estado de independencia. Otros pierden sus trabajos o no pueden volver a relacionarse del mismo modo, es muy duro”.
  Sack destacó que “somos muy conscientes de todo lo que implica un ACV, por eso ponemos a disposición los conocimientos de los profesionales y la trayectoria de la institución para intentar recuperar al máximo lo que se perdió a nivel de las funciones”.
  “Es un problema que afecta a millones de personas en el mundo pero entendemos que cada paciente es un mundo en sí mismo, que cada cual tiene sus particularidades y a esa individualidad dirigimos los esfuerzos”, agregó.
  Sobre las posibles mejorías, la médica dijo que en personas más jóvenes hay una mayor neuroplasticidad y esa capacidad colabora para que áreas del cerebro no afectadas “apoyen” al área dañada, potenciando los logros.
  El tiempo es un aliado que también impone sus límites. “Así como decimos que es muy importante llegar a tiempo a la guardia médica ante los síntomas también es cierto que en el proceso de rehabilitación los avances más grandes se logran en los primeros seis meses, y hasta el año; después no es que no haya cambios, los hay, pero esos cambios serán más lentos o menos evidentes, y esta es una de las cosas más difíciles de aceptar por parte del paciente o la familia”, añadió.
  “Sabemos que en los próximos años el número de afectados irá creciendo; hay cuestiones genéticas inmodificables, pero la mayoría de estos episodios se produce por malos hábitos adquiridos. Acá vemos situaciones muy tristes, por eso hay que insistir sobre todo entre los jóvenes para que se cuiden, para que no tomen alcohol, no fumen y no se droguen”, puntualizó la directora de Ilar.
Más que un sermón, una verdadera lección a favor de la salud y la vida.

Síntomas y señales para tener en cuenta

El ataque cerebral, conocido como ACV, es una afección causada por la pérdida repentina de flujo sanguíneo en el cerebro (AVC isquémico) o por un sangrado dentro de la cabeza (ACV hemorrágico). Cualquiera de las dos situaciones pueden provocar que las neuronas se debiliten o mueran ya que sin oxígeno las células nerviosas no pueden funcionar. Las partes del cuerpo que son “controladas” por la zona afectada también dejan de funcionar en forma normal por lo que puede verse comprometida el habla, las expresiones faciales, los movimientos de brazos y piernas, la comprensión.
Una investigación realizada por la neuróloga rosarina Guadalupe Bruera, que pertenece a la Sociedad Neurológica Argentina, determinó que el 70% de la población aún no reconoce claramente cuáles son las señales de un ataque cerebral.
Es fundamental que el tratamiento se inicie apenas producido el ACV, por eso es fundamental reconocer los síntomas:
• Falta de sensibilidad, parálisis o debilidad repentina en la cara, brazos, piernas, especialmente de un lado del cuerpo.
• Confusión súbita, problemas repentinos para hablar o para entender.
• Dificultades para caminar. Vértigo, mareos, pérdida del equilibrio o falta de coordinación.
• Dolor de cabeza repentino o de mucha intensidad. . Problema repentino para ver con uno o con los dos ojos.
Estas señales muchas veces aparecen de manera intermitente, o se presentan y se van, como puede suceder con el trastorno del habla que puede durar uno o dos minutos y luego pasa. Por eso es importante consultar a un médico aunque los síntomas hayan pasado, y hacerlo lo antes posible. Las primeras tres horas después del ACV son sumamente importantes para poder iniciar una terapia.

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