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Domingo 09 de Octubre de 2016

Acompasada y decorativa

En el Museo Estévez, Rubén Echagüe exhibe pinturas, collages, objetos y poemas para revelar su estupor frente a la condición humana. Aquí, explica el porqué

Mi propósito ha sido adaptar esta exposición al plan que lleva adelante el Museo Estévez, de integrar sus muestras temporarias, tanto a otros acontecimientos relevantes que se llevan a cabo en la ciudad, como a su rubro específico que son las "artes decorativas".

La oferta es muy variada, puesto que he reunido pinturas, collages, libros de artista, objetos de mi pertenencia y también poemas (de mi autoría, naturalmente), en un conjunto que tiene la ambiciosa pretensión de eludir el caos y conformar una articulación visual y espacial —el término "instalación" tal vez no sea del todo impropio—, armoniosa, "acompasada", sin disonancias y por tanto decorativa.

Los temas son los que siempre me han convocado: la belleza, el dolor, la transitoriedad y la inevitable destrucción de todo lo que existe (léase: la muerte), el estupor frente al enigma indescifrable de la condición humana y, por qué no, cierta ironía ante la estupidez que, con demasiada frecuencia, todos revelamos en nuestro accionar y particularmente en el trato que dispensamos a nuestros semejantes.

La sangre aparece "mencionada" más de una vez porque, nos guste o no, hay una verdad incontrovertible: el hombre derrama la sangre de su hermano y, en cuanto a las alusiones a la religión, oscilan entre una sincera —y desesperada— inquietud metafísica, cierto escepticismo burlón, y la denuncia de todos los fundamentalismos asesinos que, desde tiempo inmemorial, vienen ensangrentando los caminos de la historia.

En resumidas cuentas, pienso que lo siniestro —¿lo que Jung llamaba "la sombra"?—, cuando está inteligentemente dosificado puede resultar altamente decorativo.

Absurdos

Desde cierto punto de vista,

todas las invenciones de los hombres

son igualmente absurdas:

la espada de Damocles no fue más útil

que el óctuple sendero del Buda,

así como el cañón antiaéreo

no es más razonable que un tratado

sobre las lunas de Júpiter, que

el hockey sobre hielo

o que la canonización de los santos...

Nada de eso puede compararse con el

crecimiento ineludible de un dátil amarillo,

con la ecuación que traza una serpiente

sobre la virginidad de la arena,

o con la brisa que mece la rama de bambú,

con la dulcísima precisión, infalible,

de un cirujano ciego.

Ritual

Elijo la orilla

de un mar de libros,

para sentarme

en la posición correcta

y abrirme el vientre.

El acero penetra

como una caricia

entre los viejos músculos

asombrados,

trémulos por el júbilo

de volver a la nada,

y de anclar en un puerto

del que no se regresa.

(No hay dolor ni sangre).

Prefiero canjear

esas miserias

de los hombres vulgares,

por la daga y el pincel,

dibujando sobre la seda

un adiós

ininteligible.

Dentro de un instante,

cierta mano querida

se encargará de

hacer rodar mi cabeza.

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