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Viernes 12 de Agosto de 2011

A los 80, don Julio vuelve a la universidad

Cursa la licenciatura en administración de empresas en la UCA Rosario. Asegura que se siente muy cómodo estudiando con los más jóvenes  

Se le encienden sus ojos claros cuando recuerda sus trabajos, sus estudios y sus ganas de seguir a pesar de las adversidades. Le cambia el tono de voz cuando recuerda cómo tuvo que irse de algunas fábricas o cuando habla de sus hermanos. Sin embargo, Diolindo Honorio Julio Marcos, un cordobés adoptado por Rosario desde muy pequeño, plantea que la vida es crecimiento personal, un aprendizaje continuo. Por eso, a sus 80 años decidió empezar la carrera de licenciado en administración de empresas en la Universidad Católica Argentina (UCA) y plantea que le gustaría tener una chance con algún trabajo digno. Vive en el geriátrico provincial y subsiste con una escasa jubilación que apenas llega a los 1.200 pesos.

Don Julio, como lo conocen en el ámbito de la facultad, habla sin parar aunque prefiere esquivar algunos temas de su vida privada. Nació en Inriville, provincia de Córdoba, el 9 de julio de 1931. Su padre, un español de la región de Castilla, y su madre, junto a un hermano y una hermana mayor, decidieron muy pronto radicarse en Rosario. Don Marcos siguió trabajando en un campo que tenía cerca de Cruz Alta, en una colonia agrícola que se llama 25 de Mayo.

“Vivimos al principio en una casa en la zona sur, en San Martín y Olegario Víctor Andrade. Después nos mudamos a Garay y Entre Ríos. Hice la primaria en la escuela Juan Lavalle, en Uriburu y Buenos AIres, y el secundario lo hice en la Técnica que estaba en Buenos Aires entre San Luis y San Juan. Ahí era un ciclo básico y después me pasé al Industrial de la Nación, el que ahora es el Politécnico. Y ahí terminé la carrera de técnico mecánico”, le cuenta a La Capital con entusiasmo y verborragia.

Del estudio al trabajo hubo un corto paso. “Un hermano mío se puso una empresa de materiales de construcción y le di una mano durante un año. Instalé motores, hice la parte eléctrica. Después, para seguir lo mío, me fui a trabajar a una fábrica de máquinas de coser. Ahí estuve un tiempo, pero siempre traté de abrirme paso hacia una especialidad. Entonces uno de los jefes de esa empresa me invitó a ir a probarme a una fábrica de cuchillos en la zona oeste, en Godoy y Provincias Unidas. Había máquinas de todo tipo y me sentía a gusto”, continúa con el relato don Julio mientras un café servido hace algunos minutos espera por el primer sorbo.

Trayectoria laboral. Llegó el tiempo de los trabajos más importantes, como cuando le tocó ir a trabajar a Acinfer (Aceros Industrias Ferroviarias), una empresa también propiedad de la familia Acevedo —propietaria por entonces de Acíndar—, en donde se hacían piezas para el ferrocarril.

Pero el trabajo no era todo para Julio. “Mientras iba a la fábrica yo seguía estudiando —comenta—, hacía cursos de actualización, iba a conferencias. Empecé la Facultad de Ingeniería para seguir mecánica. No me recibí pero siempre seguí. Después me especialicé en empostado y tratamiento térmico. Salí de Acinfer y entré en John Deere. Allí necesité de la especialidad, que era tratamiento térmico y forjado. Estuve siete años, del 63 al 70. Y después entré en Somisa durante 9 años, hasta el 81, y trabajé en un proceso nuevo de tratamiento del acero”.

Libros a cuestas. Plantea que después de esa experiencia siguió haciendo cosas por su cuenta, pero siempre con los libros a cuestas. Sin embargo, explica que su jubilación fue un tanto traumática. “Yo cobro la mínima, unos 1.200 pesos y con eso tengo que subsistir. Es que no llegué a juntar los años de aporte. Lo que pasa en cada trabajo había disputas que me trabaron mucho. A mí no me sacaron de la fábrica por otras cuestiones, que no eran políticas ni gremiales porque no participaba en eso. Desde el punto de vista laboral nunca me achacaron nada, pero el problema era la discriminación”, resume sin entrar en mayores detalles, como si le molestara profundizar.

El no poder asentarse económicamente le trajo inconvenientes de fondo. “No puedo vivir en una casa propia porque no tengo recursos. Tengo estudios, estoy capacitado, pero nunca pude vivir bien. Me costó mucho encontrar el camino para mi especialidad. Yo estaba en la casa de mis padres. Después me quedé con mi mamá, pero ella se fue a vivir con mi hermana mayor y la casa se vendió en el 92. Había un momento de crisis muy grande y a me costaba ubicarme. Alquilaba pero por ahí no se conseguía trabajo. Por eso me fui al geriátrico municipal, aunque yo no estoy mucho tiempo allí, no me siento parte porque no tengo un lugar mío para estudiar. Y la mesa donde se come no siempre se puede utilizar para poner los libros porque molesto a los demás. Entonces me vengo a la facultad y aprovecho la biblioteca, me tomo un café y leo y estudio”, aclara sin tampoco dar mayores precisiones de su vida privada.

Los años fueron pasando pero las ganas de aprender seguían vigentes. “Yo siempre pensé en estudiar. Desde los 12 años, cuando elegí el camino de lo que iba a hacer”, argumenta don Julio. Su último trabajo fue en un taller de camiones pero tampoco lo conformaba, sus ansias de aprender podían más. “Entonces me puse a estudiar otra vez y en 2006 comencé en la UCA la diplomatura en gestión comercial. Era una necesidad, la misma que tengo ahora de volver a estudiar. Una necesidad personal, psíquica, moral y hasta económica. Necesitaría tener un trabajo y creo estar preparado para eso. Pero no cualquier trabajo, porque yo tengo que comer”, explica con la lucidez de sus 80 años.

Estudiante. En 2008 recibió el título y este año, con una beca al 100 por ciento que le otorga la UCA, empezó la licenciatura en administración de empresas. “Son cuatro años. Y en el curso de ingreso saqué 10 en matemática. Estoy cursando cinco materias, y todas me resultan interesantes, como macroeconomía, a la que considero muy importante”.

Cuando se le pregunta cómo es para una persona de sus edad relacionarse con chicos que apenas alcanzan los 20 años, Julio simplifica respuestas: “Me sentí cómodo, nunca tuve problemas para nada. No me marginaron. Lo que pasa es que toda mi vida estuve acostumbrado al ambiente estudiantil. Entonces la edad nunca importó, al menos para mí. Si se da la oportunidad, trabajamos en grupo. Y todos hablamos por igual”.

Hoy el ambiente universitario de la Católica lo quieren más. Las chicas del bar lo miman y sus compañeros lo ayudan. Y don Julio, íntimamente, ya está pensando en qué otra carrera podrá seguir ampliando su horizonte una vez que consiga este título. Aunque por fuera prefiera decir que quiere ir paso a paso.

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