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Sábado 28 de Febrero de 2015

¿A quién le importa?

Prioridades. Cuando hay intereses políticos en juego, a buena parte de la Justicia argentina no le interesa la verdad. Lo mismo sucede con la sociedad. El caso Nisman lo demuestra con absoluta claridad.

A gran parte de la justicia argentina, cuando se le cruza un interés político, no le interesa conocer la verdad. Quizá habría que decir que a la inmensa mayoría de la sociedad nacional le pasa lo mismo. Pesa mucho más en todos nosotros el deseo de imponer el peso de nuestra “ideología” antes que creer que saber en serio de qué se trata, corregir, sancionar o, al fin, que ser iguales antes la ley nos puede hacer mejores como país a futuro.

El caso de Alberto Nisman es un ejemplo ideal para lo que se dice. Si se es kirchnerista (o anti macrista, para agrandar este espacio) el ex fiscal federal se suicidó. Por no tener pruebas, por no rendir cuentas de sus fondos, por su vida plagada de modelos inexplicables, por lo que sea. Se suicidó y punto. Si se es macrista (o anti kirchnerista), lo mataron. Para encubrir a Cristina, para impedir que se sepa de los pactos del anterior gobierno con Irán, para imponer un sociedad no democrática como Venezuela. Son tiempos en los que argumentar de otra forma resulta imposible. El fanatismo que se ha impuesto en el no debate político argentino ha diezmado todo intento racional de argumentar. Y una sociedad que pierde su capacidad de argumentar camina, si no lo es ya, hacia la violencia propia del autoritarismo.

La justicia, sin caer es una postura naif o idiota, debería ser el último resguardo para el argumento, la razón, las afirmaciones basadas en las pruebas de lo que se dice y no caer en el atropello voraz de la política que cree que la acumulación de poder no puede esperar a la racionalidad. Debería, pero no parece serlo.

El dictamen del fiscal de cámaras Ricardo Sáenz concluyendo que a Alberto Nisman lo asesinaron es más una pieza de la política que de la justicia. Harto de tener que justificar lo que se dice en este irracional clima de dogmas blancos y negro, invoco el permiso para escribir en primera persona y decir: ¿Creo que el fiscal se suicidó? Tengo mis serias y fundadas dudas luego de haber revisado buena parte del expediente y las pruebas. ¿Deduzco entonces que lo mataron? No puedo, de ninguna manera, afirmarlo si pretendo ser serio. ¿Entonces? Entonces que la duda es la que motoriza las preguntas y la búsqueda de la verdad a través de las razones y no de la verdades reveladas de la política inescrupulosa. Será difícil dilucidarlo en un escenario que da vergüenza constituido tanto por el pisoteo de la escena de la muerte dolosamente manipulada y por la pobreza de recursos técnicos de una justicia que mucha veces se aprovecha de esa carencia para ser funcionales a la impunidad.

El fiscal Sáenz no emitió un dictamen diciendo que Nisman fue asesinado, que fue liberada la zona para ensuciar las pruebas, que se demostró que estaba vital porque se lo había contado a Laura Alonso y Patricia Bulltich (sic) o que Diego Lagomarsino entregó el arma asesina como parte de un plan criminal. No dice nada de eso. Porque no evaluó como Ministerio Público el desarrollo de la instrucción. Lo que hace, apenas y nada menos, es adherir a los fundamentos de una de las partes del proceso. Firma, como si lo hubiera escrito de manera conjunta, lo que piensa la ex esposa Sandra Arroyo Salgado. ¿Esto habla mal de la jueza? Claro que no. Ella lo sostiene y lo argumenta. Lo que impacta es que un fiscal, instancia de apelación de un juicio que no llevó adelante, se cierre de manera contundente en los mismos argumentos que la querella sin valorar, estimar o desestimar, las pruebas que obran en el expediente.

¿Es necesario recordar la mirada política de Ricardo Sáenz que describió como una cuasi dictadura al gobierno anterior? Claro que no. Como tampoco se olvida que Norberto Oyarbide, por solo dar un ejemplo, pasó antes de archivar en dos minutos la causa por los bienes de la familia Kirchner para ahora ser presa de una epifanía procesadora que condena a Ricardo Jaime entre otros. Pero si se criticaba a Oyarbide, dos veces defendido por los K en el Consejo de la Magistratura cuando se lo iba a destituir, el señalamiento del peso político de sus decisiones debe caer sobre el fiscal que ya cree que hubo homicidio de Nisman.

No sé qué pasó con este fiscal que acusó a Cristina por traición a la patria al haber firmado el escandaloso memorándum con Irán. Sí estoy convencido que ni la patoteada K, nunca vista, contra la justicia en sus 8 años de gobierno de la doctora Fernández y el gesto expeditivo y altamente político de esta semana, pretenden una misma cosa: que no se sepa la verdad y que, a como dé lugar, se gane la pelea política.

Cristina indagada. En el mismo sentido del deseo de imponer (la venganza de) la política por sobre la justicia republicana, Claudio Bonadío, juez nombrado por Carlos Menem, defendido por el kirchnerismo y hoy mirado con afecto por el macrismo (señores: los obsecuentes lo son siempre del poder de turno) llamó a indagatoria a la ex presidenta por el caso de la venta de dólar futuro. Allí tendrá que explicar el otrora omnímodo Alejandro Vanoli que creía que la plata del Banco Central era del que ganaba una elección esa maniobra escabrosa. Basta caminar media hora por los pasillos de Comodoro Py para saber que el magistrado que resolvió esperaba el 10 de diciembre para “devolver atenciones” recibidas por el gobierno saliente.

¿Cristina no merece pasearse por los Tribunales? Claro que sí. Más que por el dólar a futuro, resuelto por el funcionario que debería haber tenido independencia sentado en el Banco Central, por la no rendición de dineros públicos proveniente, por ejemplo, de la compra de combustibles a Venezuela, del manejo arbitrario de planes sociales regados entre amigos del poder y más. ¿Es la resolución de Bonadío buscar justicia? Es la política, estúpidos, diría un presidente del norte. Otra vez con más peso que el deseo en serio de la igualdad ante la ley.

Papa peronista. “Te lo dije antes de subir al avión. El Papa es verticalista y, antes que defender a un extraño, banca a una compañera”, le dijo en reserva a este cronista uno de los integrantes de la comitiva presidencial que visitó ayer a Francisco. “No hay que hacer muchos malabares: la mimó 3 veces a Cristina, le mandó un rosario a Milagro Sala, no confirma si vendrá al país y lo despachó a Mauricio en 20 fríos minutos como si fuera el presidente de Bielorusia”, concluyó el dirigente.

Más allá del análisis emocional que harán los católicos sobre su líder que claramente se ha demostrado hostil al gobierno de PRO, sería bueno que todos recordáramos que vivimos en una república laica en la que los destinos de la nación dependen más de la honestidad y probidad de los que gobiernan y no de un pastor que, sin explicaciones, pone la mejilla a quien lo humilló por doce años y no extiende la otra mano solidaria a quien nunca quiso. Y a no confundirse: si hay alguien que conoce de los milenarios gestos en público es el Vaticano que observó, sorprendido, la frialdad de un Papa que no quiso esconder desde su lugar de ministro de Dios a quién prefiere del mundano planeta de la política argentina.

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