Una de las preocupaciones capitales del arte es la de la representación, el hecho de no saber qué cosa de la realidad quedará adherida a la obra que intenta consignarla, aún cuando la elude. Algo, tal vez nada, pase de una hacia la otra. La pregunta por los límites de la ficción se hace compleja, cuando la crónica diaria del suceso acepta todos los recursos de la farsa, de la impostación y de la puesta en escena, para presentar el mundo real en los mass media. Los relatos de El pintor de delirios, segundo premio en el Concurso Ciudad de Rosario 2008, indagan con madurez narrativa en la potencia perversa y pervertidora del contar.
Ferroggiaro (Rosario, 1976) usa la palabra como una cuña que se inscribe en la supuesta verdad de los hechos y amenaza con modificarlos. La palabra pesa, y en su uso, gravita el auténtico sentido de la realidad, la forma definitiva del suceso. En los cuentos de El pintor de delirios, la palabra trasciende el mero gesto evocador, la solicitación memoriosa del evento pasado, con un poder nuevo y superior: la potencia de convocar la otra cara del suceso acaecido. La palabra pronuncia el desenlace desestimado por el curso real de los hechos.
La busca de una connivencia, siempre postergada, entre la identidad personal y un esquema verbal coherente de la realidad, fue el pulso que marcó seguramente la mejor factura del relato de ficción rioplatense. El mapa de la realidad en Borges, dando la figura final de una agónica fisonomía; la ciudad en Onetti, convergiendo en su nombre, como un hosco minotauro, a la intriga. En esa tradición se acomoda Ferroggiaro, con su frase siempre expansiva que marcha hacia adelante y en el último circunloquio brinda, qué otra cosa, la decepción. El complot del arte, la máscara, la torcedura del guión, el punto de giro y la degradación. Inscripto en su tiempo, el autor opera sobre el mito pero siempre a partir de la ironía como un gesto, un anclaje, del acto de contar. Porque lo que importa, lo que realmente importa en el credo de Ferroggiaro, es contar, narrar y sucumbir a esa fascinación más cierta.
Tal vez la vuelta de tuerca al tema del relato, a su vocación de dar una versión de la realidad, se encuentre en una malicia particular, la del chisme. El comentario innecesario, pero fundamental, que desata el entramado del suceso. La saña como el impulso fundador del cuento. El rumor se despierta en cualquier esquina, comienza a deliberar un mito, una leyenda, y vuelve necesaria la intervención del narrador para que la rectifique, como una voz más honesta pero siempre impedida, urgida por las molestias de la realidad más pedestre.
Por eso si bien Ferroggiaro se sitúa en el relato de raigambre clásica y realista no lo hace de modo ingenuo. El sentido de lo que cuenta nunca es totalitario; nunca accederemos a la versión definitiva de las cosas. El tamiz del rumor comunitario precariza el valor de lo que se narra, lo vuelve eventual y siempre contingente. El autor lo sabe, y con esa materia humilde da su versión, que siempre cuestiona la referencia directa del arte a la vida. No es casual que en más de un relato, se produzcan pasajes entre la propia realidad y su representación postergada.
En "Lev Tanchevsky, el pintor de delirios", cuento que da título al libro, el espectro de los mayores deseos (y tormentos) es convocado en el momento sublime de la creación, pero en vez de surgir como producto de la obra de arte, irrumpe impensado desde el tumulto del modelo: Tanchevsky es un pintor de ojo perverso que se propone "pintar la vida a través de una orgía" infame y populosa y, a ese efecto, despliega en su monumental atelier una masa gesticulante de hombres y mujeres y trastos y cacharros.
La vida y su representación, la vida y su relato, se hacen pases de manos, se anticipan y postulan mutuamente en el universo narrativo de Ferroggiaro. El relato es la condición de posibilidad de la vida, y viceversa. Si, como cita Borges, la historia sucede para que se llegue a escribir un libro, en El pintor de delirios la historia sucede para cristalizarse en el comentario tardío, que aún diferido, la reactualiza.
Por eso más de un personaje se comporta como un director de orquesta. Por eso el pintor desquiciado, el tahúr empedernido, el proxeneta improvisado y el resignado ajedrecista orquestan una puesta en escena. Disponen los elementos en la realidad de modo que favorezcan una irrupción, una epifanía: el relato comiéndose, como el gusano la manzana, desde su interior mismo, a la vida.

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