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Sábado 05 de Diciembre de 2015

"A veces no hay lugar ni para la travesura"

Qué pasa con los chicos cargados de obligaciones y poco tiempo para el juego. Familias que viven aceleradas y están ausentes para sus hijos

"A los chicos se les dice permanentemente qué es lo que tienen que hacer, se los ocupa en diferentes y numerosas actividades que les generan estrés y quitan tiempo de juego", remarca la licenciada en ciencias de la educación María Renée Candia ante una realidad que refleja la vóragine que afrontan los padres. En este contexto, que la educadora define como alarmante, los niños pierden la capacidad de decisión, no desarrollan su creatividad y no estimulan su autoestima. "Los padres los llevan y traen: van a inglés, natación, computación y y hasta en la modalidad que tienen hoy los cumpleaños se acostumbran a ejecutar órdenes", dice.

En charla con LaCapital, Candia, formadora de maestras jardineras en las Escuelas Normal Nº 1 y Nº 2, invita a reflexionar sobre el vínculo que establecen las familias con sus hijos y cuestiona los hábitos culturales de moda que afectan el entorno social y educativo: "Pensemos en una actividad compartida que no sea la tarea o la lección, que tenga relación con el disfrute, que ayude a una constitución subjetiva saludable del niño".

¿A qué se debe esta sobresaturación de actividades?

—Es una cuestión de moda, característica de la cultura actual. El pedagogo italiano Franco Frabboni sostiene que en los últimos tiempos, principalmente desde la década del 90, en Europa se produce la muerte simbólico existencial de la infancia y esto tiene relación con las ocupaciones que tiene hoy el chico. En la posmodernidad, el consumo manda y hay que consumir cultura: los padres mandan a sus hijos a alguna actividad relacionada con la música, con la danza, y quizás no pasa por un interés que se despierta en el niño. Esta situación resulta preocupante porque se relaciona con la forma que se constituye como sujeto, donde su deseo no es tenido en cuenta y a veces tampoco es el de los padres. Suman cada vez más actividades con el pensamiento de que será más inteligente y exitoso cuando en realidad es a la inversa. Si no juega y está con otros niños jugando, la inteligencia y la creatividad y la imaginación no se desarrollan. Son autómatas dirigidos, que los padres tratan de ocupar incluso montarles un show. Por supuesto que hay que divertirlos pero con cosas que colaboren en su crecimiento.

—Esta vorágine que viven los padres y que afecta a los chicos también se traslada al ámbito educativo.

—Muchas familias buscan escuelas que tengan doble escolaridad, incluso algunos jardines maternales ofrecen talleres de inglés, computación o huerta. Cuanto menos tengan en esta etapa mejor, sin embargo, acatamos la lógica impuesta por el mercado de sobresaturación y de animación permanente, que no sirve para mejorar el desarrollo de los niños o su calidad educativa. Los ahoga, asfixia y coloca en un lugar de objeto que consume y no de sujeto protagonista que desea ir a un deporte. Al igual que el padre el hijo empieza de pequeño a tener muchas obligaciones. Hay nenes que no juegan ni tampoco pueden ir a la casa de un amigo porque siempre tienen algo que hacer. Pero... si no juegan, ¿cómo se desarrollan saludablemente?

—Las vacaciones resultan un buen momento para encontrarse de otra manera con los hijos.

—En la vorágine de todos los días uno siempre se encuentra apurado, con poco tiempo y mucho por hacer: los padres trabajan, los chicos tienen actividades y hay que hacer las tareas y estudiar para la prueba. En vacaciones el tiempo es distinto, no hay que levantarse temprano para ir a la escuela ni hacer actividades, es un momento para disfrutar y desacelerar a los chicos también. Hay más tiempo para estar con ellos, y aunque no sea mucho lo importante es que sea de calidad y se aproveche para jugar, para leer, mirar juntos una película o encontrarse en una charla. Es necesario mostrarles que existen otras maneras de jugar y que no sólo existen los juegos de play. Así también aprenden a jugar solos, algo que no saben si un adulto primero les muestra cómo se juega. Durante la primera infancia un nene sano es aquel que juega solo, habla solo, que tiene su amigo imaginario, y no aquel que está prendido a un aparato tecnológico y no molesta. De nada sirve si una mamá está presente todo el tiempo en la casa pero que nunca interacciona con su hijo.

—Existe también una sociabilidad exagerada entre los padres, esta necesidad constante de reunirse o encontrarse.

—Quizás forzada y ahí también le quitan al niño su autonomía y posibilidad de manifestar con quién quieren estar y qué quieren hacer y no sea el padre quien decida, porque lo siguen ubicando en el lugar de objeto. A veces solo aparece la exigencia de los niños al momento de tener un juguete o un objeto tecnológico y no ante el deseo genuino de estar con otros. Los padres organizan la fiesta de fin de año en un pelotero y a lo mejor no es el mejor ámbito de encuentro porque un coordinador imposibilita que los chicos jueguen a lo que quieran. En esta tendencia de consumo, si está de moda hacerlo ahí van todos y no hay criticidad. Es necesario sentarse a reflexionar sobre esto y a decidir qué quieren para sus hijos, pensar cómo fue la infancia de cada padre, y animarse a rescatar esas cosas que disfrutaron para compartirlas ahora con sus hijos. Por más que los tiempos cambien, hay necesidades de los niños pequeños que no varían como el juego; a veces no hay lugar ni para la travesura porque los padres observan permanentemente lo que hacen los chicos, y eso tampoco les permite expresarse, siempre están siendo observados. Se organizan fiestas de graduación hasta en sala de cinco años donde existe este deseo de mostrarse y del show permanente, subidos a una escena que además es ficticia y no es posible establecer ningún vínculo entre tantas personas.

—¿Todo esto se potencia en las redes sociales, principalmente en el whatsapp?

—Se organiza todo más rápido, es efectivo y eficaz pero no significa que por eso sea bueno. Incluso para los chicos, pareciera que si no tienen celular quedan excluidos; y un aparato no puede generar esto porque no se conversa cara a cara. En las escuelas, los chicos más grandes de primaria se dicen cosas que no se animan a decir personalmente, esto también trae problemas y determina las relaciones entre los preadolescentes.Debemos reflexionar y no ceder ante estas cuestiones masivas y despersonalizadas.

—¿Cuál es el aporte que puede hacer el docente desde la escuela?

—Que también pueda crear un espacio para compartir y jugar, porque el juego desarrolla la imaginación y la creatividad. En la escuela no siempre hay tiempo para jugar y en la primaria solo se reduce al recreo. Si no juegan no pueden pensar que existe algo distinto a la realidad ni crear mundos ficcionales que en la adultez seguro les permitirá vincularse de otra manera, sea a las muñecas, autitos, juegos de tablero o de cartas que también involucra el conocimiento matemático de manera lúdica. ¿Por qué no rescatar esos juegos tradicionales en el seno hogareño? Sino volvemos a esta cuestión de que si nadie lo hace, nosotros tampoco, y seguro no siempre estamos de acuerdo o compartimos lo que hace la mayoría. ¿Por qué no diferenciarse y tener una mirada más crítica?

—Al recordar otras infancias inevitablemente aparece el tema de la seguridad, y esta necesidad como decías, de observarlo todo.

—Por supuesto que teníamos una infancia más libre en el sentido que podíamos caminar solos hasta la plaza, estar en la vereda, ahora los padres viven con temor, limitan sus movimientos e independencia y los mantienen encerrados, por decirlo de alguna manera, y hasta organizan ficticiamente algunas instancias de juego.

Generación del “llame ya”

Es en la escuela donde más tiempo transcurren los chicos y se perciben esas fallas de parte de los padres que viven a ritmo vertiginoso y arrastran a sus hijos a cumplir horarios y obligaciones. Karina Formaggio, docente de 2º grado, detalla cómo viven los alumnos esta aceleración: “Siempre parece que hay que correr contra el reloj, sin tomarse el tiempo de revisar cuadernos o disfrutar de una actividad. Viven a las corridas hasta cuando buscan a sus hijos a la escuela, que prefieren tocar bocina y no bajarse del auto porque tienen que salir ya. Así notamos que los chicos también están acelerados en el aula y manifiestan esa ansiedad de querer terminar todo rápido sin importar cómo, son la generación del llame ya. No saben esperar ni aburrirse y quieren todo en el momento”.
  La maestra del Colegio Madre Cabrini destaca que cuando existe una agenda cargada de actividades, la escuela pasa a ocupar el último lugar. “Esta situación genera nerviosismo en los chicos que de pequeños aprenden a excusarse o justificar el incumplimiento, algo que no corresponde a su edad. Otros grupos de papás, en cambio, son más relajados y se involucran en la educación de sus hijos. Las escuelas también debe estar comprometida y trabajar a la par de los padres en estas cuestiones. El año pasado, organizamos algunos encuentros y talleres de orientación, una propuesta que ayuda para que puedan acompañar y disfrutar a sus hijos. La escuela siempre tiene que convocar y no hacer hincapié solo en el trabajo en jardín y los primeros grados”, agrega la docente.
  “Llega fin de año y los vemos agotados”, reflexiona Adriana Quaglia, mamá de cuatro hijos en diferentes edades escolares. “Los adultos pensamos que si llenamos a los chicos de actividades estarán más capacitados en un futuro y podrán pertenecer a un grupo. Cada vez nos volvemos más exigentes en todo y les decimos que si no van a inglés no conseguirán trabajo. Pero llega fin de año y los vemos agotados. Los llenamos de cosas pero por otro lado los dejamos solos, y quizás no sabemos qué les está pasando; llevamos y traemos pero a veces no somos capaces a mirar los cuadernos. Eso sí, van a particular”, dice la mamá, aceptando la realidad que les toca vivir a los padres, preocupada por estar siempre cerca y acompañar las tareas de los más chicos.
 

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