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Sábado 14 de Diciembre de 2013

30 años no son nada

En foco. Una lectura sobre la democracia, los saqueos y el rol de los medios.

Tres décadas después de terminada la larga y sangrienta noche de la dictadura militar, la sociedad argentina logró un punto básico de coincidencia, tal vez el único: la importancia de la democracia como sistema de gobierno. No sería necesario encargar una encuesta de opinión pública para saber que la era de la interrupción de las administraciones civiles por grupos militares armados ha concluido definitivamente como aspiración de cambios políticos. Desde entonces, partidos o frentes políticos se alternan en el poder aunque eso no significa que todo lo hecho en democracia haya sido exitoso. Con hacer un poco de memoria se advierte fácilmente que las deudas pendientes son enormes, principalmente en materia de equidad en la distribución de la riqueza.

Sin embargo, salvo sectores muy marginales de una extrema derecha rayano con el delirio (que existe, no hay que negarlo), nadie vislumbra la manera clásica empleada en la década del 70 en Argentina y Latinoamérica como factor de cambios en la estructura del poder político. No es que hayan desaparecido los grupos destituyentes, sino que las estrategias y la sociedad han cambiado. Hoy sería impensable imponer orden marcial y eliminar todas las garantías y derechos de los ciudadanos como hizo la dictadura. En un mundo de las comunicaciones absolutamente distinto, no se podría silenciar la desaparición de personas adultas y niños, la instalación de campos de concentración o una organización criminal para apoderarse de los bienes de las víctimas. Las redes sociales a través de internet han cambiado el paradigma de la información y todo fluye libremente. La única posibilidad de impedirlo sería aislar al país del contexto internacional, cortar el servicio de internet y cerrar las fronteras. Algo que en el siglo XXI no han podido hacer con éxito las dictaduras que lo han intentado.

En la época de la Argentina tumultuosa del siglo XIX, la información viajaba por todo el país a través de carretas tiradas por caballos en un sistema de postas. Las comunicaciones que salían de Buenos Aires para el norte, por ejemplo, demoraban varios días en llegar. Cuando Juan Manuel de Rosas quiso que lo que ocurría en la provincia de Buenos Aires no se supiera, eliminó las postas y cerró totalmente el canal informativo. Hoy, a poco más de 150 años de aquella estrategia elemental, el flujo de la comunicación es casi simultáneo y en tiempo real a los hechos. Hay un abismo entre esas postas primitivas y las redes sociales, dos vertientes de un mismo fenómeno en distintos momentos históricos.

Lo interesante en el actual posicionamiento de la comunicación en la vida de la gente es que quien controla la información, distinto a lo ocurrido en la última dictadura a través de una férrea censura, ya no puede garantizar ser la única voz emisora de mensajes. La información ahora traspasa los límites de lo imaginable hasta hace muy poco tiempo y así la renuncia de Benedicto XVI al trono de Roma se conoció primero a través de Twitter, por dar sólo uno de los innumerables casos semejantes.

Por suerte para el país, todos los gobiernos democráticos que sucedieron a los militares no intentaron, en reglas generales, imponer censura informativa. Se han conocido a través de la prensa pactos políticos secretos, negociados, contrabando de armas y hasta sobornos a legisladores para que voten una ley. Fue una época dorada del periodismo argentino, que hoy parece desvanecerse, y que había superado la vergüenza de que un coronel u otro oficial del Ejército supervisaran durante la dictadura el cierre de las ediciones de los diarios.

Más allá de las consideraciones sobre cada gobierno en particular durante estos últimos treinta años de democracia, la información no ha sufrido controles, aunque sí, con claridad, intencionalidad a la hora de tratar de influir en las grandes audiencias y producir bruscos giros políticos que antes se lograban de otra manera más brutal.

No es casual que en sólo 30 años de democracia dos presidentes (no peronistas) Alfonsín y De la Rúa no hayan podido terminar sus mandatos. El primero con gran personalidad enfrentó a la prensa opositora y el segundo con carencias de liderazgo fue ridiculizado por los medios. Pero sin dudas, ambos tuvieron una mirada democrática de la vida política. De la Rúa, sin embargo, adoptó las enseñanzas de la "realpolitik" alemana, empleada por Bismarck en Prusia, donde el pragmatismo está por encima de la ética. Y es así que hoy enfrenta un proceso judicial por sospechas de haber pagado dádivas a senadores nacionales para aprobar una ley laboral que consideraba crucial para su gobierno. En realidad, Menem fue el adalid de la "realpolitik" durante un gobierno donde se vieron cosas increíbles que no siempre tuvieron la crítica de los actuales formadores de opinión, al menos durante los primeros años de su mandato.

Medios y realidad. No es casual tampoco que el escenario dramático de los últimos días en el país, con una decena de muertos y miles de comercios saqueados, tenga una exagerada exposición en algunos canales de TV que transmiten noticias las 24 horas. Como los antiguos cines que proyectaban los dibujos animados infantiles en "continuado", pudo verse durante todo un día cómo policías y gendarmes casi llegan al enfrentamiento en Catamarca o el robo a una empresa láctea en Tucumán, donde participaron ladrones comunes, gente necesitada que se sumó al asalto y otra que vio la oportunidad en una situación de anarquía.

Los titulares con la suma de muertos aparecían renovados cada media hora en la pantalla y así, desde La Quiaca a Ushuaia, ya no en tiempo real sino en continuado, la sensación de caos generalizado e indefensión por la protesta policial se fue internalizando con angustia.

Cada televidente decodifica lo que puede y fue así que un titular de TV "7 muertos por los saqueos", fue "leído" en Rosario por un grupo de personas, y transmitido con temor a sus familiares, como que en el sur de la ciudad había saqueos generalizados que habían causado siete muertos. La realidad era que esa cantidad de víctimas exhibida en la pantalla del televisor reflejaba la suma de las víctimas de todo el país y que en Rosario no había habido asaltos masivos a comercios ni tampoco víctimas fatales. Esta deformación ingenua de la realidad sirve, sin embargo, para preguntarse por qué durante las 96 horas en que Gendarmería estuvo al control de la seguridad de la ciudad no se registraron hechos violentos de gran magnitud y hubo una sensación de calma.

Nadie sostiene la absurda idea de ocultar lo que sucede, pero mostrarlo sin pausa una y otra vez tampoco es aconsejable. La prensa norteamericana, por ejemplo, adopta conductas distintas ante informaciones impactantes y que pueden generar zozobra y malestar en la población. Cuando cayeron las torres gemelas de Nueva York se cuidaron mucho de mostrar imágenes de los cadáveres que se iban rescatando dentro de los edificios. Fue una línea editorial seguida por todas las cadenas de TV, aunque sí hubo algunas, a los pocos minutos de la explosión, que enfocaron a una persona arrojándose al vacío desde los pisos donde impactaron los aviones.

Tampoco es acertado considerar que las conductas de los medios de comunicación son decisivas y generan movimientos políticos que pueden levantar a masas irracionales sin capacidad de discernimiento. O que un candidato, por aparecer todos los días en TV, tiene garantizado el voto de la gente. Eso es lo que le hacen creer a los políticos los publicistas, que apuestan a la reiteración del mensaje y olvidan la importancia de su contenido.

Pero lo que sucede es que ante una realidad concreta y violenta, producto de desgobiernos o pésimas decisiones políticas, se genera un encadenamiento de situaciones que se exacerban con la difusión mediática indiscriminada que, en algunos casos, tiene obvia intencionalidad política: la de potenciar un hecho real o la de adormecerlo y casi convertirlo en invisible, según convenga. Un caso claro de esta situación es cómo, por ejemplo, las críticas de los medios porteños a la administración de la ciudad de Buenos Aires son mucho más medidas que al gobierno nacional. Y cómo han recortado la mirada en una dicotomía peligrosa: el caos es potestad del interior del país y la tranquilidad de la Capital Federal.

Por suerte, la democracia ha resistido todo tipo de afrentas: diciembres dramáticos ahora con reclamo policial incluido, gobernantes impresentables y poderes en las sombras que cambian de estrategia para mantener intactos sus privilegios.

Esta nueva etapa de la democracia argentina es joven, tiene sólo 30 años, que no son nada, pero perdurará más allá de todo. Eso es lo que importa.

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