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Domingo 11 de Octubre de 2015

A Rodolfo Elizalde

Rodolfo Elizalde —el Colorado, para sus numerosos amigos— había nacido en Bahía Blanca en 1932, pero era más rosarino que muchos. Fue uno de los pintores esenciales de esta ciudad. El lunes pasado, su inquieto y sensitivo pincel se detuvo para siempre. El texto que está abajo es un homenaje a su paso por este mundo. Colorado, gracias por todo.

¡Qué empeño el del

Colorado Elizalde

en hacernos creer que era

un pugilista,

(un peso gallo, un gallito,

un peleador),

cuando en realidad

era un pedazo

de queso y dulce

(postre vigilante)

dulce, blandito,

tierno, como para que

los chicos del barrio

se chuparan los dedos!

¿O en realidad habrá sido,

aunque él lo disimulara

tanto, una tajada de

sandía pintada

por Augusto Schiavoni?

Colorado, por favor…

¿Qué fue eso de andar

peleándose con el mundo

y tirando trompadas

al aire, porque el

amarillo de cadmio

no se desatura con su

complementario, el violeta?

El caparazón desaturado

que te dio Grela

un día se averió, como

un barco en alta mar,

y por el agujero

empezaron a brotar,

empecinadamente,

malvones y jazmines del

Paraguay y lazos de

amor y coronas de novia,

y todas esas flores

con nombres sensibleros,

ridículos, de mal gusto,

que sólo crecen

en los barrios.

(El barrio, siempre el barrio).

Y así fue como te

enamoraste de los plátanos,

los limoneros, y de aquel

arbolito que se quebró

por la cintura,

igual que una niña, a la

que en vano trataste

de salvarle la vida.

La máscara que te puso

la muerte

(amarillo de cadmio

desaturado),

fue una gran mentira,

como todo lo otro

que nos rodea.

¡Dejaste de pelear

Colo, Colorado querido!

Y te hiciste uno

con la hojarasca dorada

y sonora

¡tan pictórica! que

tapiza el suelo,

cada vez que llega

(tristemente) el otoño.

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