Opinión
Jueves 22 de Septiembre de 2016

150 años de la muerte de Mariano Grandoli, "el que fuera y no volvió"

En las trincheras de Curupaytí. El autor recrea un episodio histórico que toca muy de cerca a la ciudad. "Uno a uno iban cayendo los oficiales y soldados, y el abanderado, luego de clavar la enseña al tope casi del baluarte, cayó acribillado a balazos".

El 16 de abril de 1865 llegó a Rosario la noticia de la toma, tres días antes, de los buques argentinos Gualeguay y 25 de Mayo, que se hallaban anclados en la ciudad de Corrientes. También se conoció la ocupación de buena parte de la provincia de ese nombre por un poderoso ejército paraguayo. La nación limítrofe, en guerra ya con Brasil y Uruguay, había solicitado la autorización del gobierno argentino para cruzar a Río Grande del Sur por el territorio de Misiones. Ante la negativa del presidente Bartolomé Mitre, el mandatario paraguayo Francisco Solano López ordenó la invasión.

Un grupo de vecinos se lanzó a las calles para reclamar la pronta acción del gobierno nacional. Entre los presentes, escuchando con palpitante emoción las palabras del periodista y poeta Pedro Nicolórich, quien invitó a marchar a la guerra a los que allí se encontraban tras anunciar que dejaba sus actividades para incorporarse como voluntario, se hallaba Mariano Grandoli, de apenas dieciséis años. Éste, acompañado por otros jóvenes, concurrió al cuartel de la Guardia Nacional y pidió su inmediato enrolamiento, pero el jefe de la unidad rechazó su solicitud pues no había alcanzado la edad requerida.

Grandoli volvió a su desalentado a su hogar y le reclamó insistentemente su madre para que redactara una autorización con el fin que se lo aceptase. Doña Magdalena Correas estaba desde hacía tiempo a cargo de su familia. Su esposo, también de nombre Mariano, había perdido la razón. Años atrás, el 3 de febrero de 1852, había llevado desde el campo de batalla de Caseros a Rosario, "matando caballos", la noticia del triunfo del general Justo José de Urquiza sobre las fuerzas del gobernador Juan Manuel de Rosas, y siete años y unos meses más tarde había hecho lo propio para informar sobre la victoria de Cepeda contra el ejército porteño y anoticiar a la población acerca de la triste muerte del coronel Dámaso Centeno al que una bala de cañón le voló la cabeza cuando alentaba a sus hombres con la espada en alto. Pero después, poco a poco, se fue nublando su mente y murió apenas unos meses antes de que estallara la guerra del Paraguay.


El abanderado. Se comprende que doña Magdalena tratara de mantener a su lado a ese hombrecito que no sólo era su respaldo afectivo sino que la ayudaba a velar por sus intereses. Pero los argumentos de Mariano fueron contundentes: primero estaba la patria y el honor del apellido. Finalmente, su madre lo acompañó al cuartel donde el designado jefe del Batallón 1° de Santa Fe o "Santafesino", coronel José María Ávalos, la tranquilizó asegurándole que cuidaría de él. Días más tarde, el nombre de Grandoli figuraba entre los oficiales de la unidad como subteniente 1° de bandera por ser el más joven.

Poco se sabe fehacientemente de su corta vida antes de su incorporación al ejército, salvo que nació en Rosario el 24 de octubre de 1848. Tal vez aprendió las primeras letras en la casa de las hermanas Zeballos y más tarde concurrió al Liceo y Escuela de Artes y Oficios, fundado en 1863. La acerada prosa con que escribió su marcial despedida en vísperas de su muerte en batalla refleja que poseía una adecuada instrucción.


La enseña. Uniformados y provistos de armamento por cuenta del gobierno nacional, los batallones rosarinos necesitaban banderas. La del 1° de Santa Fe fue costeada por un destacado núcleo de damas y bordada por la señora Dolores Guerra de Medina y la señorita Ángela Cardozo. La bendijo el cura párroco doctor Claudio Seguí, oportunidad en la que pronunció una vibrante arenga el jefe político de Rosario, doctor Marcelino Freyre. Después habló el segundo jefe del batallón, mayor Miguel Panelo, y finalmente desfilaron los efectivos.

El batallón partió hacia el campamento general de Concordia el 8 de julio de 1865 y llegó cinco días más tarde. El propio presidente Bartolomé Mitre, que había asumido el mando del ejército como generalísímo de las fuerzas aliadas de la Argentina, Brasil y Uruguay, le escribió entonces a su ministro de Guerra, general Juan Andrés Gelly y Obes: "En la mañana de hoy fondeó el Pampero, desembarcando poco después el batallón de Santa Fe, al que visité en seguida. Los jefes y oficiales nada dejan que desear y presiento que este batallón ha de saber cumplir con su deber en el campo de batalla".

El 1° de Santa Fe, que había sido designado escolta del general Mitre y participado en la rendición de Uruguayana (18 de septiembre de 1865), cruzó entre los primeros al territorio paraguayo por el Paso de la Patria, formando parte del Primer Cuerpo del Ejército Argentino. Apenas veintidós días más tarde, el 1° de Santa Fe tuvo un comportamiento heroico en la batalla de Tuyutí, la más grande librada en Sudamérica por el número de efectivos intervinientes en ambos bandos y por la mortandad que en ella hubo. Le correspondió perseguir a los adversarios "hasta muy adentro del estero", y tuvo 82 bajas entre muertos y heridos. Luego de varios encarnizados combates se tornó necesario tomar un punto clave del dispositivo de defensa del Paraguay: las trincheras de Curupaytí. Correspondió al 1° de Santa Fe, aquel 22 de septiembre de 1866, ser la vanguardia de todo el Ejército Argentino.

"He de saber morir por la bandera que me dieron..."

La noche anterior, el abanderado Mariano Grandoli le escribió a su madre: "Mañana seremos diezmados por los paraguayos, pero yo he de saber morir por la bandera que me dieron". También Domingo Fidel Sarmiento y varios jefes y oficiales previeron su fin al contemplar las formidables defensas del adversario.

El "Santafesino", con su portaestandarte al frente, intentó en vano tomar la trinchera inexpugnable. Uno a uno iban cayendo los oficiales y soldados, y el abanderado, luego de clavar la enseña al tope casi del baluarte, cayó acribillado a balazos. El capitán Nicolórich, que se hallaba accidentalmente en la Legión Militar, corrió con el fin de salvar el emblema y lo consiguió, arrojándolo hacia el sitio donde los batallones argentinos intentaban infructuosamente escalar la trinchera. En el momento de hacerlo, un casco de metralla lo hirió gravemente en el brazo: fueron vanos los intentos por salvarle la vida y murió días más tarde en el hospital de sangre de Corrientes.

Después de cuatro horas de intentos infructuosos se ordenó la retirada del Ejército, que tuvo un total de 2.082 hombres fuera de combate.

El país perdió aquel día su mejor juventud, y Rosario a muchos de sus hijos. El "Santafesino" tuvo dos oficiales y 36 de tropa muertos; un jefe, seis oficiales y 118 de tropa heridos; un jefe, ocho oficiales y 28 soldados contusos.

El coronel José María Avalos escribió días después a don Juan Antonio Rosas, refiriéndose a la bandera ya su heroico portador: "Salió con catorce balazos, perdiendo la vida quien la llevaba tan dignamente y retirándose toda su escolta, sus distinguidos todos heridos. Hecha pedazos como está y manchada con la sangre del intrépido subteniente de bandera don Mariano Grandoli, tal vez no la conozcan más las distinguidas señoritas que la trabajaron; sírvase decirles a ellas que en el ataque del 22 fue la primera que flameó contra la trinchera, mediante haber sido el batallón designado para servir de vanguardia a todo el Ejército Argentino".

Después de otros combates el 1° de Santa Fe y el Rosario recibieron orden de regresar a la patria, ya virtualmente terminada la guerra, a principios de enero de 1870. El 21 de ese mes, llegaron a Rosario y fueron recibidos por el presidente Domingo Faustino Sarmiento, quien exaltó los méritos de la Guardia Nacional santafesina. El 1° de Santa Fe, que había partido con 564 soldados regresaba sólo con 175, y el Rosario, en cuyas filas habían revistado al comenzar la guerra más de 600 hombres, traía 212, sin incluir jefes y oficiales.

Por aquellos días, corrió impresa una hoja con los sentidos versos de un poeta de dieciséis años, el rosarino Estanislao Zeballos, por entonces estudiante de derecho y colaborador de "La Prensa" en Buenos Aires, quien a los once había estado próximo a Grandoli el día en que se recibió la noticia del ataque a Corrientes. Se titulaban "El que fuera y no volvió", y evocaban la muerte gloriosa del abanderado.


Miguel Ángel De Marco

(*) Ex presidente de la Academia Nacional de la Historia. Ciudadano Ilustre de Rosario.

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