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Domingo 20 de Septiembre de 2015

Acordes de la identidad

Ignacio Montoya Carlotto visita Rosario para tocar con su banda y participar en una charla con las Abuelas de Plaza de Mayo.

“Estábamos grabando un disco en 2009 y nos dijeron que quedaba lugar para incluir un tema más. Tenía una melodía que me sonaba a partir de ver la muestra Ausencias, del fotógrafo Gustavo Germano. Así escribí el tema Días de memoria, pensando en el significado del 24 de marzo. Estaba compuesto en tercera persona, pero luego supe qué era lo que me sucedía”, cuenta Ignacio Montoya Carlotto sobre las señales que la música le traía acerca de su identidad, antes de confirmarse —un recordado día— que era nieto nada menos que de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.
“Venimos a Rosario a hacer una charla con Abuelas y un recital”, indica desde Olavarría, su lugar en el mundo. El viernes 25 de septiembre, a las 18, Carlotto participará en la charla “Notas sobre la identidad” en el Centro de Empleados de Comercio, y el día siguiente, a las 21, se presentará en el mismo lugar con el Ignacio Montoya Carlotto Septeto, integrado por Inés Maddio en voz, Valentín Reiners en guitarra, Ingrid Feniger en clarinete, Luz Romero en flauta, Nicolás Hailand en contrabajo y Juan Simón Colo Maddio en batería.
“Traemos temas que acabamos de grabar en un disco, son canciones mías que en parte difundimos en el especial que ofrecimos en la Televisión Pública. Son letras y músicas que responden a una mirada, armada sobre borradores y bocetos de una vista realizada desde el interior del país y que se toman al andar. Hay una cierta ruralidad, somos parte de ese colectivo de gente del interior que viaja a la Capital y que al volver va encontrando su espacio”, cuenta Ignacio.
Sobre esa “ruralidad”, explica que en los pueblos se ve el mundo desde otro lugar: "Respetar el paisaje que vemos es entender el paisaje que somos. Tomando como eje la idea de la canción que cuenta, intentamos también redescubrir en estas músicas algunos paisajes que ahora son inmensos y diversos, y atravesarlos con las mismas vivencias de muchos encarnadas en las nuestras”, indicó Montoya Carlotto una vez, al abrir un espectáculo en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, en la ex Esma.
 En ese mismo predio se sospecha que fue encerrada su madre, Laura Carlotto. Tenía 23 años, estaba embarazada de dos meses y había sido secuestrada en noviembre de 1977 junto a su pareja Walmir Oscar Puño Montoya, ambos militantes de Montoneros.
Fue llevada luego a La Cacha, centro clandestino de La Plata, que funcionaba en la base de la ex planta transmisora de Radio Provincia. Montoya, quien también era músico, fue fusilado poco tiempo después.
El 26 de junio de 1978 nació el niño en un hospital militar y, según testigos que hablaron con ella en ese centro clandestino, le había puesto de nombre Guido, en homenaje a su padre. Sólo pasaron juntos cinco horas. A los dos meses del alumbramiento, fuentes policiales indicaron que Laura había fallecido en una ruta del Gran Buenos Aires, durante un supuesto “enfrentamiento armado”.

El pianito a pilas

El niño creció con el nombre Ignacio Hurban, hasta que el 6 de agosto de 2014 recuperó su identidad. La investigación del caso indica que el bebé habría sido entregado por el empresario agropecuario olavarriense Carlos Francisco Pancho Aguilar a sus peones Clemente y Juana Hurban.
 Hasta hace un año, fue conocido simplemente como Pacho, el “profe” de música. Hoy recuerda: “Viví mi infancia en un campo alejado de la ciudad. No había radio ni luz eléctrica, y se escuchaba poca música. La primera vez que escuché música fue a los 11 años, en un baile. El impacto fue tan grande que eso que estaba sucediendo iba a formar parte de mí para siempre”.
Remarca: “Pedí aprender piano y, como no teníamos electricidad, me compraron un piano Casio a pilas, chiquito. Por el gasto de pilas, tampoco podía tocar mucho”, señala entre sonrisas. Pero agrega:  “Ellos apostaron todo cuando me formaron”, refiriéndose al matrimonio Hurban, con quienes se crió en un ambiente sano y cercano a la naturaleza.
Estela Carlotto indicó sobre esa pareja: “Es gente de campo, muy buena, que lo crió con amor”.
Ignacio tenía doce años cuando comenzó a estudiar música. A los catorce viajó a Buenos Aires para profundizar su formación musical.
 Allí comenzó a cursar en el Instituto Municipal de Música de Avellaneda. También tomó clases con maestros como Leandro Chiappe, Alberto Merolla, Evelina Aitala de Pacín, Hernán Ríos, Emmanuel Ochoa y Ernesto Jodos. También el jazzero y músico de culto Juan Pollo Raffo, quien lo perfeccionó en armonía y composición.
A su regreso a su pueblo retomó su formación con estudios clásicos en el conservatorio Ernesto Mogávero, donde luego se desempeñará como docente.
Sobre ese regreso a su ambiente, narra: “Es más simple, caminás unas cuadras y ya estás casi en el campo, solo, y podés pensar”. Su barrio, Loma Negra, donde marchó desde el campo para empezar su escuela secundaria, está a unos veinte minutos del centro de Olavarría.

Enseñanza e inclusión

“Empecé mi labor docente cuando volví a Olavarría, en 200l”,  recuerda. “Por mi trabajo como profe y también como músico, ya era un personaje bastante conocido”.
 “La música —agrega— me ha enseñado a mirar la vida desde otro lado, no es sólo una profesión. Mirar al mundo como artista me vuelve más despierto y me hace menos lineal. La música es también política, es parte del cambio, y se hace desde uno y con el entorno. No es sólo un entretenimiento”.
  Ignacio desarrolla una importante labor en la docencia y es director de la escuela de música Hermanos Rossi de Olavarría. “Ahora estoy con licencia, me requiere mucho tiempo esto del cambio de identidad, pero quiero volver”.

Patios Abiertos

Los sábados, en un patio de la Escuela Secundaria N° 1, funcionó desde 2006 un taller de música que ofrecía el Programa Patios Abiertos. El profe era Ignacio, como tantos militantes y voluntarios que se comprometen con tareas sociales en todo el país. Allí trabajó por la “inserción de la música en contextos de riesgo”.
“Me invitaron a participar en una forma creativa, y tuvimos la posibilidad de trabajar mucho tiempo probando cosas, o arribar a un resultado más inmediato a divertirme y jugar. No estaba el apuro de una currícula o de terminar un programa, experimentábamos”, explica.
Sobre esta experiencia, a dos días de difundir Abuelas la recuperación del nieto 114, el director de esa escuela, Pablo Wagner,  admitía que hacía tiempo que “había propuesto lograr un reconocimiento especial para la labor realizada por su profesor de música en el marco del Programa Patios Abiertos. Su informe da cuenta del minucioso trabajo con un grupo de adolescentes en un contexto de vulnerabilidad social y con una trayectoria escolar totalmente irregular. Reconstruyó autoestima, confianza, respeto y en definitiva la posibilidad de un futuro. Estos adolescentes hoy tienen una buena trayectoria escolar y por fuera están estudiando en el conservatorio de música local”.
Otros pasos siguieron a estos: presentaciones artísticas y hasta la posible grabación de un CD. “Más allá de la música —dice Wagner— lo que Ignacio ha logrado es que esta sea además una escuela de vida, trabajar en valores para que tenga el significado que tiene que tener: primero la persona”.
En el territorio bonaerense funcionan  400 espacios donde se desarrolla la propuesta de Patios Abiertos, donde concurren más de 14 mil chicos que trabajan con unos 600 profesores.

Cultura por penales

En ese andar con la música a cuestas de su compromiso social, Ignacio también participó del programa Cultura por Penales, implementado por el Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires. El proyecto fue destinado a la Unidad 2 de máxima seguridad de Sierra Chica, para compartir talleres de música con los reclusos.
“Fue una invitación que me permitió participar en un espacio que debía conocer. Creo que ahí aprendí más yo que lo que aprendieron ellos. Iba con mi guitarra y cantábamos y de acuerdo a la dinámica trabajamos es un espacio complejo, y la mayoría eran jóvenes”, cuenta Ignacio y remarca: “Chicos en edad de cárcel”, de acuerdo a la cruda lógica del sistema.
Ese trabajo con la música “genera individuos que tienen algo más de curiosidad y participación”, explica.

La música fue la clave

Fue la música como lenguaje e identidad, fue esa sensibilidad la que lo llevó a encontrar y resignificar a partir de agosto de 2014 una identidad que ni la represión, ni el silencio ni la separación de los suyos pudieron alterar.
“Los acontecimientos que me sucedieron me permitieron también encontrar que la presencia musical era algo familiar”, admite Ignacio. “Antes de conocer mi identidad tenía nada más que un ruido, algo que no podía explicar, pero que estaba ahí", cuenta. Luego explica que antes de 2014, con su acercamiento a Música por la Identidad, en jornadas organizadas por Abuelas para quienes por su edad pudieron ser víctimas de secuestros, accedió a "herramientas" para ese andar hacía la verdad.
Y agrega: “Además tenía muchos conocidos que estaban cerca de los organismos de derechos humanos”. También recuerda que muchos le preguntaban de dónde había nacido su amor a la música, y no sabía qué responder.

Huellas imborrables

La dictadura implementó el terrorismo de Estado para imponer un proyecto de país dependiente. Buscó implantar el horror para hacer “desaparecer” toda oposición o cuestionamiento.
En lo educativo, buscó reorganizar los valores ciudadanos, impulsando el patrioterismo, la disciplina, el autoritarismo y el individualismo, para evitar así toda respuesta colectiva y solidaria.
Se intentó por medio de la violencia sistemática y proyectos culturales conservadores borrar la historia de los que buscaban otro país, inclusivo y equitativo. Una de las metodologías diseñadas estaba basada en cortar de golpe la transmisión y comunicación, terminar con una generación rebelde y esa identidad, para diseñar y “uniformar” una cultura  fundada en valores domesticados por el poder y sin interés por lo social.
 La música transporta mensajes, comunica e informa. Como presagiando una recuperación de la memoria con justicia, cuando Ignacio cumplía 18 años y no se había encontrado aún con su familia, su abuela difundió una carta: “...Y despertarás un día preguntando dónde podés hallarnos. Y descubrirás que te gustan la ópera, la música clásica o el jazz —qué antigüedad— ,como a tus abuelos. Escucharás a Sui Generis o a Almendra o a Pappo, sintiéndolos en lo profundo de tu ser, porque así lo sentía Laura. Te estoy buscando. Te espero. Con mucho amor, tu abuela Estela”.

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