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Domingo 05 de Octubre de 2014

A lo Napoleón

El proceso de sanción del nuevo Código Civil es una muestra cabal de la necedad e incompetencia de la política argentina.

El proceso de sanción del nuevo Código Civil es una muestra cabal de la necedad e incompetencia de la política argentina. Por un lado, la veta autoritaria del gobierno de atropellar todo consenso o deseo de escuchar una opinión diferente y por el otro la falta de preparación de los elegidos para controlar y contrapesar las mayorías oficiales. Y eso sin contar el retroceso institucional que significa cerrar el debate de forma medieval para complacer a algunos sectores religiosos. Un gesto casi prerrepublicano.
La presidente de la Nación y su propio hijo (sí, fue Máximo ante los miembros de La Cámpora) ordenaron a sus legisladores que aprobasen sin más y en el giro de una semana el proyecto de unificación del derecho privado que estaba dormido y cajoneado en la Cámara de Diputados desde hacía 10 meses. Varios fueron los motivos. El almuerzo a solas con el Papa Francisco, el deseo de presentarlo en un acto homenaje a Néstor Kirchner y, sobre todo, la convicción de que era hora de volver a las épocas de beligerancia cruda como la pelea por la 125. Esos motivos convencieron a la familia presidencial de hacerlo.
Por lo primero, no alcanzaron las tardías explicaciones del siempre lúcido y mesurado titular de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, monseñor Jorge Lozano. Es más: su reclamo a la falta de debate y de consenso por el código, pronunciados luego de su sanción y nunca antes, lucieron más como un justificativo tardío que como una objeción. No es un “código de impulso franciscano”, ensayó el obispo. No responde a la idea de la familia como centro de la sociedad (parece que para la Iglesia garantizar  la voluntad individual de un adulto para casarse y separarse no es respetar la libertad de un mayor en su vida privada sino atentar contra la Nación) y amenazan sus ideas la concepción desde el seno materno, agregó el prelado. Sin embargo, la presidenta se convenció de que debían aprobarse estos 2.700 artículos luego de que el Pontífice le sugiriese sostener las modificaciones hechas en el Senado a instancias de legisladores cercanos al Opus Dei. Cambios que ponen en riesgo las técnicas de fertilización asistida al considerar que un óvulo fecundado que se preserva es ya vida como el que anida en el seno materno.  Con este criterio, si al descongelar ese conjunto de células en laboratorio para intentar una gestación se pervierte el procedimiento, el médico podría ser acusado de homicidio o aborto. Un verdadero disparate por el que el Frente para la Victoria y los legisladores creyentes levantaron la mano.
El segundo impulso que motorizó la sesión exprés del miércoles pasado fue la organización de un acto público que pondrá en la calle la mística de la década ganada. Algunos creen que el 27 de octubre, cuando se recuerde la desaparición de Néstor Kirchner, debería hacerse un gran homenaje a su persona y a la de su esposa enumerando los logros obtenidos en sus presidencias. Otros, apuntan al 17 de octubre para sumarle mística peronista. En cualquier caso, exhibir este nuevo código intentará darle una épica “napoleónica” constituyente y organizacional para permitir hablar de 12 años de transformaciones sociales y jurídicas para la posteridad.
Por fin, la propia primera mandataria, decidió inclinarse por los sectores juveniles de su gobierno y quienes lo apoyan que le sugirieron volver a la dialéctica de la pelea (supo decir ella misma que se sentía “totalmente hegeliana”) como modo de cerrar su gobierno hasta diciembre de 2015. En las cercanías a Cristina se diagnosticó que cuanta más tensión haya con los que piensan distinto más garantía de crecimiento en la aprobación de su gobierno existe. La máxima expresión de esto fue la pelea con el campo por las retenciones a la soja. Allí, a pesar de la batalla legislativa perdida, se cree ver como el renacimiento de la popularidad kirchnerista en medio de una fenomenal tormenta. Más cerca, la imposición del lema “patria o buitre” fungió de inyección de combustible para movilizar el amperímetro de la popularidad del gobierno. Esta es la lectura del nuevo combate. El maniqueísmo ha sido una herramienta útil e imprescindible. Aunque la doctrina del pensador Mani atrase 20 siglos. A pesar de la zozobra diaria que la tensión genere y de los tópicos como inflación e inseguridad que no se abordan.
El discurso de la propia presidenta acusando a los Estados Unidos, a los acopiadores de granos y a los especuladores golpistas (que los hay, claro que los hay) es la más precisa expresión de este pensamiento. No importa que en esas mismas palabras se humille públicamente al presidente de Banco Central, hasta hace cinco minutos aliado calificado del gobierno, y se lo despida sin clase ni respeto institucional. De ahora en más, se exigirá obediencia cerrada sea para levantar la mano en el Congreso o para pisar las reservas del Central.
Si la cerrazón del gobierno impacta, también  lo hace la desorientación de la oposición. Cuatro candidatos a presidente incumplieron su obligación actual de legisladores y salieron corriendo de la Cámara de Diputados cuando se atropellaba ilegalmente con el proyecto de Código Civil. Hermes Binner, Julio Cobos, Sergio Massa y Elisa Carrió creen que la gente los votó para poner pies en polvorosa cuando algo no les gusta. Mal diagnóstico. La líder de la Coalición Cívica fue más allá y se olvidó de la división de poderes pidiendo que un juez impida sesionar al Congreso. Es cierto que la sesión del caso era irregular y con toda seguridad inválida. Pero planteado eso desde sus bancas se exigía permanecer allí para hurgar en la vergüenza de la ilegalidad y representar a sus votantes. No es cierto que parlamentar era convalidad la sesión. Reserva del caso de inconstitucionalidad y seguir hasta el final del proceso se hace hasta en un juicio de desalojo. Más, aquí.
El Código es, esencialmente, un buen proyecto con notables avances. Merecía un debate más democrático y un consenso lo más ampliado posible. Abrirlo por un período razonable a la discusión parlamentaria hubiera demostrado vocación por el país y no pasión por el “chiquitaje”. Una diputada elegida como opositora furiosa, y que se “convirtió” al oficialismo luego de su paso por el Jordán que son los pasillos de la Casa de Gobierno, no pudo explicar ni cuándo entraba en vigencia el código que reemplaza al de Vélez Sarsfield. Es grave. Pero no lo más grave. Peor es lo que representa: vena autoritaria con obediencia debida, de aquí, y desconcierto y ausencia de capacidad para ser alternativa, de allí.  En el medio, como espectadores insatisfechos, los ciudadanos de a pie.

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